Octavio Paz sobre el 68 y el dilema del sistema político priísta: democracia o dictadura

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El presente texto, es parte de una obra que ofrecemos en formato digital en nuestro portal, http://indicadorpolitico.mx misma que ofrecemos a nuestros lectores con motivo del 50 aniversario del 2 de octubre de 1968. Nota del editor.

Crisis del sistema político priísta

El impacto del movimiento estudiantil y popular del 22 de julio al 2 de octubre de 1968 fue la crisis más severa que sacudió al sistema político priísta desde su fundación en 1928-1929. Paradójicamente, el impacto fue sordo, aunque estructural; el saldo electoral de las elecciones de 1970 mantuvo sus cifras estacionales, a pesar de que el 22 de diciembre de 1969 el presidente Díaz Ordaz había reformado el artículo 34 para disminuir la edad del voto de 21 a 18 años.

El manotazo autoritario del gobierno en octubre de 1968 inhibió la crítica y los primeros textos analíticos comenzaron a circular en 1971, ya con un nuevo presidente de la república. El poeta y ensayista Octavio Paz, que había renunciado a la embajada de México en la India el 7 de octubre con el argumento de protesta por el 2 de octubre fue el primero que irrumpió con análisis sobre el movimiento estudiantil y lo hizo en tres tiempos: sus dos cartas a la Cancillería mexicana en septiembre de 1968, su texto México: la última década como conferencia en la Universidad de Texas en Austin y su ensayo Posdata que suma partes de los dos anteriores publicado en febrero de 1970, bajo el gobierno de Díaz Ordaz, con Echeverría como candidato presidencial priísta y antes de las elecciones presidenciales de julio.

La tesis de Paz fue muy directa: el sistema político priísta encaraba una de sus crisis más importantes y lo colocaba ante el dilema de optar por la democracia o por la dictadura. Fue la primera vez que un intelectual de reconocimiento nacional e internacional cantaba el agotamiento del sistema político priísta y criticaba el uso de la fuerza represiva para mantenerse en el poder. Asimismo, fue el primero que estableció el argumento de que el ciclo autoritario del sistema político había llegado a su fin y que el uso de la fuerza contra los estudiantes era un indicio de una dictadura antidemocrática.

El sistema político priísta –de la fundación del PNR en 1929 a la pérdida de identidad en 1992 y de ahí a la alternancia partidista en el 2000-2012 y luego del regreso al poder– fue un modelo de Estado autoritario, flexible, con distensiones institucionales. Revueltas lo caracterizó –un poco en la tesis de Carl Schmitt del Estado total– como un “Estado ideológico total y totalizador”; su fuente de poder fue el pensamiento histórico oficial de justificación por encima de ideologías; su estructura de poder estuvo en “el control de la totalidad de las relaciones” sociales en el PRI.

Como sistema, el priísta vivió siempre en medio de conflictos: las luchas entre las élites (Obregón-Calles, Calles-Cárdenas, contrarrevolución cristera, Alemán-Ruiz Cortines, insurgencia obrera en 1958, luchas estudiantiles violentas en decenio de los sesenta, movimiento estudiantil del 68, represión de Los Halcones en 1971) fueron encauzadas por el PRI como partido-sistema en cuyo seno –la caja negra imaginada por David Easton, el teórico de los sistemas políticos– se dirimían las controversias en función de tres instancias de poder: el presidencialismo absolutista, el PRI como mecanismo de control social y el bienestar social como elemento de legitimación política.

El PRI funcionó como un sistema autoritario, con crítica administrada desde el poder. La crítica encontró espacio en los sesenta en varias publicaciones funcionales al sistema —El Espectador un año, Política nueve años, el suplemento La Cultura en México de la revista Siempre de 1962 a 1987, la propia revista Siempre, el periódico Excelsior a partir de 1968 por cambio de dirección editorial–. Las críticas no eran de confrontación, sino de reclamo que los gobiernos hubieran ido corriéndose a la derecha ideológica, la exigencia al gobierno de “regresar” a los ideales de la Revolución Mexicana y la propuesta gelatinosa de un socialismo dentro del régimen de la Revolución Mexicana, aunque –de acuerdo con su diseñador Cárdenas– no implicaba un régimen proletario porque los obreros fueron organizados en la CTM y corporaciones afines como masa y no como clase.

La izquierda institucional o “dentro” de la Revolución Mexicana funcionó como un factor de equilibrio ideológico: más valía dentro del sistema que fuera. Los candidatos presidenciales del PRI de 1958, 1964, 1970, 1976 y 1982 tuvieron como aliado de coalición al Partido Popular Socialista, fundado en 1948 por el intelectual marxista de la Revolución Mexicana –una mezcla singular de ideologías– Vicente Lombardo Toledano con ideología marxista-leninista. El primero de julio de 1962, sometido el sistema priísta a presiones del catolicismo de extrema derecha y de los simpatizantes de la Revolución Cubana, el presidente López Mateos declaró que “mi gobierno es, dentro de la Constitución, de extrema izquierda”. Muy pronto atenuó ese lenguaje.

El control férreo del sistema permitía la crítica controlada en algunos medios; en realidad no existía crítica de oposición, salvo en algunos artículos en Siempre escritos por militantes del PAN y de algunos grupos opositores menores. El Partido Comunista Mexicano, que aglutinaba a importantes intelectuales funcionales, había salido de una crisis de organización interna en 1959, operaba con dirección colectiva, en 1964 arribó a la dirección Arnoldo Martínez Verdugo y la Juventud Comunista dirigida por Pablo Gómez Alvarez se metió en el movimiento estudiantil aunque sin copar la dirección. Las publicaciones con apertura crítica formaban parte de la estructura de control cultural del sistema: disidencia tolerada, cuya crítica no salía de los espacios educativos. El régimen priísta se preocupó por la existencia de espacios de distensión política en medios, pero sin llegar a aceptar autonomías intelectuales. El Estado era el “Estado ideológico” (la Revolución Mexicana como ideología oficial de dominio cultural en la izquierda) que definió Revueltas en 1976, “el ogro filantrópico” que describió Octavio Paz en un ensayo en 1978 o la “dictadura perfecta” que reveló el escritor peruano Mario Vargas Llosa en 1991: la tolerancia como control cultural.

El movimiento estudiantil chocó con una estructura sistémica de medios de comunicación. A fuerza de presiones y marchas, los estudiantes logran abrir algunos espacios en Excelsior de Julio Sherer durante el comienzo de su gestión como director en 1968, contaron con muchos espacios en el periódico El Día dirigido por Enrique Ramírez y Ramírez –un veterano militante comunista que hizo amistad con López Mateos y que logró el financiamiento para fundar ese diario como cooperativa de propiedad social– y la revista Siempre de José Pagés Llergo como director disidente y su suplemento La Cultura en México dirigida por Fernando Benítez y el joven cronista Carlos Monsiváis. En El Día se publicaron en 1968 casi todos los desplegados de estudiantes, trabajadores, maestros e intelectuales.

Lo significativo de la crítica en el 68 fue su origen intelectual, pues la clase obrera estaba domesticada, los estudiantes eran incapaces de construir un discurso coherente y los medios jugaban en la cancha oficial. La crítica era tolerada, siempre y cuando no fuera destructiva, afectara la fuerza institucional del presidente de la república y se hiciera en nombre de la Revolución Mexicana. De ahí la importancia de las tres irrupciones de Paz en el movimiento estudiantil con una crítica sistémica, politológica y crítica sobre el agotamiento del sistema político priísta autoritario.

México 1940-1967

En la segunda mitad de los años sesenta, el discurso político institucional comenzó a girar en torno al concepto de “milagro económico mexicano”: tasas promedio anual de crecimiento económico de 6%, inflación no mayor a 3%, tipo de cambio bajo, fijo y libre, aumentos salariales por encima de la inflación, disciplina obrera y empresarial y una clase media activa. Inclusive, se quiso vender la idea de que la forma cónica de la república mexicana daba la apariencia de un cuerno de la abundancia al revés, pero en la figura, no en el sentido socioeconómico. Las elecciones presidenciales habían entrado en un ritmo estable a partir de 1958, ya sin candidaturas rebeldes de miembros del propio sistema sino con el PAN como oposición leal (Soledad Loaeza) y el PPS y el Partido Auténtico de la Revolución Mexicana como comparsas del PRI. La insurrección obrera de 1958 había sido aplastada por la fuerza y los líderes sindicales con militancia en el Partido Comunista Mexicano (PCM) fueron encarcelados durante varios años.

Las figuras emblemáticas del sistema político –Calles, Cárdenas, Avila Camacho– se ajustaban a las reglas del juego de poder presidencial institucional. La estructura de poder del sistema funcionaba en torno a tres piezas clave: el presidente de la república como la punta de la pirámide y con un poder absoluto similar al de Porfirio Díaz y con valor por seis años, el PRI como la caja negra en cuyo seno el presidente de la república como poder real administraba los repartos de valores y beneficios y el bienestar social como la fuente de legitimidad en el ejercicio del poder. La reforma constitucional de Miguel Alemán al artículo 3º Constitucional el 30 de diciembre de 1946 reconocía que la democracia era más bienestar que la libertad. En 1964 los politólogos Gabriel Almond y Sidney Verba hicieron una encuesta sobre cultura cívica en varios países y encontraron que en México los valores sociales máximos y dominantes eran el presidente de la república y la Revolución Mexicana.

La crítica era admitida y hasta reconocida en las instancias de poder del sistema político sólo en tanto reforzara, dialécticamente, los valores fundamentales del sistema. La única izquierda reconocida era la de la corriente del nacionalismo revolucionario dentro del PRI, entendiendo lo revolucionario como derivación de la Revolución Mexicana, no lo revolucionario de doctrinas como el marxismo, el anarquismo y hasta el conservadurismo radical. Los intelectuales críticos, sobre todo en Política y La Cultura en México, pugnaban por el “regreso” a los ideales de la Revolución Mexicana al sistema/régimen vigente. La izquierda marxista del PCM –la única con una propuesta de alternativa de sistema/régimen/Estado– era perseguida, reprimida, encarcelada y no tenía espacios de expresión, aunque tolerada como mecanismo de despresurización.

El clima de satisfacción sistémica alcanzaba para reforzar la legitimidad del PRI para ejercer el poder. La izquierda de la Revolución Mexicana tenía cargos públicos, puestos legislativos, premios y becas. La única disidencia sistémica –la del general Cárdenas– estaba bajo control porque él mismo se había visto obligado a cumplir con los protocolos del poder cuya violación él combatió en la figura de intromisión del presidente Elías Calles en la vida del presidente en turno y Cárdenas lo había subido por la fuerza a un avión y exiliado en Los Angeles, California. Cárdenas se reunía con los disidentes, pero sin comprometer ningún liderazgo radical u opositor.

La acumulación de contradicciones sociales y políticas llevó a situaciones de tensión en el gobierno del presidente Gustavo Díaz Ordaz –diciembre de 1964 a noviembre de 1970–, una de ellas, al comenzar su mandato, como ejemplo del autoritarismo inflexible: médicos del sector salud hicieron paros y huelgas para exigir una audiencia presidencial al arrancar el gobierno de Díaz Ordaz; el presidente los recibió en el despacho presidencial de Palacio Nacional, pero no para escucharlos sino para que los médicos escucharan que el presidente de la república nunca más atendería quejas bajo presión. En los sesenta, la lista de conflictos estudiantiles se resolvió con la intervención policiaca.

Casi como premonición, el cronista Carlos Monsiváis publicó en enero de 1968 un texto titulado México 1967 en el que pareció leerse una maldición: “en cierto sentido, 1967 ha desempeñado en la historia privada de México un papel premonitorio o prologal: es a 1968 lo que 1909 fue a 1910”, una especie de “año-pórtico”, “un año-preámbulo”, “tal vez la atmósfera pregonera que legalizaba el papel de 1967 como un año de transición”. A la manera de la sensibilidad de los campesinos mexicanos, 1967 era, para Monsiváis, el año de la premonición de que algo iba a ocurrir en 1968. Hasta donde se tenían datos al comenzar 1968, nada había en las contradicciones sociales y políticas que supusiera que en el tercer trimestre del año estallara no una protesta sino una implosión en el sistema político priísta; paradójicamente, antes y después del periodo julio-octubre de 1968 no alteró las tendencias electorales porque los saldos fueron los previsibles, pero al interior de la sociedad sistémica todo había saltado en pedazos, como producto del estallamiento de la crisis política como verbo expansivo al cerebro, de incubación lenta.

La agenda de la realidad se había salido de los espacios de control cultural institucional: la Revolución Cubana, el cristianismo temeroso del comunismo, los campesinos merodeando la guerrilla, los obreros insatisfechos con el control sindical del todopoderoso Fidel Velázquez, los movimientos sociales incubando contradicciones críticas y violentas, los estudiantes con la protesta a flor de piel. Las designaciones de candidatos presidenciales priístas en 1958 y 1964 habían cumplido con el ritual descrito en 1908 por Francisco I. Madero como sucesión presidencial, un proceso de herencia sexenal del poder decidido por el presidente saliente de la república a favor de su valido. La UNAM había resistido las luchas internas: en 1966 el rector Ignacio Chávez fue humillado por estudiantes priístas, atrapado en sus oficinas de la rectoría y obligado a renunciar de manera bochornosa, y su sucesor fue Javier Barros Sierra, un político priísta del grupo de López Mateos.

Los intelectuales en los sesenta tenían sus espacios de debate abierto. Pero padecían sus propias contradicciones: como intelectual de la Revolución Mexicana, el escritor Carlos Fuentes y otros intelectuales –Enrique González Pedrero– renunciaron en julio de 1964 a la revista Política en protesta por el trato despectivo de la publicación al presidente Díaz Ordaz, entonces abanderado del régimen de la Revolución Mexicana. Octavio Paz, quien en 1958 había firmado, a pesar de su cargo diplomático, un desplegado de protesta de intelectuales contra la represión a los obreros y había exigido reformas políticas– era embajador en la India y tenía una presencia importante en la vida cultural mexicana, francesa y estadunidense–, tenia presencia y reconocimiento intelectual en México, pero distante de las crisis políticas.

La izquierda de la Revolución Mexicana se cobijaba bajo el manto del ex presidente Cárdenas e insistía en los valores del movimiento social de 1910, al tiempo que declaraba, sin rubor ni temor, su inclinación al socialismo, pero su reconocimiento era para el modelo capitalista de Estado en México. Moscú, Pekín y Vietnam eran los referentes ideológicos; la Revolución Cubana, con la aureola de los barbudos que tenían el sentimiento popular, se metió en México a sobresaltar el precario equilibrio ideológico. Sin embargo, un Lombardo Toledano funcional al PRI había marginado más a los comunistas del PCM. La carga histórica, emocional y cultural de la Revolución Mexicana era difícil de encarar, ya no se diga de derrotar. El principal crítico marxista José Revueltas había sido expulsado dos veces del PCM. Su obra narrando el infierno moral, contradictorio e íntimo de los socialistas –las novelas Los días terrenales y Los errores y la obra de teatro El cuadrante de la soledad— habían sido un éxito a pesar del PCM y a pesar de que la primera había sido tan criticada en el partido que Revueltas se vio obligado a sacarla de circulación.

Octavio Paz era el intelectual más famoso y conocido. Su poema Piedra de sol estaba en todas las antologías, su ensayo El laberinto de la soledad había sacudido la modorra ontológica de los filósofos del relajo, su cargo de embajador en la India en 1958 era un reconocimiento a su carrera diplomática, su ingreso a El Colegio Nacional en agosto de 1967 fue leído como su consolidación en el Olimpo de la cultura nacional institucional. Pero se trataba del Paz que seguía hablando de socialismo, que criticaba al marxismo, que desarrollaba una extraordinaria lucidez en ensayos sobre poesía, política e historia.