País en reparación

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Fragmento del libro México 2018: colapso de la república priísta de próxima circulación.

El modelo de desarrollo estabilizador –PIB, salario real, empleo, bienestar, inflación baja– llegó a su fin con el gobierno de Díaz Ordaz. La meta en realidad no era el desarrollo sino la estabilidad; pero lograda la estabilidad, entonces la economía no supo reconstruir la base productiva. La política económica logró estabilizar la inflación en el 2001 y su tasa promedio anual de ese año al 2016 fue de 4.1% –aunque debiera ser 2%–, pero con el costo productivo de mantener el PIB en tasa promedio anual de 2.2% y el salario creciendo por debajo de la inflación. Es decir, la prioridad estabilizadora se logró a un alto costo social: 10% de los mexicanos más ricos se queda con el 35% del ingreso, en tanto que el 70% de los sectores medios y pobres tiene acceso al mismo volumen de 35% del ingreso. El costo de la estabilización ha sido la permanencia de la distribución injusta de la riqueza.

El problema radica en la baja calidad del crecimiento, no sólo en PIB, salarios bajos y concentración de la riqueza. El 2.2% promedio de PIB de 1983 a 2018 no alcanza para ofrecer empleo formal –salario, prestaciones y bienestar– a la totalidad de los trabajadores. Las últimas cifras del INEGI hacia mediados de 2017 revelan empleo sin bienestar:

– La tasa de informalidad laboral es de 57.2%; es decir, más de la mitad de los trabajadores carecen de empleo con prestaciones.

– La tasa real de desempleo-ocupación parcial-presión general de quienes buscan mejores condiciones de trabajo remunerado y no las encuentran es de 20% de los trabajadores activos. La cifra oficial engañosa de 3.4% de empleo es la desocupación total, pero a ella hay que agregar la desocupación semidisfrazada de empleo de pocas horas y salarios más bajos.

– La tasa de trabajo asalariado formal es de 64.4%menos de dos terceras partes de los trabajadores[1].

En suma, el PIB promedio anual de 2.2% no crea el millón de nuevos empleos en el sector formal para los mexicanos que se incorporan por primera vez al mercado de trabajo.

El problema de fondo radica en el hecho de que la economía no crece ni crea empleos en función del crecimiento poblacional. La tasa de crecimiento anual de la población mexicana es de 1.8%, frente a un PIB promedio anual de 2.2%. Estas cifras cruzadas revelan que la economía apenas puede crecer lo mismo que la población, pero no produce excedentes. Un dato ilustra el rezago acumulado: en el sexenio de Miguel de la Madrid seis millones de mexicanos se incorporaron al mercado de trabajo, pero la tasa de PIB de 0% no creó ningún empleo. En los sexenios posteriores no hubo crecimiento adicional al 2.2%, por lo que el rezago fue acumulando desempleados sexenales.

En la actualidad la población económicamente activa es del 44% del total de la población, lo que quiere decir que menos de la mitad de los mexicanos sostiene la producción. Para dar empleo formal a todos y disminuir el rezago, la economía debe crecer 6.5% promedio anual, una cifra que no se ha logrado desde 1983, hace treinta y cuatro años.

La conclusión es obvia: el modelo de desarrollo que generaba empleo, estabilidad, bienestar social, distribución de la riqueza y satisfacciones familiares se terminó en 1982, en medio del desorden en el gasto, el aumento de la inflación y la entrega de la economía al Fondo Monetario Internacional. Pero más que buscar otro modelo más ajustado a necesidades-posibilidades de los mexicanos, los estrategas del desarrollo en los gobiernos priístas 1983-2000, panistas 2000-2012 y priísta 2012-2018 decidieron mantener el mismo modelo, pero achicándolo en sus objetivos de bienestar: la prioridad ya no fue el desarrollo, ni el bienestar, ni la equidad, sino el control de la inflación a costa de pagar facturas sociales, políticas y morales.

5.2.- Unos son más iguales que otros

Las opciones electorales se diversificaron al calor de la crisis: en 1983 Miguel de la Madrid y Carlos Salinas de Gortari implementaron el modelo neoliberal-estabilizador de crecimiento –no de desarrollo– y el acuerdo político se rompió. La rebelión de Cuauhtémoc Cárdenas a finales de 1987 con la Corriente Democrática no fue un pleito en las elites, sino el debate sobre el carácter social de la crisis, la necesidad de que el Estado retomara sus funciones sociales y frenar el avance del grupo tecnocrático en el gobierno. Cárdenas fue obligado a salirse del PRI, armó un Frente Democrático Nacional con seis partidos y le dio un susto al sistema priísta: 30% de los votos en las cuentas oficiales, colocando al PRI debajo de la mayoría absoluta de 51% que no consiguió. A partir de 1988 el PRI perdió consenso de votos hasta llegar a la derrota del 2000 y pudo recuperar la presidencia en el 2012 por la incapacidad de Vicente Fox y Felipe Calderón para cambiar el rumbo de la nación: los dos mantuvieron el modelo económico restriccionista con secretarios de Hacienda salidos del neoliberalismo priísta. Peña enarboló la bandera de la modernización, pero sus reformas estructurales no fueron sino la segunda generación de decisiones establecidas en el Tratado de Comercio Libre con los EE.UU. y Canadá, también sin modificar la meta del PIB que siguió siendo de 2.2% promedio anual.

El escenario electoral para las elecciones presidenciales del 2018 presenta una competencia de nombres, personalidades y siglas partidistas, no una propuesta alternativa de gobierno. El PRI, el PAN, el PRD y Morena –solos o en alianza– han sido incapaces de diseñar una alternativa de programa económico para regresar al camino de crecer 6% promedio anual con tasas de 2% promedio anual de inflación. Un verdadero desarrollo social en México debería invertir la distribución del ingreso: sólo el 20% de los mexicanos tiene condiciones de no-pobreza y de no-marginación (cifras de Coneval) y el 80% vive con dificultades cotidianas. Y la estructura de distribución del ingreso señala que el 20% de los más ricos se apropia del 51% del ingreso y el 80% de los demás mexicanos tienen que repartirse el 49% restante.

El actual modelo de desarrollo es el responsable de esta estructura de desigualdad.

El PRI y el PAN vienen del mismo venero estabilizador, como se vio en el 2000-2012 con secretarios priístas de Hacienda en gobiernos panistas. Y no fueron funcionarios de tercer nivel: Francisco Gil Díaz es el jefe de los Chicago boys mexicanos que se formaron en el pensamiento neoliberal de Milton Friedman en la Universidad de Chicago y en el Instituto Tecnológico Autónomo de México, y fue profesor adjunto de Friedman[2]; y Carstens estaba de subgerente general –el segundo en el mando– del Fondo Monetario Internacional. Es decir, los dos llegaron provenientes de los centros de poder intelectual del neoliberalismo capitalista. Los dos panistas con posibilidades de ser candidatos presidenciales traen también la marca: Ricardo Anaya fue presidente de la Cámara durante la aprobación de las reformas estructurales de Peña Nieto y funcionó para aprobarlas; y Margarita Zavala es esposa del ex presidente Calderón –aunque presentó el viernes 6 de octubre su renuncia al partido para competir como independiente.

López Obrador, candidato de Morena, es más un líder social que diseñador de políticas de desarrollo. Como jefe de gobierno del DF 2000-2005 se ajustó a la doctrina neoliberal; eso sí, supo crear fondos especiales para programas sociales asistencialistas con sectores ciudadanos de la lumpensociedad que ha ejercido el voto a cambio de subsidios en bienes y servicios. Por si fuera poco, Martí Batres, presidente de Morena, explicó la incorporación de empresarios neoliberales –todos ellos forjados por Salinas de Gortari– a su partido porque López Obrador ya se comprometió a mantener la estabilidad macroeconómica: crecer lo que permita mantener la inflación bajo control, es decir, la política económica neoliberal de 1983 a la fecha.

Y Miguel Angel Mancera, jefe de gobierno perredista en Ciudad de México sin militar en el PRD, ya mostró su perfil como candidato: gobernante, no político –dice su campaña–, cuando la política es justamente el espacio para demostrar la sensibilidad social. Como jefe de gobierno, Mancera asumió decisiones neoliberales: aumentar precios y tarifas del sector público sin ajustar salarios, lo que ha venido haciendo el neoliberalismo desde 1983.

En este sentido, la competencia presidencial será por el cargo y no por una oferta de un nuevo modelo de desarrollo.

Por tanto, puede señalarse que en las elecciones presidenciales del 2018 se votará un cargo, no una propuesta.

5.3.- Las tres reformas indispensables

Como nunca antes, la disfuncionalidad del gobierno refleja el agotamiento de las estructuras del viejo régimen de la Revolución Mexicana y sus reformas de coyuntura. El problema central se localiza en el hecho de que el modelo de desarrollo globalizador, con prioridad macroeconómica y su correlativo sistema político con dominación priísta aunque con base de votos de apenas un tercio carece de posibilidades de sacar al país de la mediocridad del crecimiento sin desarrollo. De ahí la gran pregunta: ¿qué se necesita para instalar en el país un modelo de desarrollo que lleve el PIB a 6%, inflación a 2%, salario real y empleo formal y 80% de la población sin pobreza ni estricciones?

El primer paso consiste en reconocer que los tres triángulos del poder en México están en crisis porque siguen dependiendo del discurso histórico del PRI o porque la oposición ha sido incapaz de construir una propuesta de alternativa de república. El PRI ha ido bajando su base de datos, pero la estructura ideológica que hace funcionar al Estado viene del modelo patriótico del PRI. A la vuelta del 2000 y del 2012 –una alternancia hacia adelante y una alternancia hacia atrás– la oposición debe pensar en una alternativa, es decir, cambiar ideología, pensamiento histórico y nuevo proyecto de nación.

Las tres grandes crisis de los tres triángulos del poder explican por qué México ha tenido profundas crisis y no rupturas y siempre ha encontrado en la estabilidad priísta –ideológica, primero; autoritaria, después; inevitable, ahora–:

1.- Estructura de gobierno/régimen político/Estado. El gobierno gira en torno al presidencialismo fundado por Santa Anna, legitimado por Juárez, dotado de poder absoluto por Díaz y centralizado en el presidente de la república como jefe máximo del PRI. Esa dependencia PRI-presidente explica el marco del poder real en México. El régimen político es hijo del presidencialismo, de sus concesiones, de las cesiones aparentes de poder; Peña Nieto es el presidente con menos fuerza electoral pero el que más decisiones autoritarias ha logrado…, con el consenso del PAN y del PRD. Presidencialismo y control del PRI lleva a un Estado priísta que reproduce hacia la sociedad las formas de control institucionales, legalizadas nada menos que por la Constitución. La gran reforma en esta estructura de gobierno tendría que darse en el presidencialismo que como fuerza dominante fue creada por Juárez al apropiarse de las facultades extraordinarias que le dio el Congreso en las guerras de Reforma y contra los franceses. El presidencialismo es incontrolable por el Congreso mientras el PRI sea la primera minoría. El aparato de poder resulta ser, en esta estructura, un mecanismo de engranes interdependientes que debe romperse.

2.- Sistema político/modelo de desarrollo/pacto constitucional. En función del triángulo 1 se han creado las formas pragmáticas de ejercicio del poder: los seis pilares del sistema político –presidente de la república, PRI, Estado de bienestar, sectores aliados, ideología y cultura políticas y Constitución– consolidan el aparato de toma de decisiones. Este triángulo se resume en la caracterización del Estado que hizo en 1976 el ensayista marxista José Revueltas como Estado ideológico y sus bases de legitimidad se localizan en la apropiación de la ideología histórica oficial y en el control dentro del PRI de las relaciones sociales. Al eludir la lucha de clases como el motor del desarrollo, el PRI propuso el entendimiento garantizado por el presidente como titular del gobierno y del Estado. Paradójicamente Lázaro Cárdenas fue el creador de esta estructura del poder –más bonapartista que revolucionaria, según Marx en El 18 brumario[3]— al transformar al PNR en un partido de corporaciones clasistas que asumió a las clases –campesinas, populares, proletaritas– como masa y no como clase[4]. Esta estructura marxista fue pervertida por el PRI.

3.- Política económica/presupuesto público/reindustrialización. La política económica es resultado de las estructuras de dominación empresarial, política, clasistas e ideológicas por el PRI y por eso depende de la élite burocrática gobernante, en tanto que el Congreso –con el PRI como mayoría– sólo se avalan dictámenes diseñados en el gabinete económico. Y si el presupuesto público debe ser política pura en tanto promotor del desarrollo y dinamizador de sectores, queda sólo en una lista de asignaciones de gasto sin efectos políticos ni sociales. La política económica estabilizadora y el presupuesto como gasto se han olvidado del factor potenciador de los modelos sociales, políticos y sociales: la industrialización como la relación superior entre el proletariado y la burguesía y este conflicto como motor del desarrollo. Las relaciones sociales y políticas están determinadas por las relaciones de producción; y si el modelo productivo ha sido neutralizado por el PRI controlando a trabajadores y campesinos y a empresarios, entonces el dinamismo constructor de las relaciones sociales queda sin efecto y los países quedan atrapados en sistemas productivos diseñados para el control político y no para el desarrollo.

Si no se atiende a la reforma de estos tres triángulos de poder, México seguirá en su crecimiento mediocre de 2.2% promedio anual, aunque con la acumulación de rezagos que más temprano que tarde estallarán en conflictos sociales fuera de control.

5.4.- Opciones o catafixias

El PRI desarrolló la nación, le dio una cohesión social fundamental y evitó nuevas rupturas revolucionarios. Ocurrió, en todo caso, que la grave crisis política de México se explica por la ausencia de una oposición real: el PAN tiene un pensamiento económico empresarial, nació para moralizar a la Revolución Mexicana pervertida por los revolucionarios[5] y su propuesta de desarrollo es de equidad mínima y fuera de la dinámica productiva que genera la lucha de clases o la disputa por la riqueza. El PRD salió de las entrañas populistas del PRI, se define en función del cardenismo que el propio Lázaro Cárdenas se negó a vivificar y fue incapaz siquiera de revalidar y reactivar y se olvidó del pensamiento socialista del Partido Comunista Mexicano. Morena es un desprendimiento caudillista del PRD y por tanto también del venero de la ideología priísta.

Paradójicamente, mientras el PAN, el PRD y Morena quieren reconstruir el modelo social-populista de la Revolución Mexicana, el partido que surgió del seno del poder revolucionario, el PRI, ha sido el más activo en ir reformulando la propuesta de nación de la Revolución Mexicana hacia el conservadurismo económico: el capitalismo opresor del proletariado, el enfoque económico basado en el sacrificio de los intereses de los trabajadores –salario, bienestar y gasto social– y hasta el olvido de la Revolución Mexicana como ideal originario cuando Carlos Salinas de Gortari borró las palabras Revolución Mexicana en 1992 para introducir el “liberalismo social”.

La ausencia de una alternativa ideológica ha permitido la vigencia de los valores de dominación cultural del PRI. En esencia, las tres bases de legitimidad policía del PRI siguen presentes en el Estado, la Constitución y el presidencialismo. Pero al ser producto de una fundamentación histórica, las salidas del país de la crisis pasan por la necesidad urgente de redefinir un nuevo proyecto de nación que dé por concluido el proyecto de la Revolución Mexicana y que se base en uno de los conceptos quizá más urgentes y determinantes en las redefiniciones de las sociedades: la república.

De ahí que la nueva demanda social no es ya la democracia –mal que bien México es democrático y necesita más bien perfeccionarla–, sino la transición a la república. El problema radica en la necesidad de un replanteamiento del pensamiento histórico porque el PRI ha dominado culturalmente a la nación con la apropiación de los procesos sociales y sus correlativos héroes nacionales. Pero existe la paradoja de que la oposición –PAN, PRD y Morena– quiere revalidar a los héroes nacionales y sus procesos de construcción de instituciones, en tanto que el PRI ha destruido la herencia de esos padres fundadores –por llamarles de algún modo– aunque sigue ejerciendo el poder en su nombre y sus valores destruidos.

La crisis de México se expresa en sus cifras de pobreza, desigualdad y mediocridad en el crecimiento, pero éstas son expresión de las disputas sociales entre élites, clases y partidos. Rumbo al 2018 de relevo del presidente de la república, la oposición no ha propuesto reformas concretas para cambiar el modelo de desarrollo, la política económica y el papel del gasto público como detonador del crecimiento económico. En este sentido, la disputa en el 2018 no será por el futuro de México sino por el control del poder.

El desafío del 2018 no es la democracia, ni el combate a la pobreza como objetivo, sino la construcción de una república y recuperar el proyecto de nación con igualdad social y reconstruir un Estado que no domine ni desplace sino que regule y equilibre. Pero a partir de lo que se conoce, ninguna de las fuerzas partidistas en lucha por la presidencia y el congreso federal ha definido esos objetivos; peor aún, el PAN, el PRD, Morena y las figuras independientes carecen de un diagnóstico real de la crisis histórica del país y de la historia de sus crisis y por tanto sus ofertas o propuestas se basan sólo en el discurso de desplazar al PRI por corrupto, a pesar de que dentro de esa oposición hay casos peores de corrupción.

El pesimismo nacional se sustenta justamente en la ausencia de una oposición de alternativa y se ahoga en una oposición de alternancia, con las evidencias de que el PAN, el PRD y Morena han gobernado exactamente igual al PRI y, como se vio en el 2000-2012 con el PAN en la presidencia y en el 2000-2005 con el PRD en el gobierno del DF, han carecido de una oferta diferente que reconstruya las bases del desarrollo nacional.

Las coaliciones partidistas han fracasado: la alianza PRD-PAN en el 2010 en tres gubernaturas –Sinaloa, Puebla y Oaxaca– careció de un proyecto de reconstrucción regional y los gobernadores aliancistas –todos ellos expriístas– terminaron igual que cualquier gobernador priísta: acusados de corrupción. Y en sus sexenios, ninguno de los tres pudo reformar la estructura de poder y el desarrollo en sus entidades. En este sentido, esas alianzas locales –como las nacionales que se perfilan hacia finales de 2017– para las elecciones presidenciales de 2018 se agotarán en el reparto de posiciones de poder, si acaso salen victoriosos, pero no han tenido la preocupación de definir un programa de gobierno de alternancia.

En este sentido se puede afirmar que el 2018 será otra oportunidad perdida y que México seguirá en la misma ruta de la mediocridad como nación. Y así seguirá en tanto no existan fuerzas sociales por la alternativa.

[1] http://www.inegi.org.mx/saladeprensa/boletines/2017/enoe_ie/enoe_ie2017_05.pdf

[2] Ramírez, Carlos (1981), Los “chicago boys” en accion: se debe gravar al consumo y no tocar al empresario, lista de neoliberales en el gobierno, revista Proceso, 23 de marzo.

[3] Marx, Karl (2003), El 18 brumario de Luis Bonaparte, Alianza Editorial, España.

[4] Córdova, Arnaldo (1974), La política de masas del cardenismo, Editorial, Era, México, pág. 74.

[5] Loaeza, Soledad (1977), El Partido Acción Nacional: la oposición leal en México, en Lecturas de Política Mexicana, El Colegio de México, págs. 169-172.

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