Construir nuevas opciones

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El debate político e ideológico —pobre, pero existente– en torno a las elecciones presidenciales se ha centrado en las tipologías de populismo y neoliberalismo y en los personas que las representan. Se puede decir que hasta por la ley del péndulo era ya la hora de que el neoliberalismo salinista 1983-2018 oscilara hacia su extremo populista ya experimentado en 1934-1982.

En un enfoque histórico, el populismo de López Obrador podría durar doce años, pero a condición de tener un sucesor a modo, como ocurrió con Raúl Castro a la baja de Fidel o con Nicolás Maduro a la muerte de Hugo Chávez, y sobre todo si la economía no revienta por el gasto social asistencialista. Y en el 2030, el péndulo regresará al neoliberalismo.

Las elecciones del 2018 han demostrado la muerte de las ideologías como valores, propuestas o doctrinas, dejando sólo a los candidatos como encarnación personal de expectativas. La dialéctica neoliberalismo-populismo sigue a la espera de una tercera vía que concilie la libertad con la igualdad de oportunidades.

Los partidos mexicanos se han ido consumiendo como organizaciones para una propuesta ideológica y funcional de gobierno. Todos, absolutamente todos, son meras agencias de colocaciones; los políticos que no encuentran candidaturas en sus partidos se salen porque otros les ofrecen esos cargos. Hasta ahora Morena es el que más se ha dedicado a cachar a esos busca-chambas.

Sin una propuesta ideológica detrás de cada candidatura la reconstrucción de la viabilidad del desarrollo mexicano será imposible, porque las propuestas serán circunstanciales y parciales. El modelo de desarrollo/política económica/bienestar social se ha reducido a propuestas asistencialistas de dinero regalado, como lo han demostrado los candidatos. Las ofertas de subir salarios mínimos son irresponsables por la sencilla razón de que el salario es un precio relativo, es decir, articulado a otros precios, y su variación generaría otros desequilibrios.

Lo que ha revelado la campaña presidencial del 2018 es la ausencia de opciones políticas, económicas y de desarrollo. El PRI promete algunos ajustes presupuestales al costo popular del neoliberalismo, Morena sólo ofrece dinero regalado y hasta el PAN-PRD le han entrado a eso de dinero directo en efectivo. Pero todas esas promesas son inflacionarias y ya se sabe que en México el aumento en la inflación presiona devaluaciones.

Lo que debe venir después del primero de julio es la reconstrucción de opciones o, en el mejor de los casos, de construcción de nuevas ofertas. Poco les durará el gusto a los lopezobradoristas cuando vean que su Caudillo no tendrá más camino que mantener el rumbo neoliberal cuando menos dos años, porque cualquier variación en el equilibrio macroeconómico potenciaría una crisis con mayor costo social, con todo y que México pudiera ganar la Copa de futbol Rusia 2018.

La fórmula es complicada: estabilidad con desarrollo e igualdad social de oportunidades. Ni López Obrador, ni Ricardo Anaya, ni José Antonio Meade se han preocupado por ofrecer una opción que logre el equilibrio ideal. Ante tanto caos de tensión política y de esperanzas en las encuestas, lo que queda es la certeza de que México no saldrá de la crisis con las opciones existentes y que necesita otras.

http://indicadorpolitico.mx

carlosramirezh@hotmail.com

@carlosramirezh

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