Marguerite Duras

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El silencio y el calor húmedo imperan en la noche encapotada. Las casas están formadas en hilera. Ella se encuentra en la casa más grande rodeada de árboles; es la única habitante. En este preciso momento está en el ático, sentada frente a la máquina de escribir viendo la hoja de papel barnizada de silencio.

La señora tiene 76 años y tiene puestos sus recuerdos en el cuerpo. Trae consigo el vestido de eyelet que mandó hacerse en una tiendita de Saigón y también huele al mismo perfume de cuando llegó a Paris por primera vez, a los diecisiete años. Pero sobre todo en sus manos carcomidas por la artritis reluce aquel anillo que un día le regaló su inolvidable amante de la China del norte, cuando ella se despidió para siempre de Gia Dinh porque había decidido ser escritora.

Marguerite es escritora, y tal vez sólo a una escritora le podría obsesionar el torpe revoloteo de una mosca que agoniza en el piso, a un lado de la mesita donde la señora escribe. Entre sorbos de whisky en las rocas le pregunta a la mosca si los estertores se deben al estallido en la ventana de su cuerpo o al fin del ciclo de la vida que en la mosca no pasa de tres o cuatro semanas. Sabemos también que solo una escritora podría escribir que el insecto le contesta, pero esta vez el silencio imperó ante las preguntas desquiciadas.

Marguerite prende un cigarro de tabaco negro y lanza la cerilla cerca de la mosca. La escena es tan importante para mí, dice ella otra vez en voz alta, como mi novela El Amante que es la menos lograda pero la mejor acogida por el público, incluso –continúa– la película tiene más arte que ese puñado de frases discretas sobre una pasión que jamás se dijeron los amantes mutuamente. Su mejor novela, ella lo sabe bien, la escribió cuando tenía 34 años, se llama Un dique contra el Pacífico.

La mosca zumba, es decir, bate sus dos alas y se restrega por el piso. Entonces recuerda El arrebato de Loi V. Setein e imagina otra vez, como si fuera una escena de cine, a esa joven que quedó sola en medio de la pista de baile en tanto que su compañero arrejunta sus ganas con una mujer blanca de ojos grandes envuelta en un traje de tul azul marino. Marguerite cree posible que de ese abandono surgió La amante inglesa, es decir, la humanidad que se despojó de los sentimientos de amor asociados con las fugas ilusorias que todos conocemos, y entregó su sexo como una mosca enardecida por el calor de una cerilla.

Escribir me salva de tu ausencia, le hago escribir a la escritora en la máquina de escribir, en tanto se escuchan los zumbidos de la mosca. La escritora escribe. Se dice a ella que escribió El Amor para esconderse de ella y de los demás y también para llorar. Porque llorar es inútil pero casi siempre es necesario más aún cuando el juicio está chalado por la ausencia de ese hombre que optó por inclinarse frente al padre y no hizo nada cuando a ella la miró de lejos surcando por el mar.

Marguerite sabe que la mosca sabe que la está atravesando el hielo de la muerte. Bebe más whisky y escribe: “Se escribe para mirar morir a una mosca” y también para mirar la agonía de los anhelos propios. Pero la vieja se resiste: “Nosotros, los del 68, somos enfermos de la esperanza (…) y a nosotros ninguna ley nos curará de esa esperanza”. Y fuma otra vez. Igual que la mosca sabe que está a punto de morir, la escritora sabe lo que escribe:

“Sigue habiendo generaciones muertas que hacen libros pudibundos. Incluso jóvenes: libros ‘encantadores’, sin poso alguno, sin noche. Sin silencio. Dicho de otro modo: sin auténtico autor. Libros de un día, de entretenimiento, de viaje. Pero no libros que se incrusten en el pensamiento y que hablen del duelo profundo de toda vida, el lugar común de todo pensamiento”.

El teclado de la máquina se funde con los zumbidos de la mosca.

Marguerite Duras interrumpe la escritura. Mira al techo mientras siente la invasión del whisky por el cuerpo. Entonces recuerda “El hombre sentado en el pasillo” como desde que era niña representa lo que piensa, mediante escenas de cine. La playa esta quieta. El frío. La grisura del mar y el cielo del mismo color. El graznido de las gaviotas, son pocas, alrededor de diez. La mujer observa a ese hombre sentado al final del sendero de los cuartos del hotel que está desvencijado. Ella lo mira y simultáneamente hace lo mismo con aquel otro hombre espigado que camina en el muelle. Ahora están los tres desnudos revoloteando entre la arena. Uno de ellos la tiene ensartada desde las entrañas, tiene los ojos azules y el pelo negro. El otro besa su espalda y le restriega la verga entre las nalgas, exactamente como un hombrecito que debió su riqueza al padre quiso hacer con Suzane, una adolescente de Saigón, y quien sólo le permitió verla desnuda mientras se bañaba a cambio de un diamante. Es decir, los efluvios del alcohol unieron sus historias de El hombre sentado en el pasillo con Un dique contra el Pacífico. Pero hay algo más: Marguerite comprende que también se escribe para volver a besar a los amantes, y lleva sus manos al sexo. Ahí, entre la humedad, restriega suavemente el anillo aquel que un día le regaló el chino para acompañarla siempre.

Ya no se escuchan los sonidos de la mosca. Se encuentra inerte a un lado de la pata de la mesa donde está la máquina de escribir de la escritora. Murió, como ocurrió un día como hoy con la escritora hace veinte años. Quedo inerte. Como lo haremos todos.

Mi lectura de su obra completa es que únicamente nos significan los besos que dimos y los que recibimos. Los que dimos o recibimos a cambio de algo o sólo por los que resultaron de los temores de la soledad o el desamparo; los que dimos por amor o por pasión. Los besos amorosos de pasión, los del desengaño o aquellos que no tuvieron ninguna condición más que el deseo. Son esos instantes en que nos desprendimos del cuerpo al fundirnos con el otro.