Manuel Espino y la negación de la democratización

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Dos veces vi de cerca de Manuel Espino cuando era presidente del CEN del PAN, la primera en 2006 en el camino hacia las elecciones presidenciales, donde el Lydiagate se convertía en un excelente recurso para apuntalar el mantenimiento del PAN en Los Pinos. La segunda ocasión fue en San Pedro Cholula, lugar en el cual, la orden enviada en el camino hacia las campañas intermedias estatales fue «no utilizar el «Maringate» como recurso electoral. En el primer ejercicio el PAN ganó 12 distritos y las senadurías de mayoría; en el segundo se rompió la alternancia en la presidencia municipal de Puebla y la votación panista poblana se retiro a 540 mil votos -aunque el fraude informativo, publicó 440 mil votos-.

Por supuesto que fue plausible que como dirigente nacional del partido en el gobierno; Manuel Espino aprovechara todo para apuntalar al candidato presidencial panista y se aprovecharán las crisis que tenía el PRI: una nacional con la ruptura que le había propiciado el SNTE en su camino hacia la formación del Panal y la otra producida por el autoritarismo exacerbado de sus gobernadores en Puebla, Oaxaca y Veracruz. Pero más allá de acuerdos y negociaciones, -que ahora Espino reconoce públicamente y en su momento tenía la obligación política de haberlo informado-, jamás priísta alguno llamó a Felipe Calderón (candidato presidencial) a evento público y pidió a sus compañeros militantes generar un voto útil en su favor, si lo pactaron fue en lo obscurito. Tontejos no son, el PRI se llevó el segundo lugar en las elecciones del senado y abanderaron la reforma del Estado y se pusieron a construir el camino para comerse a Espino y lo han logrado.

No, no y no es justificable a Manuel Espino que expulsado y con el anhelo de regresar al PAN, venga a presentar no su apoyo a EPN, sino a emitir un conjunto de argumentos contradictorios que sólo llevan un fin: lesionar al PAN y de paso golpear al sistema mexicano de partidos y el proceso de democratización.

Las declaraciones de Espino, pisotean el esfuerzo de millones de mexicanos que desde la participación del PAN en elecciones municipales, estatales y federales, se apostaron por construir una cultura democrática participativa de ciudadanos libres. La decisión política-individual de Espino es tolerable, pero no podemos aceptar una argumentación banal, confusa y contradictoria que busca el proceso de democratización mexicano, enarbolado por hombres y mujeres libres desde el 15 de septiembre de 1939.

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