2018: debajo del iceberg

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Desde 1988 el sistema/régimen/Estado se ha enfrentado cada seis años a la oportunidad de entender que el proyecto de nación de la revolución mexicana está agotado y que se ha requerido de un salto histórico pactado entre todas las fuerzas sociales y políticas para refundar las expectativas, pero cada seis años se refrenda la maldición de Lampedusa de que los regímenes se ven obligados a cambiar para seguir igual.

El PAN en la presidencia 2000 y 2006 y el PRD en la jefatura de gobierno de la república llegaron al poder para seguir igual. Lo grave de todo es que esa continuidad de sistema/régimen/Estado no ha sido por la viabilidad de las estructuras de administración del poder, sino por la falta de bases sociales para un cambio, por el hecho de que las élites opositoras son desprendimientos del PRI y por la comodidad de usar reglas e instituciones priístas.

Las elecciones del 2018, cuyo proceso formal comenzó el 30 de marzo, no han dejado ver si hay una luz al otro lado del túnel o si la república se encamina a un choque de trenes elitistas. El candidato del PRI va a mantener el rumbo económico, a administrar la crisis política y a atenuar un poco la desigualdad social; el candidato del Morena no va a modificar el modelo económico y se conformará con construir un liderazgo caudillista tipo Juárez sustentado paradójicamente con los recursos económicos que vendrán con las reformas que rechaza; y el candidato del PAN-PRD enarbola la bandera del cambio de régimen que es todo y nada y que no se logrará por la carencia de una mayoría legislativa.

Mal que bien, los tres candidatos presidenciales no tienen una idea clara de la crisis de proyecto nacional y van a tratar de administrar el poder.

Y si la meta de los candidatos presidenciales es alcanzar el poder, el riesgo real radica en las intenciones de reconstruir el absolutismo presidencial. López Obrador aún no gana la presidencia y ya amenazó con deshacer las reformas estructurales de los últimos años, Anaya amaga con encarcelar a Peña Nieto sin juicio previo ni leyes para el caso y Meade da por descontado el mantenimiento del mismo proyecto económico sin contar con bases políticas suficientes y a sabiendas de que esa decisión condenaría al país a otro sexenio con PIB de 2.2%.

Las tres metas de los tres principales candidatos presidenciales dejan ver la parte inferior del iceberg: el viejo presidencialismo absolutista que tantos dolores de cabeza le ha provocado a la república.

Y lo peor de todo es que no existe en México hoy en día alguna élite intelectual que esté discutiendo el tema central o la madre de todas las crisis: la estructura de poder/gobierno/legal de la república es el origen de todos los males. Y que, por si fuera poco, la sociedad misma ha caído en la trampa de la crisis de expectativas y sigue buscando, como desde 1835 con Santa Anna, a un redentor u hombre providencial.

Por la tensión política creciente en la sociedad, la dinámica pasional en los circuitos cibernéticos y los propios candidatos que saben que carecerán de instrumentos de poder, las campañas formales no harán el diagnóstico real de la crisis, tampoco ofrecerán soluciones reales y menos querrán debatir la realidad.

Y la sociedad debiera entender que esta campaña electoral carecerá de una utilidad para salir de la crisis de crecimiento, bienestar y democracia.

http://indicadorpolitico.mx

carlosramirezh@hotmail.com

@carlosramirezh

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