El proyecto salinista

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A petición del entonces secretario general de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, Césareo Morales, el columnista Carlos Ramírez publicó en el número 2 de la revista Utopía –mayo-junio de 1989– un texto que definía a tiempo lo que después fue el modelo político de Carlos Salinas. Publicado posteriormente como eBook en el portal Indicador Político, publicamos en esta ocasión un fragmento del mismo. Puede descargar el texto completo en nuestra sección de eBooks.

Después de un impasse de cuarenta días, el gobierno del presidente Carlos Salinas de Gotari se lanzó a fondo: la detención del líder petrolero Joaquín Hernández Galicia marcó realmente el inicio de la gestión de gobierno del exsecretario de Programación y Presupuesto como parte de una reestructuración global del país que comenzaría a conocerse como la salinastroika. Lo ocurrido posteriormente en otro sectores –el empresarial, con el encarcelamientos de Eduardo Legorreta Chauvet; el político, con el desplazamiento de algunos dinosaurios; y el policiaco, con la lucha contra capos del narcotráfico– no vino sino a confirmar la apreciación de que el arranque de la presidencia salinista –por razones de un proceso electoral bastante desaseado– había de pasar primero por la recuperación de la capacidad de gobierno mínima, inclusive por encima de la recomposición de alianzas, pactos y complicidades.

El problema del gobierno salinista era doble; tiempo y margen de maniobra. El primero le resultaba indispensable, porque el presidente Salinas de Gortari no podría gobernar el país hasta que no se resolviera adecuadamente el problema de la deuda. Lo segundo era necesario debido al resultado electoral: por primera vez un presidente de la república de la etapa del partido dominante tendrá que gobernar con apenas 50.76 por ciento de los votos, y aun este resultado, muy discutible. Lorenzo Meyer lo ilustró con el siguiente ejemplo: el gobierno parecía un barco que no podía llegar a puerto seguro por falta de combustible, y así el capitán se veía orillado a ordenar que se fueran desmantelando algunas partes de la nave para alimentar la caldera.

El gobierno salinista debía considerar en el trasfondo de sus dificultades dos factores adicionales: por una parte, la responsabilidad directa del presidente Salinas de Gortari en los reflujos de la crisis económica durante el sexenio del presidente Miguel de la Madrid, en el que fungió no sólo como secretario de Programación y Presupuesto, sino como estratega fundamental de la política anticrisis –por tanto aparecía a los ojos de los priístas como el responsable de un rezago social sin precedente–. Por otra parte, la intención del gobierno salinista de implantar un nuevo proyecto nacional de desarrollo con efectos en todas las esferas de la vida nacional, tomando en cuenta que los primeros avances de ese proyecto había provocado un costo social profundo en todos los sectores nacionales.

Muy pronto se acumularon las evidencias de que el proceso de entronización del salinismo, y por tanto de la implantación de la salinastroika, iba a ser difícil, doloroso y complicado.

I

El proyecto salinista no surgió en el vacío. Sus primeros indicios remiten a lo ocurrido en el sexenio del presidente de la Madrid, y sin duda al entorno nacional e internacional de entonces. Para los ideólogos del salinismo, el punto que quiebra la trayectoria del país lo marca la nacionalización de la banca el primero de septiembre de 1982. Esa decisión presidencial marcó el punto máximo de ejercicio presidencial y avance del Estado en el sistema productivo, pero al mismo tiempo mostró el agotamiento del liderazgo nacional de la clase política priísta. Si bien la expropiación bancaria permitió que el Estado recuperara capacidad de acción, tradicionalmente reducida por el comportamiento del sector financiero privado, al mismo tiempo rompió los últimos acuerdos no escritos entre las clases sociales productivas que definieron históricamente a la economía mixta como  factor clave en la convivencia entre el Estado y el sector empresarial privado.

En 1982 el país evidenciaba ya el agotamiento del viejo esquema de crecimiento. Por más esfuerzos que se hicieron para reconstruir el deteriorado edificio nacional, finalmente eran más los signos de agotamiento general que los indicios de recuperar lo perdido. De hecho, se asistía entonces a la comprobación de que la estructura productiva, distributiva y de participación era menor que las demandas de bienestar y politización de la sociedad. Lo que en 1970 comenzó a percibirse, en 1976 tenía su primera gran crisis, en 1982 aparecía ya como indicador de que los tiempos modernos exigían planteamientos más audaces. La misma deserción nacional que implicó la fuga de capitales desde el segundo semestre de 1981 a septiembre de 1982 comprobaba la singularidad de los hechos; los viejos estilos de convivencia y los tradicionales mecanismos de conciliación no estaban funcionando, y por tanto había que pensar en sustituirlos.

1982 fue el punto culminante de las tres grandes crisis nacionales: crisis del modelo de desarrollo, crisis del sistema político y crisis de los pactos sociales. En suma, los históricos mecanismos de producción y distribución, de participación social y de distribución de áreas de poder, no estaban funcionando. Los primeros indicios de estas tres grandes crisis ya habían asomado: en 1968 estalla la gran crisis en el sistema político; en 1976 estalla la gran crisis en el modelo de desarrollo; y en 1982 estalla la gran crisis en los pactos sociales. La incapacidad de los gobiernos de Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría y José López Portillo condujeron a una acumulación de desequilibrios sociales, productivos y políticos que impidieron fórmulas de reconciliación o de reconstitución del vejo proyecto nacional mexicano, definido históricamente con base en acuerdos no escritos entre sectores políticos, sociales y productivos.

Las tres grandes crisis nacionales no fueron sólo evidencias de desajustes, sino datos de rupturas estructurales. Es decir, no se trataba de desacuerdos ni desavenencias, sino de desarreglos que mostraban nuevas correlaciones de fuerzas políticas y productivas, unas avanzando a costa de las otras. Eran, en suma, indicios de una nueva realidad en la que se apreciaba una sociedad más participativa y sectores políticos y productivos dispuestos a rebatirle hegemonía y titularidad a la clase política gobernante y, por derivación, al propio Estado. Las tres grandes crisis indicaban, pues, el agotamiento del liderazgo del Estado en su conformación de entonces y la necesidad de encontrar acuerdos de recambio. La posposición de esta tarea no hizo sino acumular más desequilibrios y discordancias, hasta que la nacionalización de la banca mostró la ruptura final.

La certeza de que las cosas ya no podían funcionar como antes estaba implícita en las causas de esas rupturas estructurales:

  1. La crisis del modelo de desarrollo estaba señalada por hechos concretos: la incapacidad del sistema económico para producir y distribuir equitativamente lo que estaban demandando las crecientes generaciones de mexicanos. El modelo de desarrollo estabilizador había respondido a un contexto determinado, y además se enmarcó en una economía internacional más estable. Aunque en la sucesión presidencial de 1970 existía un tipo de cambio bajo, libre, estable y equilibrado, el costo social de esa estrategia no podía ocultarse: México mostraba los rasgos de un rezago social acumulado, la riqueza producida no sólo no alcanzaba para todos, sino que estaba peor distribuida. La planta productiva era ineficiente y dependía de cada vez más costosos esquemas de proteccionismo comercial, industrial, fronterizo y evidentemente político. Hacia 1970 alrededor de un tercio de los mexicanos estaba fuera de ese modelo de desarrollo.

Paralelamente al sistema productivo, la política económica misma estaba agotada. Había dado de sí en las tres décadas en las que todo giraba, no en torno de la distribución social de la riqueza productiva, sino del mantenimiento de un tipo de cambio estable, fijo, bajo y libre. Ello había limitado la distribución social del gasto público, además de haber pospuesto políticas fiscales más justas y promovido el endeudamiento externo como sustituto del ahorro interno. El principal dilema de 1970 –verdadera encrucijada política– era inocultable: crecer poco para evitar el sobrecalentamiento de la economía, aun a costa de acumular más rezagos sociales, o buscar un desarrollo más dinámico para repartir más, pero con el peligro de acumular desequilibrios financieros que algún día habrían de pagarse.

La devaluación del peso el 31 de octubre de 1976 mostró que el modelo de desarrollo tenía limitaciones y que era necesario sustituirlo.

  1. La crisis en el sistema político reproduce algunos elementos de la crisis en el modelo de desarrollo. El sistema político dependía de tres variables –Daniel Cossio Villegas, dixit–: el presidente de la república, el PRI y el avance económico. Los tres elementos constituían la legitimidad de la clase política gobernante, en términos del aval de la sociedad debido a tres hechos concretos: ausencia de una oposición fuerte, permeabilidad social de la ideología de la revolución mexicana y constitución de un presidencialismo y un priísmo aglutinadores de intereses de toda la sociedad. El Estado representaba los intereses sociales y de bienestar de las fuerzas determinantes del país, y por tanto la estructura del sistema político respondía a la representatividad social nacional.

Ello se puso a prueba en los ciclos de endurecimiento del gobierno sobre todo en las grandes represiones contra médicos, ferrocarrileros, partidos de izquierda, sindicatos independientes y estudiantes de provincia. Sin embargo, cuando la sociedad se movilizó en torno a ideas democráticas en un contexto nacional e internacional diferentes, entonces el sistema político no pasó la prueba: históricamente aglutinador de grupos sociales y políticos con ideologías afines, hacia 1968 decidió ser excluyente. Los estudiantes jalaron a agrupaciones sociales y éstas se vincularon con sectores populares en la demanda de una democracia mínima: pluralismo partidista. La gran represión limitó los espacios de la crisis en el sistema político. Nada ha sido igual desde el 2 de octubre de 1968. Veinte años después, inclusive, la referencia obvia de las elecciones del 6 de julio de 1988 es justamente el movimiento democrático de 1968.

  1. Una vez que la insuficiencias del modelo de desarrollo estallaron en crisis económicas recurrentes y que la ola democrática posterior al ’68 agudizó la crisis de legitimidad del PRI y del sistema presidencialista, la siguiente ruptura lógica se dio en los acuerdos consensuales entre sectores, grupos y corrientes. Las crisis en la economía y en la política exhibieron, de suyo, una nueva correlación de fuerzas sociales y productivas que andaban a la busca de nuevos espacios de participación. El liderazgo del Estado comenzó a ser puesto a discusión, primero, y después sometido a presiones constantes. Surgieron paulatinamente grupos productivos y políticos nuevos, y la sociedad misma fue transformando su perfil demográfico, social y político. Era imposible, en consecuencia, que siguiera funcionando el mismo Estado en contextos productivos y políticos muy diferentes.

La crisis del modelo de desarrollo colocó automáticamente la hegemonía del Estado ante una obligada reestructuración. La crisis de 1976 fue producto de una crisis fiscal del Estado: aumento en los gastos para disminuir el rezago social, ante una insuficiencia y estancamiento en los ingresos. La devaluación obligó al Estado a volver a sus fronteras históricas del pasado, pero después de fricciones, polémicas y disputas con su oponente secular: el empresariado privado. La crisis del sistema político se convirtió en un debilitamiento del PRI y del presidente de la república, debido a sus propios problemas internos e instituciones que no podían cumplir con su función histórica de proveer el bienestar social de los mexicanos. Así, la crisis económica marcó el retroceso del Estado y el avance empresarial, y la crisis política mostró el retroceso de PRI y del presidencialismo, y el avance de la oposición. Ello llevó, de modo natural, a la exigencia de replantear los pactos sociales, políticos, económicos y productivos que estaban justificados en tanto el modelo de desarrollo y el sistema político tuvieran vigencia y legitimidad.

Desde 1968 el país estaba urgido de un replanteamiento global de su viabilidad como nación independiente, tal y como lo mostraban las evidencias de desequilibrios que se fueron acentuando más y acumulando a lo largo de los años posteriores. Hubo algunos débiles intentos de enfrentar globalmente la crisis, pero la estrechez de miras no hizo sino agudizarla: devaluaciones, reformas políticas, alianzas productivas y planes globales constituyeron intentos aislados por encarar lo que ya se percibía como una verdadera crisis general de México. Al agotarse los viejos esquemas y no surgir los nuevos, el país hubo de enfrentar una larga crisis de transición de tres sexenios en los que lo viejo no acababa de morir y lo nuevo no acababa de nacer. La tardanza en la oferta de solución a esas tres grandes crisis llevó, asimismo, a una crisis en la transición de la crisis, que condujo al presidente Miguel de la Madrid a optar por la candidatura presidencial de Carlos Salinas de Gortari como el abanderado de ese nuevo proyecto global de desarrollo que iba a romper con el círculo vicioso de la crisis de transición.

II

A varios años de distancia, y una vez conocida la propuesta salinista de gobierno, se aprecia un hecho que comenzó primero como crítica y después como argumento político, y que hoy se confirma como una realidad: la nominación presidencial de Carlos Salinas de Gortari no fue una reelección de Miguel de la Madrid, sino una reelección de Carlos Salinas de Gortari. El gobierno delamadridista sirvió de plataforma de lanzamiento de un proyecto nacional y global de desarrollo que interpretaba las crisis del pasado y planteaba salidas de fondo. No se proponía resanar el país, sino reconstruirlo a través de redefiniciones nuevas y de objetivos más viables. La nueva propuesta buscaba influir sobre definiciones, metas, compromisos y alianzas del viejo modelo, a fin de ajustarlas a las posibilidades de un modelo productivo, distributivo y político diferentes. En su propuesta de Plan Global de Desarrollo 1980-1982 –redactado por Carlos Salinas de Gortari, entonces director general de Política Económica y Social de la Secretaría de Programación y Presupuesto–, Miguel de la Madrid partía de una realidad clara: un país no crece como debe, sino como puede.

Aunque el Plan se enmarcaba en los intentos de reorganización administrativa del gobierno del presidente José López Portillo, el documento de Miguel de la Madrid –presentado en sociedad en abril de 1980– pretendía ser el discurso globalizador del nuevo desarrollo pregonado por la oferta lopezportillista. Si bien el énfasis básico destacaba las metas macroeconómicas, dos grandes líneas de definición se percibían entonces:

–           Sistematizaba los objetivos del proyecto nacional de desarrollo en términos de promoción del bienestar y no en razones de mandatos históricos-políticos: reafirmar y fortalecer la independencia de México como nación democrática, justa y libre en lo económico, lo político y lo cultural; proveer a la población de empleo y de mínimos de bienestar; promover un crecimiento económico alto, sostenido y eficiente; mejorar la distribución del ingreso entre las personas, los factores de producción y la regiones geográficas.

–           Proponía nuevas definiciones básicas de la vida nacional, al excluir el concepto de participación del Estado en la economía para producir, distribuir y generar bienestar, e introducía el nuevo concepto de rectoría económica del Estado como elemento clave que llevaba implícita una virtual reestructuración productiva y política de las tareas del Estado.

El Plan significaba el primer gran intento por reordenar y reestructurar la actividad económica del Estado sin romper con la trayectoria y compromisos históricos de Estado mexicano, porque López Portillo representaba la última candidatura ajustada –con sus limitaciones– a los compromisos de la revolución mexicana. De ahí, en consecuencia, su afán por aceptar limitaciones en la gestión del sector público y destacar metas macroeconómicas eficientistas, pero con criterios subyacentes que indicaban, sin ninguna duda, el principio de una recomposición de las tareas del Estado sin modificar preceptos constitucionales. Se habló entonces tibiamente de una reforma económica, pero claramente con la existencia de otros sectores productivos. Se hizo hincapié en la estructura de economía mixta y también se dejó claro el hecho de que una prioridad básica –el punto 1 de las 22 metas concretas– era el fortalecimiento del Estado para satisfacer las demandas de la sociedad en pleno crecimiento.

El Plan Global de Desarrollo definió la carrera presidencial de 1982. Frente a los demás precandidatos presidenciales –Jorge Díaz Serrano, director de Petróleos Mexicanos; Javier García Paniagua, presidente nacional de PRI; Jorge de la Vega Domínguez, secretario de Comercio; Fernando Solana Morales, secretario de Educación-, detrás de la nominación de Miguel de la Madrid –entonces secretario de Programación y Presupuesto– estaba un esfuerzo de planeación que constituía, por sí mismo, un programa de gobierno que respondía a la continuidad histórica de los gobiernos emanados del PRI. En este Plan participó –más bien fue el hombre clave– como redactor, responsable e ideólogo el entonces hombre de confianza de De la Madrid: Carlos Salinas de Gortari. Ello quiere decir –tomando en cuenta la falta de una idea rectora de De la Madrid respecto a la planeación– que Salinas de Gortari se encargó de darle forma y fondo al Plan, y esto implica que fue responsable de un virtual programa de gobierno.

La propuesta salinista, en consecuencia, comenzó con el Plan Global de Desarrollo. Los pasos se dan con claridad: como candidato presidencial del PRI, de la Madrid convierte el PGD en el programa de gobierno priísta y en el programa de acción del PRI. Una vez en el gobierno, de la Madrid le encargó a Salinas de Gortari la Secretaria de Programación y Presupuesto como responsable del sistema de planeación. Ahí se dio forma al Plan Nacional de Desarrollo 1983-1988. Sin los candados políticos del lopezportillismo –mejorar sin romper–, Salinas de Gortari se planteó un sexenio como etapa de transición. De la Madrid era un administrador sin ambiciones –antes de aspirar a la Presidencia de la República deseaba sólo ser gobernador de Colima, su estado natal– y llegó a Palacio Nacional en lo que se planteaba como la inevitable ruptura en el origen político de los presidentes. Procedente de la burocracia, de la Madrid no pudo –o no quiso– romper con las ataduras políticas tradicionales. Ello se evidenció con un PND ambicioso en sus indicios de reestructuración global y otros programas parciales que no planteaban aún la ruptura.

La segunda etapa del proyecto salinista se define en el Plan Nacional de Desarrollo que elabora como secretario de Programación y Presupuesto. Este Plan  va más allá del Plan Global de Desarrollo. Plantea la profundidad de la crisis, señala la incapacidad del sistema productivo para responder a las expectativas de los mexicanos y considera la necesidad de introducir algo más que reformas económicas. Se trata de modificar la estructura productiva del país como único camino para recuperar el crecimiento nacional. Las tres primeras metas claves del PND –conservar y fortalecer las instituciones democráticas, vencer la crisis y recuperar la capacidad de crecimientos– dependían de la cuarta, que se constituyó en la quintaesencia del proyecto salinista: iniciar los cambios cualitativos que requiere el país en sus estructuras económicas, políticas y sociales. Aunque hay propuestas de reestructuración, de la Madrid aparece atrapado en una estructura política que limita la reestructuración productiva: no modifica el PRI ni puede encontrar la justificación para cambiar la ideología política del Estado. En consecuencia, la idea salinista de modificar el proyecto nacional de desarrollo tiene que posponerse.

La tercera etapa del proyecto salinista llega pronto. La aplicación del Programa Inmediato de Reordenación Económica se trastoca en los tiempos políticos –elecciones municipales en 1983 que pierde el PRI, reclamo de los priístas por el programa de gobierno y posibilidades de perder el Congreso en 1985– y se confunden los signos de la economía: al finalizar 1984 se cree que la crisis está controlada y se opta de nuevo por el crecimiento. En julio de 1985 se vuelve a meter el freno y en enero de 1986 se derrumban los precios internacionales del petróleo, justamente en una fase de agudización del problema de la deuda. El tiempo económico es propicio para profundizar las medidas y Salinas de Gortari se hace cargo de la política económica. Al calor de la renegociación urgente de la deuda se aplica un primer programa de reestructuración global del proyecto nacional: reducción de la intervención del Estado en la economía, reprivatización productiva, apertura comercial, aflojamiento de los controles a la inversión extranjera y liberalización económica interna. Era, en suma, la definición de un nuevo modelo de desarrollo. Frente a la agudización de la crisis, la entronización de esta fase resultó relativamente fácil.

La cuarta etapa del proyecto salinista resultó su nominación presidencial en octubre de 1987. Ello significó, de manera consecuente, la decisión del presidente de la Madrid de decidirse por el candidato que representaba la continuidad de un proyecto. A su favor operaron varios hechos: el fin del ciclo del Estado en el medio internacional, el surgimiento de las corrientes de reestructuración en muchos países, el agotamiento de la clase política del Estado intervencionista y el recambio en las instancias de decisión económica y política por delamadridistas acordes con el proyecto salinista. La decisión del sistema por la candidatura de Carlos Salinas de Gortari para la Presidencia de la República –con todo ese proceso accidentado, confuso y autoritario– representó la confirmación de que no iba a haber caminos de regreso en el gobierno. La imposición del candidato priísta obligó a definiciones de la clase política: apoyar a Salinas de Gortari implicaba compartir su proyecto. Aunque hubo priístas que pensaron –y siguen pensando– dar la lucha dentro en contra del proyecto salinista, al final de cuentas las evidencias son las que cuentan.

El proyecto nacional de desarrollo salinista parte del hecho de que México se encuentra en una etapa depresiva del Estado y de una nueva composición social y productiva. Un ciclo, en consecuencia, llega a su fin y se abre otro nuevo. Ello exige la necesidad de reformular modelo de desarrollo, sistema político y pactos sociales. De acuerdo con el PGD, el PND, la política anticrisis 1985-1986, el discurso de aceptación de la candidatura, los cuatro discursos del reto nacional y el discurso de toma de posesión, el proyecto salinista puede plantearse en torno a los siguientes puntos:

– Nueva composición de la economía mixta.

– Neoliberalismo económico.

– Recomposición de las tareas y funciones del estado.

– Subordinación del sistema político al nuevo modelo de desarrollo.

– Nuevos acuerdos sociales, políticos, económicos y productivos

La idea central del salinismo es la de encontrar nuevos espacios que contribuyan a solucionar estructuralmente la crisis. Para Salinas de Gortari, buena parte del origen de la crisis está en la intervención excesiva del Estado en la economía. En este contexto es en el que se pasa de concepto de intervención directa del Estado en el sistema productivo al concepto de rectoría económica del Estado. Es decir, el Estado deja de ser agente productivo y sólo se queda en agente regulador de las actividades económicas. Ello implica, automáticamente, el hecho de que el sector privado sustituya los espacios que deja el sector público. Se trata, en suma, de un modelo económico y productivo neoliberal que aspira a responder a las expectativas de una población que demanda empleo, salarios y bienestar social. Se trata, de hecho, de una fractura histórica en la evolución del país.

1 COMENTARIO

  1. Excelente y para la reflexión en las preguntas de si Andrés Manuel será capaz; en esta nueva realidad, de consolidar su cuarta transformación

    Generosa la vida, aquí seguimos leyendote y comprobando tu dicho.

    Saludos

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