Cómo ganar con la globalización

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La globalización pareciera un destino maniqueo al que sólo es posible rechazar frontalmente, como los neopopulistas, o abrazar sin restricciones. Quiénes la denuncian se alían con demagogos, empresarios proteccionistas, ecólogos despistados y defensores a ultranza de la “soberanía nacional.”

Sus apologistas la pintan como la panacea que elevará la productividad con la especialización del trabajo, dónde los países con salarios bajos emprenden actividades intensivas en el uso de mano de obra mientras que naciones con trabajadores más productivos acometen actividades de mayor valor agregado.

Ambas visiones son engañosas por ser extremas. La globalización, definida como el proceso de integración de economías nacionales, no es nueva, ni irreversible, ni inexorable. Los países se pueden marginar de ella, lo que suele acarrear costos para la sociedad muy superiores a los beneficios de hacerlo.

En el medio siglo previo a la Gran Guerra (1914-18) se dio una globalización notable, secuela del abatimiento en los costos del transporte y la reducción de barreras nacionales al comercio, que llevaron a grandes movimientos entre naciones de personas, mercancías y capital

La mayor integración generó enorme prosperidad pero el proceso se vio abruptamente interrumpido por la guerra. A su término, y a resultas de la falta de visión de los estadistas del momento, el mundo entró en un desastroso período de proteccionismo y autarquía.

Se impusieron impagables compensaciones de guerra; se adoptaron regímenes cambiarios inviables; se cerraron las fronteras al comercio y a los flujos de capitales. El resultado fue la Gran Depresión que arrasó con las economías occidentales y culminó en la Segunda Guerra Mundial.

Resulta paradójico que instituciones creadas en la posguerra, como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el Acuerdo General de Aranceles y Comercio, y la Organización del Tratado del Atlántico Norte que permitieron alcanzar paz, estabilidad y una generación de riqueza portentosa, sean hoy culpadas por los demagogos, como Donald Trump, de todo tipo de males.

La nueva globalización tiene dos fuerzas motoras para las que pocos países están hoy cabalmente preparados: el proceso mismo de rápida eliminación de barreras al comercio de mercancías, servicios, ideas, gente y capitales; y el alucinante avance tecnológico en un número creciente de áreas.

La apertura al mundo global de México no fue la panacea universal y sus beneficios no se repartieron en forma adecuada, por varias razones:

  1. No se hizo el esfuerzo educativo necesario para que generaciones futuras aprovecharan las oportunidades de la apertura, lo que demanda preservar y profundizar las reformas en el sistema educativo para elevar su calidad.
  2. Los gobiernos federal y locales deben mejorar en forma drástica los servicios y la infraestructura que dan a la sociedad. El costo para la gente de pésimos servicios de agua, electricidad, seguridad y transporte públicos, y otros similares, abaten la productividad y los salarios de los trabajadores.
  3. La autoridad debe remover la burocracia inepta y los trámites redundantes que impiden el florecimiento de la economía y la elevación de los salarios.
  4. En una era en que la información es esencial, los gobiernos deben organizarse para difundirla y promoverla entre los agentes productivos, de tal naturaleza que los alerten de las principales tendencias de la economía mundial y de qué hacer y cómo organizarse para aprovecharlas.

La globalización ofrece beneficios enormes que hay que saber utilizar. Rechazarla, como proponen populistas y demagogos, no es la solución. Hay que discurrir cómo llevar sus frutos a la población que hasta hoy ha sido marginada, lo que exige un programa completo y coherente de gobierno.

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