Un rector que no quiso negociar

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La responsabilidad de Barros Sierra en la derrota del movimiento del 68

Presentación

Este año el movimiento estudiantil de 1968 cumple 50 años, motivo por el cual Indicador Político ofrece a sus lectores una serie de materiales de análisis acerca de dicha coyuntura histórica. En una entrega anterior presentamos los discursos de Porfirio Muñoz Ledo en 1969 en defensa de Gustavo Díaz Ordaz, para ahora presentar una revisión de lo que hizo el rector de la UNAM, Javier Barros Sierra, en los meses cruciales del movimiento. En la sección de eBooks de nuestro portal puede descargar el documento completo. Nota del editor.

Introducción

A cuarenta y seis años de los acontecimientos estudiantiles de julio-diciembre de 1968, las lecturas han sido consistentes en dos enfoques dominantes: desde la rebelión de las masas ante prácticas autoritarias del Estado y desde la crisis del sistema político priísta. Aquí ensayaremos un nuevo enfoque:

El movimiento estudiantil de 1968 desde la teoría de las élites, y de manera especial desde la relación dialéctica Gustavo Díaz Ordaz-Javier Barros Sierra en el contexto de las sucesiones presidenciales de 1964 y 1970 y cómo los dos desatendieron las responsabilidades de Estado para encarar el conflicto de los estudiantes con pasiones personales.

Por demás está señalar que este enfoque no excluye el contexto social, histórico, político y sobre todo sistémico. En todo caso, aquí haremos énfasis en los comportamientos personales de las dos figuras dominantes en el conflicto: el presidente de la república y el rector de la Universidad Nacional Autónoma de México. Al final de cuentas, los dos surgieron de las entrañas del mismo sistema político priísta y del mismo grupo político, los dos tuvieron carreras dentro de la burocracia pública y los dos quedaron atrapados ciertamente en las contradicciones del sistema.

La UNAM en el sistema político priísta

Fundada formalmente en 1910 por Justo Sierra como secretario de Instrucción Pública del gobierno del presidente Porfirio Díaz —aunque con antecedentes en la colonia vía la Universidad Pontificia desde 1551—, la UNAM se asumió como la más importante universidad pública de la re- pública después de la Revolución Mexicana. En 1929, luego de una lucha promovida por los estudiantes vasconcelistas que perdieron con la derrota presidencial de José Vasconcelos, la UNAM entró en una dinámica de conflictos.

La ley orgánica de la Universidad de 1929 construyó equilibrios inter- nos que sobrevivieron hasta la grave crisis 1944-1945 en que la casa de estudios tuvo siete rectores en dos años. La disputa entre profesiones se instaló en la UNAM y prevalece hasta la fecha como cotos de poder. Los acuerdos de 1945 duraron hasta la caída del rector Ignacio Chávez en 1966 promovida por grupos priístas en la Facultad dominante en ese entonces: la de Derecho. En el periodo 1945-1966 la Universidad logró un cierto grado de institucionalización interna, pero siempre con periodos de inestabilidad y con el reconocimiento a grupos de poder en facultades.

La UNAM tuvo un sobresalto en la definición de su programa de estudios como resultado de la polémica Alfonso Caso-Vicente Lombardo Toledano sobre la orientación ideológica de la casa de estudios. En 1933- 1935 los dos intelectuales discutieron si el programa educativo debía ser universalista o marxista, pero en el contexto de la reforma constitucional de 1934, apenas arrancado el gobierno del presidente Lázaro Cárdenas, de la educación socialista. La UNAM optó por el universalismo pero el marxismo se asentó con fuerza.

En el escenario histórico, la UNAM se convirtió en el espacio de capa- citación de los cuadros profesionales que exigían los diferentes modelos de desarrollo nacionales. El Estado se abría a los centros de educación superior para captar y capacitar sus recursos humanos: el Politécnico, la Universidad Nacional y las universidades públicas en los estados. Su función se facilitaba con la existencia de un Estado rector del desarrollo en función de programas nacionalistas. El nacionalismo apareció como la esencia de la cultura política dominante del PRI.

La configuración del sistema político se dio en torno a cinco variables, con efectos en la UNAM:

  • El presidente de la república.
  • El Partido Revolucionario Institucional.
  • El PIB con política social.
  • Los acuerdos y entendimientos con los sectores invisibles del sistema

(ejército, empresarios, estudiantes, iglesia católica, medios de comunicación e intelectuales).

  • Y la cultura política.

Los dos primeros fueron detectados por Daniel Cosío Villegas en su ensayo El sistema político mexicano, armado en 1971 desde un análisis histórico y de élite “análisis de periodismo ilustrado”, lo calificó el politólogo Manuel Camacho Solís. Los tres restantes han sido profundizados desde diferentes perspectivas y ya sobre la teoría de los sistemas políticos que creó David Easton en 1951 con su largo ensayo The political system.

El quinto pilar abarcaba la cultura política pero también la educación. En una encuesta sobre cultura cívica realizada en México y en otros países por Gabriel Almond y Sidney Barba apareció la cultura política como un mecanismo de cohesión social y de dominación ideológica, asumiendo a la Revolución Mexicana como un aparato althuseriano de control ideológico de las élites gobernantes.

La crisis en la relación Universidad-Estado ocurrió en un triple terreno: cuando el modelo de desarrollo pasó de estatista a mixto con hegemonía privada, cuando el Estado comenzó por tanto a abrirse a egresados de universidades privadas y cuando la ideología revolucionaria dejó de tener vigencia en la construcción de consensos. La modernización social con nuevas clases —sobre todo una clase media demandante— avejentó el modelo ideológico de las Revolución Mexicana. En el 68 estalló una triple crisis: de relación del Estado con los egresados de la UNAM, de ruptura generacional cultural por el agotamiento del modelo cultural ideologizante de la Revolución Mexicana y de exigencia de recursos humanos más técnicos que sociales.

Díaz Ordaz y la UNAM

Formado en la Universidad Autónoma de Puebla, Díaz Ordaz tenía una opinión muy crítica de los estudiantes: se preparaban para la disputa ideo- lógica pero no para la producción. Diputado (1943-1946), senador (1946-1952), director jurídico de la Secretaría de Gobernación (1953-1956), oficial mayor (1956-1958) y secretario de Gobernación (1958-1964), Díaz Ordaz destacó como un perro guardián del sistema en el modelo Paul Nizan: defensor del establishment ante los acosos intelectuales y culturales.

En Gobernación, a Díaz Ordaz le tocó manejar la crisis en el Instituto Politécnico Nacional en 1956 y la larga crisis del sindicato magisterial 1952-1956. En ambos casos, estableció una relación orgánica con un equipo que duró hasta 1970: como oficial mayor de Gobernación trabajó hombro con hombro con el entonces oficial mayor de las Secretaría de Educación Pública, Luis Echeverría Álvarez, estableciendo una vinculación de complicidad que se completó con el encargado de la oficina de seguridad política del Estado: Fernando Gutiérrez Barrios, entonces jefe de control político de la Dirección Federal de Seguridad. Como presidente de la república, Díaz Ordaz hubo de lidiar con la ocupación militar de la Universidad Nicolaíta de Michoacán y de la Universidad de Sonora en 1967.

Para entender la lógica autoritaria de Díaz Ordaz hay que registrar que en las crisis en el IPN, Michoacán y Sonora intervino el ejército por de- cisión del secretario de Gobernación y sin necesidad de consultarla con el presidente López Mateos, un dato que habría que incluir en el uso del ejército en 1968 por el secretario de Gobernación, Echeverría, y el jefe del Departamento del Distrito Federal, general y licenciado Alfonso Corona del Rosal, mientras el presidente Díaz Ordaz estaba de gira por Jalisco.

Según Díaz Ordaz, hombre de dureza en opiniones y mano autoritaria, los estudiantes debían de estudiar. De ahí la respuesta militar a crisis estudiantiles.

Como secretario de Gobernación del presidente López Mateos, a Díaz Ordaz le tocó supervisar —que era la forma de observar con manejo de hilos de poder— el funcionamiento político de la UNAM, con una población que se acercaba a cien mil estudiantes. Aunque el gobierno le dejaba autonomía a la UNAM en la designación de rectores descansando más en la lógica sistémica por la presencia de priístas en los órganos de gobierno, el sistema presidencialista contaba con instrumentos de supervisión y corrección. Desde Bucareli Díaz Ordaz observó los rectorados de Nabor Carrillo Flores (1953-1961) e Ignacio Chávez (1961-1966), los dos académicos con posiciones en el sector público, pero lo hizo con los mecanismos autoritarios del sistema.

Como presidente de la república le tocó a Díaz Ordaz el final del primer periodo de Chávez en 1964, su reelección en 1965 y su renuncia forzada en 1966. La primera designación de Chávez en enero de 1961 tuvo hilos de operación política desde Gobernación, con Díaz Ordaz como secretario y Luis Echeverría Álvarez como subsecretario. Una historia escrita apareció en la Gaceta UNAM del 2004: la Junta de Gobierno de la Universidad estaba formada por personajes ilustres de la educación y la academia, pero todos ellos de militancia priísta y en algún momento en el sector público priísta. Uno de los personajes que condujo la sesión fue el Dr. Gustavo Baz, eminente en la UNAM pero político priísta: era en ese momento por segunda ocasión gobernador del Estado de México y pieza clave del mexiquense López Mateos; por tanto, la Gaceta lo identificó como “vocero del presidente de la república” en la Junta de Gobierno. Así, Chávez tenía la aprobación de López Mateos.

La misma Gaceta de la UNAM recuerda “la hostilidad de Díaz Ordaz” con el rector Chávez. Si Díaz Ordaz se había disciplinado en 1961 como secretario de Gobernación a los deseos de López Mateos de llevar a Chávez a la rectoría, ya como presidente de la república mantuvo una relación hosca y hasta verbalmente agresiva. La leyenda urbana recuerda a Díaz Ordaz como un político práctico y autoritario, con una alta dosis de antiintelectualismo. Funcionarios del gobierno diazordacista encendieron la crisis primero en la Escuela de Economía y luego en la Facultad de derecho, identificando al vocero presidencial Francisco Galindo Ochoa en la primera y a juniors priístas en la segunda.

            En una ocasión Díaz Ordaz recibió en Palacio Nacional al rector Chávez y le preguntó por su dolor de cabeza, a lo que el rector le respondió: “no es nada en comparación con la jaqueca que tendrá el gobierno si no atiende los problemas de los jóvenes”. En otra ocasión, contó el banquero Carlos Abedrop Dávila, un grupo de empresarios le dijo a Díaz Ordaz que el problema universitario no tenía importancia, a lo que el presidente respondió que “es algo muy serio y difícil; a ver si ese sabio doctor Chávez lo resuelve”.

La crisis de 1966 que derrocó a Chávez y encumbró en la rectoría a Javier Barros Sierra determinó la relación de la UNAM con el Estado en el periodo 1966-1969. En 1965 los estudiantes pasaron a la ofensiva: crearon la Conferencia Nacional de Estudiantes Democráticos —de fuerte contenido comunista— y en septiembre un grupo de universitarios asaltó el cuartel militar de Madera, Chihuahua, para emular la hazaña de Fidel Castro al asaltar el cuartel Moncada como el itinerario de la Revolución Cubana triunfante. En enero de 1966 se realizó en La Habana, Cuba, la Conferencia Tricontinental contra los Estados Unidos, con apoyo mexicano.

En febrero grupos estudiantiles de juniors priístas, comandados por Leopoldo Sánchez Duarte, hijo del veterano político diazordacista Leopoldo Sánchez Celis, gobernador de Sinaloa en el periodo 1963-1967 como posición de Díaz Ordaz; el junior priísta organizó una ofensiva para hacer renunciar a César Sepúlveda como director de la Facultad de Derecho, menos de dos meses antes de terminar su periodo, pero obstaculizando su reelección. Los estudiantes presionaron a Chávez. En marzo expulsaron de la Facultad de Derecho a Sánchez Duarte y a Espiridión Payán, la Asociación Nacional de Estudiantes de Derecho los apoyó y el 14 de marzo los estudiantes estallaron la huelga en Derecho.

La crisis que llevó a la renuncia de Chávez estalló en abril de 1966, provocada por grupos priístas de la Facultad de Derecho, sobre todo del Grupo Sinaloa comandado por Sánchez Duarte. En abril se eligió un comité directivo de la CNED y ahí apareció Sánchez Duarte y Rafael Aguilar Talamantes como presidente del consejo de vigilancia; los dirigentes eran priístas pero aliados a los comunistas. El 29 de abril, luego de una irrupción violenta de paristas en la torre de rectoría y en la oficina del rector y tras largas horas de angustia, Chávez renunció. En ese momento el liderazgo estudiantil estaba en manos del recientemente creado Consejo Estudiantil Universitario (CEU) con una agenda de toma de control político de la UNAM.

El 5 de mayo designaron rector a Javier Barros Sierra para el periodo 1966-1969.

 

Barros Sierra, Díaz Ordaz y la sucesión presidencial de 1964

El ingeniero Javier Barros Sierra se había forjado en la UNAM como director de la Facultad de Ingeniería a mediados de los años cincuenta. Ahí participó en la creación del consorcio Ingenieros Civiles Asociados, una organización de ingenieros dedicados a la obra pública concesionada. El sistema político le otorgó grandes contratos como apoyo por su formación universitaria. Ahí Barros Sierra entabló relaciones políticas con las élites del poder priísta institucional. López Mateos lo designó director del Instituto Mexicano del Petróleo pero duró apenas unos meses porque en diciembre de 1958 fue nombrado secretario de Comunicaciones y Obras Públicas del gabinete presidencial con la tarea de separar las dependencias y quedarse él solamente con Obras Públicas por su experiencia como

ingeniero y en ICA.
En el gabinete de López Mateos funcionaba el secretario de Gobernación como el coordinador político o jefe de gabinete, con la total confianza del presidente de la república, quien se refería al poblano cariñosamente como “Gustavito”. Los dos habían sido senadores (1946-1952) bajo la presidencia de Miguel Alemán. Por su carácter y su cercanía personal a López Mateos, los secretarios del gabinete sufrieron en su trato ríspido con Díaz Ordaz. Barros Sierra fue uno de ellos, porque también tenía el afecto del presidente de la república aunque él mismo no era político sino técnico y humanista.

Los dos chocaban porque Barrios Sierra se consideraba un universitario como condición intelectual y Díaz Ordaz se asumía como un político forja- do en la práctica, además cargaba con resentimiento haber egresado de una universidad de provincia y no pertenecer a la alcurnia de la UNAM. En su perfil de Díaz Ordaz, el periodista José Cabrera Parra cuenta tres anécdotas:

En una ocasión se encontraron Díaz Ordaz y Barros Sierra al cruzar una puerta y el primero, con cortesía fingida, le hizo una broma cargada de ironía: “primero los sabios”, a lo que Barros Sierra contestó: “primero los resabios”.

En otra ocasión, Barros Sierra supervisaba la construcción de carrete- ras y cuando decían que López Mateos ya había decidido como sucesor a Díaz Ordaz, el secretario de Obras Públicas dijo que iba a cambiar el letrero de “poblado próximo” por el de “poblano próximo”.

Y cuando le preguntaron a Barros Sierra su opinión sobre la candidatura de Díaz Ordaz, el aún secretario de Obras Públicas respondió: “de aquí en adelante todos tendremos que hablar de dientes para fuera”.

Las relaciones entre Díaz Ordaz y Barros Sierra entraron en una zona complicada con la sucesión presidencial de 1964, resuelta en 1963. A pesar de su preferencia por “Gustavito”, López Mateos jugó con las expectativas y en los medios metieron a Barrios Sierra como precandidato. En 1959, por ejemplo, Barrios Sierra fue el orador oficial en la ceremonia del 16 de septiembre en nombre de los tres poderes de la unión —como se acostumbraba en el sistema político priísta que centralizaba en la figura presidencial a los poderes legislativo y judicial—, lo que lo colocó en la pasarela del primer círculo del poder político.

La sucesión presidencial de 1964 tuvo siempre a Díaz Ordaz en la punta de las preferencias, pero el presidente López Mateos manejó otros funcionarios como parte de las reglas del sistema político priísta para el reparto de espacios de poder. Por ello buscaron el favor presidencial Antonio Ortiz Mena, secretario de Hacienda, Raúl Salinas Lozano, secretario de Economía-Industria y Comercio, el jefe del DDGF Ernesto P. Uruchurtu, el secretario de la Presidencia, Donato Miranda Fonseca, y el líder del senado Manuel Moreno Sánchez, además de Barros Sierra.

De hecho, mientras los demás esperaban señales del presidente López Mateos, el choque político más fuerte se dio entre Díaz Ordaz y Miranda Fonseca. El secretario particular del presidente López Mateos, Humberto Romero Pérez, fue un ariete contra Díaz Ordaz. Pero el diazordacismo tenía un equipo bastante eficaz que llegó a 1968 y hasta 1970: Gutiérrez Barrios en la Federal de Seguridad y por tanto la información política, Alfonso Corona del Rosal como presidente del PRI en el destape de 1963 y la operación de la campaña, Luis Echeverría Álvarez como un perro político de caza como subsecretario de Gobernación.

A pesar de que la sucesión de 1963-1964 enfrentó a Díaz Ordaz con Barros Sierra, de manera no explicada el presidente Díaz Ordaz permitió el nombramiento de Barros Sierra como rector en mayo de 1966. Los datos revelan, en todo caso, el hecho de que la UNAM se enfilaba hacia un colapso político por la presencia de la ultraderecha católica, el PAN, el PRI y el Partido Comunista Mexicano, además de grupos estudiantiles simpatizantes y promotores de la guerrilla. En este contexto, Barros Sierra llegaba a la UNAM proveniente del sistema político priísta en su rango más alto —el gabinete presidencial— y entendía la lógica sistémica como para apaciguar a los universitarios siendo un rector salido de la propia universidad.

 

La crisis del 68

Con el obturador abierto, la crisis política estudiantil de 1968 no nació por generación espontánea, ni se concentró sólo en los meses julio-diciembre de ese año, ni se encontró en el camino, ni fue provocada por la intervención de los granaderos, ni menos aún se impuso el resentimiento del presidente Díaz Ordaz hacia la UNAM vis a vis universidades del interior de la república abandonadas por el gasto público y la federación. Un choque entre porros —grupos juveniles organizados para eventos deportivos pero proclives a la violencia, los hooligans mexicanos— llevó a una marcha para celebrar el aniversario del asalto al cuartel Moncada en Cuba. La reacción autoritaria del gobierno no midió siquiera las dimensiones del conflicto, menos sus antecedentes y desde luego que tampoco previó con- secuencias: fue una reacción típica del carácter del presidente Díaz Ordaz.

Pero para entender el 68 hay que tener un escenario más amplio:

Económico: el país casi terminaba un segundo sexenio de estabilidad con tasas promedio anual del PIB de 6%, inflaciones anuales de 2%, salario real positivo, política social estabilizadora, desempleo estructural y tipo de cambio fijo y libre por consecuencia del desarrollo estabilizador —control inflación-devaluación como eje—. Los problemas en el campo no eran mayores por el factor anticrisis de subsidios y política paternalista. Y el control obrero había resistido la organización independiente de los obreros.

Político: el país se movía en el equilibrio izquierda-derecha. La presión interna de la Revolución Cubana se estabilizaba con el papel no imperialista de la política exterior mexicana y la decisión de no obedecer la consigna de la OEA y mantener las relaciones diplomáticas con La Habana. La lista de factores desestabilizadores era larga pero ninguno de ruptura: el cubanismo del general Cárdenas, el surgimiento de la guerrilla urbana con el asalto al cuartel del municipio de Madera en Chihuahua, la guerrilla rural con Lucio Cabañas en 1967, la derecha reactivada por Cuba al grito de “cristianismo sí, comunismo no”, el Partido Comunista Mexicano derrotado en los sindicatos se refugió en las universidades públicas del interior y en la UNAM, el papel activo de la Juventud Comunista del PCM, el endurecimiento del gobierno con el uso de militares contra protestas sociales, la decisión de Díaz Ordaz en el caso del movimiento médico en 1964-1965 de no negociar con disidentes y el endurecimiento de la Secretaría de Gobernación a cargo de Luis Echeverría Álvarez. El PRI seguía ganando por el control gubernamental de la estructura electoral y la oposición panista era leal.

Escenario internacional: La intervención estadunidense en Vietnam se politizó y provocó movilizaciones de oposición entre los jóvenes, el mayo francés repercutió en México, la ruptura generacional aquí entró por el existencialismo francés, el hipismo estadunidense, el uso de la marihuana en las clases medias y estudiantiles, la vieja clase adulta no puenteó a las nuevas realidades, la rebeldía se convirtió en una moda, el posmodernismo liquidó la tradición heredada de la Revolución Mexicana, las olimpiadas iban a convertirse en el salto de México a la exposición internacional, los EU habían decidido no hacer esfuerzos para entender al sistema político priísta y prefirieron negociar directamente con el presidente de la república.

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