2018: incertidumbres y certezas

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En medio de todo el desorden político, la única certeza es la incertidumbre. El escenario no es bueno para un país que en treinta años vio el desplome del PRI debajo de la mayoría absoluta, un alzamiento guerrillero que estremeció al sistema institucional, el asesinato artero de un candidato presidencial, una macrodevaluación que empobreció al 80% de los mexicanos, una alternancia presidencial al PAN y una alternancia presidencial de regreso al PRI»¦ y todo sigue igual que no es otra cosa que peor.

La próxima semana entra el proceso electoral a su comienzo real: el registro de precandidatos la segunda semana de noviembre, con la certeza de que los precandidatos serán candidatos al registrarse en el Instituto Nacional Electoral entre el 15 y el 22 de febrero próximo. Y las campañas presidenciales formales iniciarán oficialmente el primero de marzo. Por tanto, habrá casi cuatro meses de actividad electoral fuera de control.

Lo paradójico del proceso electoral del 2018 radica en la certeza de que ninguno de los protagonistas representa un peligro de ruptura institucional. El escenario de propuestas oscila entre un sexenio más de neoliberalismo salinista (PRI, PAN y PRD) o un populismo callista-cardenista-priísta (López Obrador-Morena), las dos sin atender el punto central de la crisis nacional: el actual modelo de desarrollo propicia la concentración de la riqueza en el 10% de los mexicanos más ricos, la pobreza, marginación y estrecheces afecta al 80% de los mexicanos y el PIB apenas crece 2.2% promedio anual.

Las elecciones presidenciales y legislativas federales se presentan como una mera disputa por el poder. Todas las fuerzas identificadas carecen de un diagnóstico crítico del agotamiento del modelo de desarrollo y por tanto tampoco se conocen sus metas para salir del hoyo improductivo.

A partir de la experiencia del 2000, México enfrenta la posibilidad de una nueva alternancia partidista en la presidencia de la república y todos los datos revelan que no existen posibilidades de una alternativa. Es decir, habrá un nuevo relevo en las élites, pero sin representar un cambio de modelo de desarrollo ni de sistema político. Gane quien gane dejará al país otros seis años en los pantanos del neoliberalismo de mercado con mayor abandono de compromisos sociales.

En este contexto, en realidad no importa quién gane las elecciones presidenciales. Ninguna de las fuerzas con posibilidades ha ofrecido un cambio de rumbo del desarrollo. El neopopulismo lopezobradorista no es una oferta novedosa sino un reciclamiento de las propuestas del viejo PRI. El PAN ya estuvo en la presidencia dos sexenios y gobernó con/como el PRI. Y el PRI va a extender otro sexenio el modelo salinista neoliberal de mercado y por tanto de continuidad de la tasa promedio de 2.2% de PIB.

El problema se localiza en la oposición, es decir, en las fuerzas políticas que compiten con el PRI por el voto de los ciudadanos sin ofertar propuestas de salida de la crisis de mediocridad en el crecimiento económico. Apostarle a tasas de PIB promedio anual superiores a 4.5% implica el rediseño total de la política económica, del modelo de desarrollo y de la estructura de distribución de la riqueza. Pero partidos y candidatos sólo quieren el poder para y no para ofrecer una alternativa de desarrollo social y no para salir de la crisis.

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