Un testimonio del sismo de 1985

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El testimonio es (al menos para mí) inevitable. Hace 32 años tuve 19, y por los efectos de un terremoto en la Ciudad de México supe que yo no era el epicentro de la vida: los edificios de San Camilito en Garibaldi estaban destruidos, así, como cuando uno mira la muerte por primera vez: es la nada. Corrijo: es la imagen de la muerte, los rostros yertos, la sangre seca e incluso brazos y piernas sin dueños; o sea, la nada donde hubo vida.

Dejar de ser el centro del universo no es algo que se piensa, no al menos yo, y entre fundirse con el miedo de lo que miran tus ojos y el dolor de los demás, asumí que yo no podía con eso, que las labores de rescate me abandonaban y me sentía como un niño que llora en un cuarto oscuro; fue terrible pero ayudar de ese modo me estaba lastimando. Fui a Tlatelolco, a las ruinas del edificio Nuevo León, caminé por Matamoros y todo estaba en penumbra, ya eran como las seis y media de la tarde. La gente estaba organizada ya, las putas llevaban vendas a unos puestos, los cementeros, así le decíamos a los de la mona embarrada con resistol cinco mil, formaban a la gente para que donara sangre. Así llegue a Violeta, a la vecindad de mero en frente de donde ahora está la PGR, luego de andar por la calle de Riva Palacio y pasar por una iglesia que parecía panteón. Las casas estaban como en hilera recargadas de lado, así como si un gran gigante las hubiera inclinado de un soplido. Olía a gas. Mi tía Marta estaba en la glorieta sentada a la intemperie, sin saber lo que seguía, la única certeza es que ya no entraría a su casa, una sala y comedor con un baño y una cocina de más o menos 20 metros cuadrados. Ahí me quedé con ella, la hermana de mi papá, y con Genaro su esposo que andaba no sé dónde, organizando qué hacer con los demás birrieros de Chuy Díaz allá en las calles de Honduras y Allende.

Entonces supe que ese era mi lugar, que siempre he sido buen mesero y por ello ya cerca de las ocho de la noche recibí de unas señoras fufurufas café, atole y pan y, junto con algunas personas más, dispuse una cenaduría y a repartir todo eso a cuantas manos se estiraban. Y eran muchas. «Nada más en orden por favor, hay para todos, no se amontonen»; «Aguántame las carnitas maese o mira porqué no mejor te formas por ese Laredo Texas», y así por el estilo entre el atole y el café humeante con el pan. Nunca había visto a tanta gente junta en toda mi vida, y organizada menos. Había llanto inconsolable, gritos de dolor por el espacio perdido, por la persona amada, rostros ausentes que no asimilaban lo que había pasado, que de pronto teniendo tan poco se quedaron sin nada. Vaya cosa, pero también había alegría en medio de la ayuda, como si la ayuda misma nos pusiera contentos.

Ese 19 de septiembre no conocería el odio como forma de protesta, nada más me fundí con decenas de miles de jóvenes que fueron parte de lo que Monsiváis narró después en su crónica de una sociedad que se organiza. Sí, había que sobrevivir, cachetear en la cara al gobierno su ineficacia y su frialdad desvestida del discurso sobrio y arrogante, por ejemplo cuando dijo que nuestro país no necesitaba ayuda. Estoy convencido de que entre los escombros de aquellos sismos se gestó uno de los momentos iniciales de la democracia mexicana, con todas sus insuficiencias y virtudes. Por eso tener memoria no sólo implica anotar la ineficacia de la clase política sino también la fragilidad ciudadana tan carente de valores solidarios. Tan llena de odio ahora, sin aquel sentido de apego por el otro. Por ello, si algún sentido tiene el recuerdo, es para anotar lo mucho que aún debemos construirnos.

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