Democracia, desarrollo y libertad

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Como si fueran tres gritos similares a los de la Revolución Francesa —liberté, égalité y fraternité–, las elecciones presidenciales y legislativas del 2018 fijaron metas y necesidades de la sociedad, pero carecieron de opciones partidistas y de candidaturas referidas a demandas.

Ninguno de los candidatos y ninguno de los partidos entendieron los estados de ánimo de la sociedad: ni neoliberalismo con alto costo social ni populismo con alto costo social. Quedó, de todos modos, la exigencia de una tercera vía que responda a la exigencia de democracia, desarrollo y libertad.

El pragmatismo de los partidos en busca de votos ha reducido la política a una simple venta de expectativas: si votas por mí te daré a cambio programas asistenciales con dinero constante y sonante. Este modelo pragmático ha operado desde 1982, año en que el relevo de la clase política por la clase tecnocrática sacrificó el pensamiento histórico mexicano: la continuidad ideológica liberal entre Independencia, Reforma y Revolución.

La larga crisis mundial de las ideologías de izquierda –socialismo– y derecha –conservadurismo– en el periodo 1968-1992 dejó abierta la puerta para que el pragmatismo sentara sus reales. El problema, además, no ha sido sólo ideológico, sino de proyectos económicos: el monetarismo de derecha contra el asistencialismo progresista. El cruce de coordenadas, sin embargo, ha enredado la definición de opciones novedosas.

Entre el socialismo y el capitalismo comienza a abrirse una tercera opción que plantea posibilidades nuevas al conflicto de la subordinación de las ideas: el liberalismo. Sin embargo, la prisa por conseguir votos o la confusión de analizar nuevas opciones con las herramientas del pasado está impidiendo la comprensión y los alcances del liberalismo. Asimismo, lo ideológico quiere hacerse pasar por el ojo de la aguja de la estabilidad macroeconómica.

Las opciones neoliberal –José Antonio Meade y Ricardo Anaya– y neopopulista –López Obrador– se presentan como soluciones a una larga crisis de crecimiento económico y bienestar. Sin embargo, ninguno de los tres ofrece un diagnóstico de la crisis ni una evaluación de las necesidades reales a satisfacer. Los tres sólo prometen administrar la crisis, evitar la inflación y aumentar programas asistencialistas con dinero regalado. Pero ninguno de los tres ha presentado un nuevo modelo de desarrollo.

El nuevo liberalismo mexicano –que abreva del forjado en el siglo XIX– comienza a abrirse paso entre los enredos de la crisis de las ideologías mexicanas. Las metas de democracia, desarrollo y libertad constituyen un edificio ideológico suficientemente estructural como para alimentarse de las mejores ideas del México independiente y construir un modelo de desarrollo, un régimen de gobierno y sobre todo un nuevo pacto constitucional que signifique un nuevo consenso nacional.

Gane quien gane las elecciones del primero de julio no podrá gobernar ante las exigencias de una sociedad más allá del caudillismo y por encima del mero control de la inflación. El ciclo del modelo neoliberal globalizador 1983-2018 tendrá el peor saldo de bienestar de la historia nacional: 2.2% de PIB promedio anual, 80% de marginados y 10% de superricos.

Sobre estas bases endebles hay que reconstruir la viabilidad nacional.

http://indicadorpolitico.mx

carlosramirezh@hotmail.com

@carlosramirezh

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