La visión asistencial sólo mira el ingreso a la universidad y no la calidad educativa

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Este texto se publicó originalmente el 28 de noviembre de 2017

Durante los años setenta del siglo pasado, en las universidades públicas hubo un proceso de masificación que no fue acompañado de las reformas necesarias para impulsar la calidad académica, vale decir, para que esas instituciones del estado ofrecieran buena educación a quienes demandaron el acceso a la escuela. El proceso de masificación sin reforma no tocó planes y programas de estudio –para las nuevas generaciones sin capital cultural, es decir, integrantes de familias que accedían por primera vez a la universidad– ni cambió prácticas académicas que correspondían a la escuela elitista. Se llenaron las aulas pero no se ofreció buena educación a muchos –relevo en la planta de profesores, por citar un ejemplo–, por ello, la política asistencial del gobierno significó hacer de las universidades estacionamientos o contenedores juveniles (el fenómeno se acentuó debido a la baja eficiencia terminal y los escasos niveles de titulación) con escasa y a veces nula integración al mercado laboral. Recibió jóvenes ilusionados en tener mejor escalafón social y en general provocó su frustración, incluso ocupaciones informales se llenaron de licenciados.

La preocupación del gobierno asistencial es abrir la escuela indiscriminadamente y, esto es una paradoja, ello ha provocado esta injusticia social: el aumento de la credencialización no ha implicado mayor calidad académica, lo digo en general, advierto, dado que la heterogénea composición de las universidades públicas expresa desiguales rendimientos escolares (claro que no es lo mismo, por ejemplo, estudiar Economía o Derecho en Ciudad Universitaria que en alguna Facultad de Estudios Superiores); es decir, los niveles académicos son desiguales.

El acceso a la universidad es tan importante como la garantía de recibir educación de calidad y eso no ha sido asumido ni por la visión estatista de los años setentas ni por su reedición en la actualidad. Desde luego que los llamados gobiernos “neoliberales” tampoco han acometido esos desafíos, más aún, han asumido que su única responsabilidad es dotar de recursos (y lo han hecho de manera paupérrima) y abandonar a la vera de la autonomía universitaria esa responsabilidad de acometer sus propios cambios. Naturalmente, dicha autononomía debe ser respetada aunque me parece que ello no implica que el gobierno omita incentivar a las insituciones para modificar su estructura curricular, procesos de enseñanza aprrendizaje y la exigencia de un alto nivel académicos a los sujetos de la educación. Estoy seguro de que las becas deben aumentar tanto como los niveles de exigencia escolar para quienes la requieran o que cualquier otro programa de apoyo a los estudiantes debe partir de ese principio.

Que cualquier candidato diga que de acceder al gobierno, el acceso a la educación superior será indiscriminado falta a la verdad porque tendría que violar la autonomía universitaria, por ejemplo, si pretende eliminar el examen de admisión (que es un instrumento de evaluación y una forma de selección). Y también hace demagogia si no plantea que el eje rector de la universidad de masas es acometer su reforma para que los jóvenes que accedan a la misma no sean los frustrados ciudadanos de mañana.