El culto a la personalidad

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Con preocupación se contempla el regreso de una de las prácticas que caracterizó la época de partido hegemónico, en la cual el presidente era visto casi como una deidad, con poderes metaconstitucionales que se cumplían con servilismo por parte de sus colaboradores. Se trató de un tiempo en el que estaba prohibido criticar la figura presidencial –al igual que a la Virgen de Guadalupe o al Ejército–, además de que el titular del ejecutivo podía quitar a voluntad gobernadores y demás funcionarios que alcanzaron el cargo gracias al voto. El culto a la personalidad está de regreso.

Es un honor

Los gritos de legisladores que a coro señalaban que era un honor estar con Obrador, como si siguiéramos en campaña electoral, tienen varias lecturas. Una de ellas tiene que ver con la pérdida de la independencia del poder legislativo con mayoría de Morena, en aras de agradecer y obedecer a quien les ayudó a llegar a los curules.

También significa que lo más importante para esos diputados que se unieron al coro, es el actual presidente electo y no los electores, quienes son –a final de cuentas– a quienes deben atender, pues son representantes del pueblo que tanto dicen defender.

Pero lo importante es que con esto se constató que el culto a la personalidad está de regreso entre nosotros, pues a partir del triunfo de Morena en las elecciones presidenciales tenemos de vuelta verdaderos rituales para venerar al próximo titular del ejecutivo federal.

Para algunos quizá es una exageración, pero se ha visto cómo llegan a la casa de transición con veladoras, con peticiones diversas, buscando tocar al mandatario electo, tomarse una selfie con él; la esperanza de mucha gente está con López Obrador, quien ha logrado construir un movimiento que rebasa lo meramente político para colocarse en el ámbito de lo religioso, pues la fe es un elemento importante que mueve a sus seguidores.

El propio López Obrador corresponde a ese culto al señalar que su ejemplo será el arma para acabar con la corrupción, además de asegurar que no dará permiso para que los gobernadores y demás funcionarios públicos roben, con lineamientos anticorrupción y de austeridad que prohíben asistir al trabajo en estado alcohólico, además de formar un grupo para redactar una constitución moral.

Y en los alrededores de su campo de acción, sus seguidores esperan sus palabras para seguirlas y defenderlas, como se puede apreciar en redes sociales, espacio en el cual se considera una blasfemia la crítica en su contra.

Muchas personas piensan que a partir de diciembre todo cambiará, que su situación económica mejorará y que el futuro será mucho mejor, sin considerar las inercias o los problemas que tenemos y las posibles soluciones.

También surgen personajes que equiparan al tabasqueño con una deidad que resolverá todos los padecimientos que tenemos.

Lo visto en la Cámara de Diputados, con legisladores coreando el nombre del presidente electo, no es sino una mala señal que indica que la separación de poderes, la independencia del legislativo respecto al ejecutivo y los contrapesos, son cosa del pasado.

Eso deja a la sociedad civil el papel de señalar errores, proponer cambios necesarios y exigir una rendición de cuentas, a pesar de los que buscan defender a López Obrador con argumentos como apenas está llegando, dejenlo gobernar, los que quieren que le vaya mal lo critican y palabras similares a quien consideran infalible y perfecto.

Hay que ser claros: el presidente electo es un ser humano con virtudes y defectos, hay que apoyarlo en su lucha en contra de la corrupción, pero también hay que señalar los errores que está cometiendo en la etapa de transición, como en el caso de una consulta que no resolverá el problema del aeropuerto de la Ciudad de México o la idea de perdón y amnistía a miembros del crimen organizado que han rechazado familiares de las víctimas.

Señalar esos errores no es desearle que le vaya mal como tampoco se trata de la búsqueda de derribar su presidencia, como tampoco lo fue cuando muchas personas criticaron los excesos de la pareja presidencial con Fox, la fallida estrategia contra el narcotráfico de Calderón o las corruptelas de Peña Nieto y compañía.

 Era crítica en ese momento y lo es ahora. Revivir el culto a la personalidad, por muchos votos que haya obtenido en la pasada jornada electoral, no hace sino revivir una censura que se creía superada.

Si un legislador piensa que es un honor estar con López Obrador y no que el verdadero honor es representar a los ciudadanos, tenemos un grave problema que se irá agravando con el paso del tiempo. Y esto apenas inicia.

Del tintero

Reforma, Milenio, entre otros medios, empiezan a hacer ajustes en su plantilla de colaboradores, expulsando de sus páginas a plumas que otorgaban pluralidad y crítica a sus ediciones. Unos dicen que es por economía, pero no se quita la idea de que el acomodo responde realmente a una concesión al poder en espera de favores futuros.

@AReyesVigueras