68: el último adiós

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De nueva cuenta, como a lo largo de medio siglo, los protagonistas del movimiento estudiantil del 68 perdieron la oportunidad histórica de ir más allá de la retórica y no pudieron aportar mayores elementos para el esclarecimiento de los hechos. Todo quedó en lo mismo: convertir el 2 de octubre en el tradicional 2 de noviembre y celebrar los muertos.

A partir de mis libros El 68 no existió y Octavio Paz y el 68: crisis del sistema político priísta (http://indicadorpolitico.mx) puede señalarse uno de los enfoques del conflicto que parece que nadie quiere reconocer: una disputa al interior del sistema político priísta entre el secretario de Gobernación, Luis Echeverría, y el presidente Díaz Ordaz.

Un punto clave que pocos quieren atender radica en el hecho de que el movimiento estudiantil fue de respuesta a los toletazos de granaderos a estudiantes y el pliego petitorio se ajustó a demandas estrictamente anti policiacas. El conflicto se agudizó y politizó cuando el rector Javier Barros Sierra, precandidato presidencial priísta derrotado por Díaz Ordaz en 1963, se puso al lado de los estudiantes y convirtió a la UNAM en un contendiente, no en un espacio de solución de controversias.

Otro punto decisivo que limitó el alcance del movimiento fue su exigencia al gobierno de cumplir estrictamente con la Constitución. Este argumento era el preferido de los miembros de la corriente de nacionalismo revolucionario del PRI: cumplir con al Constitución llevaría a un reflujo de la misma Revolución social, pero como demostraría Arnaldo Córdova en 1973 con su ensayo La ideología de la Revolución Mexicana se trataba de esa revolución como populista.

Por tanto, aplicar la Constitución fortalecía al sector progresista del PRI. Sin embargo, se trataba de la Constitución que había sido lobotomizada para quitarle todos los nervios revolucionarios; la Constitución permitía extranjeros en el petróleo, había avalado el amparo agrario que beneficiaba a los latifundistas, disminuía la tutela del Estado sobre los trabajadores y la iglesia burlaba las restricciones porque ya era aliada al PRI.

El pensamiento progresista intelectual participaba de esta propuesta de que aplicar la Constitución llevaría al modelo cubano de “revolución en la revolución” (tesis del intelectual Regis Debray cuando era castrista). Y el relanzamiento de la Constitución para una nueva fase de la Revolución mexicana era la bandera de los intelectuales progresistas de El Espectador, Política y La Cultura en México. Es decir, el PRI progresista contra el PRI conservador.

La hidra de mil cabezas que tenía la dirección del movimiento estudiantil nunca pudo definir una propuesta de transición de sistema/régimen/Estado y sólo se quedó en el discurso antiautoritario. La casi totalidad de la dirección política del 68 fue reprimida, pero emergió en instituciones y espacios de poder del Estado priísta. Solo Heberto Castillo buscó la opción de partido, pero fue apabullado por el priísmo nacionalista-revolucionario de Cuauhtémoc Cárdenas. Los más se fueron al PRD que se construyó del priísmo cardenista.

Al final, gracias al 68 el PRI se reformó a mismo, depuró sus liderazgos y el sistema de poder del PRI sigue como la estructura de dominación política con el PRI, el PAN y ahora Morena.

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carlosramirezh@hotmail.com

@carlosramirezh

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