Venta del The Washington Post, fin de un ciclo del periodismo estadunidense

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Torre de Babel

Venta del The Washington Post, fin de un ciclo del periodismo estadunidense

Carlos Ramírez

El presente texto, es un extracto de un eBook que usted puede descargar en la siguiente dirección, en formato PDF, https://goo.gl/2ubxPn Nota del editor.

La venta del periódico The Washington Post por apenas 250 millones de dólares el 5 de agosto de 2013 y el anuncio oficial de un cambio de cabezal implicó el fin de un ciclo histórico del periodismo en los Estados Unidos: el de la prensa como servicio social que comenzó en 1965 con las protestas contra la guerra de Vietnam y los reportajes contra las mentiras del gobierno, y anunció en los hechos la necesidad de los grandes medios de comunicación de darle prioridad a aspecto financiero y empresarial.

La decisión de la familia Meyer-Graham-Weymouth, propietaria del diario desde 1933, se basó en la caída de la publicidad, la disminución de la circulación y la competencia de internet, aunque asociado a dos de los temas que tendrá que discutirse con mayor intensidad si es que los medios escritos quieren sobrevivir: la definición de una política editorial en función de los intereses estratégicos y de seguridad nacional de los Estados Unidos y la inclinación conservadora de la sociedad estadunidense.

El tema editorial fue, en los últimos años, uno de los más delicados al interior del periódico. De hecho, la crisis estalló en 2008, justo con el arribo de Katharine Weymouth –nieta de Katharine Graham– a los cargos mayores del periódico: la crítica de lectores a la línea editorial «demasiado liberal» del periódico, a pesar del apoyo de la familia Graham al Partido Republicano. Inclusive, la ombudsman del lector del diario, Deborah Howell, había aireado el asunto en sus textos de respuesta a la crítica de los lectores y había señalado que el tono de reclamación de algunos lectores había sido acompañado con la cancelación de suscripciones. El rechazo de lectores llegó asociado a la baja en la publicidad y una drástica disminución en la circulación.

El periódico quedó sorprendido por las críticas de los lectores conservadores y la cancelación de suscripciones y hasta su venta no pudo procesar ese hecho social. Este hecho fue inédito y encendió las luces de alarma del diario, pero no consiguió respuestas; las justificaciones de funcionarios del Post se dedicaron sólo a establecer las razones de la libertad de opinión, la búsqueda de un equilibrio entre conservadores y liberales y la necesidad de la pluralidad. Pero la sociedad norteamericana del 2008 había cambiado: los jóvenes rebeldes y movilizados de 1968 tenían ya sesenta años, habían abandonado sus rebeliones y luchaban por la vida en el duro y competitivo sistema de empleos. La reacción de rebeldía a los comportamientos de Richard Nixon se había neutralizado, luego de Vietnam se eliminó el modelo de llamado obligatorio a filas, la crisis de los rehenes en Irán en 1979 volvió a unir a los estadunidenses ante el enemigo externo, Reagan reactivó la economía y llevó a la Unión Soviética al desmoronamiento imperial y al fin de la guerra fría, Bush Sr. fijó el tema Irak en la agenda militar y geoestratégica, Clinton exhibió con Mónica Lewinsky la comodidad y la voluptuosidad del auge aunque fuera en empleos temporales, y Bush Jr. convirtió el ataque terrorista del 11 de septiembre en el factor miedo para la unidad interna.

Por tanto, el conflicto ideológico en torno a las opiniones publicadas en el Post pudo haberse considerado como lógico. Sin embargo, Donald Graham y Katharine Weymouth –hijo y nieta de Katharine Graman, respectivamente– carecieron de capacidad de entendimiento sociológico y político de la protesta de los lectores. La baja de circulación tuvo ciertamente que ver con las crisis económicas en el largo periodo 1980-2008, pero también con la mala comprensión que tenía el diario respecto a los lectores. Washington había dejado de ser liberal y paulatinamente, sin protestas sociales, se fue corriendo a la derecha. La ombudsman del lector del diario, Deborah Howell reveló en noviembre del 2008 que sólo en cuatro semanas se habían cancelado casi mil suscripciones por razones de quejas con la política editorial liberal. El problema exigía un enfoque novedoso y decisiones igualmente inéditas.

La concepción del periodismo mixto –liberales y conservadores– ha necesitado de un lector plural, uno con la capacidad de entendimiento del otro. Pero los lectores estadunidenses han estado siempre lejos de la tipología ideal debido a las razones mismas del enfoque geopolítico y de seguridad nacional del Estado norteamericano: ver enemigos debajo de cada piedra. Vista a la distancia, la confrontación de cierta prensa liberal contra Nixon no fue ideológica –a la larga resultó más reaccionaria la política de Reagan– sino reactiva a las agresiones de Nixon a la prensa, al autoritarismo en sus decisiones y la intolerancia del carácter del presidente.

El Post, por ejemplo, era un periódico conservador moderado y se confrontó a Nixon por la perversión del poder y por la arrogancia en desdeñar los hechos que comenzaron a revelar los primeros indicios del asalto a las oficinas del Partido Demócrata en el complejo inmobiliario de Watergate. Los editorialistas del Post nunca pusieron el enfoque ideológico por encima del análisis de los hechos: la investigación de Bob Woodward y Carl Bernstein se redujo sólo a la revelación de los secretos del grupo clandestino de la Casa Blanca para desprestigiar y atacar a adversarios y a probar con informaciones lo que los funcionarios negaban, no contra la línea conservadora del grupo gobernante y el Partido Republicano. La inclinación conservadora de la sociedad washingtoniana –en el Distrito de Columbia donde se asientan los poderes federales y la élite del establishment político dominante– tuvo un indicio en 1982, ya consolidado Ronald Reagan en el poder: la creación en la capital federal de un diario conservador, marcado por el objetivo de la seguridad nacional en términos de la guerra fría: el The Washington Times pertenece a la Iglesia de la Unificación del reverendo Moon, un ultraconservador que está a la espera de la segunda llegada de Jesucristo a la Tierra.

Bien diseñado, con colaboradores inteligentes y un lanzamiento sólido, el periódico se colocó inmediatamente en el espacio ideológico conservador de Washington y obligó al Washington Post a correrse paulatinamente a la derecha, sobre todo en materia de cobertura de la política exterior, dejando el espacio de crítica liberal al The New York Times. Sólo hasta el 2007 se fundó el periódico Político un poco cargado al liberalismo. Al final, atrapado entre su historia de periodismo como servicio social y su estructura empresarial determinada por el mercado, el Post se quedó sin un perfil definido, liberal en algunas páginas y contenidos, conservador en opinión editorial, sin lograr el equilibrio ideológico ante una existente sociedad conservadora y con lectores exigiendo información crítica. Luego del activismo antibélico del largo periodo 1963-1975, con enfrentamientos callejeros y gobiernos sordos a las demandas de la sociedad, el tiempo político posterior a Vietnam fue conservador, pendular, diría el sociólogo Arthur Schlesinger Jr.

En el ciclo 1980-2008 el conservadurismo se fortaleció en Washington y en la sociedad y el proceso se hizo más profundo después del desmoronamiento de la Unión Soviética en 1989, el envío de tropas a Irak para sacarlo de Kuwait en agosto de 1990 y los ataques terroristas del 2001 por parte de Al Qaeda y Osama bin Laden.

El papel activo del TWP en el periodismo de los Estados Unidos de los setenta se definió, a los ojos del lector, en función de dos confrontaciones con el gobierno del presidente Richard Nixon (1969-1974): la difusión en junio de 1971 de los Papeles del Pentágono sobre la guerra de Vietnam y la investigación periodística del escándalo Watergate (1972-1974). En la primera mitad de los setenta, derivado además de las protestas estudiantiles contra la guerra de Vietnam y las revelaciones del activismo ilegal de Washington en el derrocamiento de gobiernos extranjeros vía la CIA, el periodismo estadunidense pasó de la objetividad de los hechos a la investigación de los contextos.

El dato más revelador de ese periodo radicó en la capacidad de la prensa de ofrecer la credibilidad en informaciones basadas en fuentes no mencionadas aunque sí conocidas por los editores, como fue el caso de Garganta Profunda en los reportajes de Bob Woodward y Carl Bernstein en la investigación de Watergate; el arresto de cinco personas que estaban tratando de poner micrófonos en el cuartel general del Partido Demócrata en Washington derivó en una indagación que involucró a la Casa Blanca en labores clandestinas contra opositores.

Paradójicamente, el fin de ese ciclo del TWP se dio precisamente en la coyuntura del 2013 en la que el gobierno de los EU decidió penalizar la difusión de seguridad nacional: varios periodistas han tenido que revelar fuentes ante la amenaza de cárcel y la periodista Judith Miller, del The New York Times, fue encarcelada en el 2005 por negarse a identificar a un informante.

Con las normas usadas hoy en los EU, la indagación de Woodward y Bernstein hubiera sido imposible. Al comienzo de 2013 la Casa Blanca amenazó a Woodward por acusar al gobierno de manipular el debate sobre la discusión presupuestal como una forma renovada de intimidar a los críticos. El tránsito de la prensa objetiva a la prensa de investigación ocurrió, como lo documentó el columnista Tom Wicker en su libro De la prensa, en la coyuntura de las guerras expansionistas de los EU: en Vietnam, los corresponsales extranjeros comenzaron a poner en duda el contenido de los boletines del Departamento de Defensa sobre batallas presuntamente ganadas y salieron a verificar los datos encontrándose con la sorpresa del engaño oficial; y en Washington los reporteros decidieron indagar el trasfondo de la guerra, lo que llevó al caso de los Papeles del Pentágono, el informe secreto en 47 volúmenes de la guerra en Vietnam, elaborado por el investigador Daniel Ellsberg para la Rand Corporation y difundidos primero por el The New York Times y luego por el The Washington Post, aunque éste acudió a la Corte Suprema de Justicia y ganó la libertad de expresión.

Y Watergate fue asumido como una guerra expansionista interior en los EU. Ese camino de profesionalización, autonomía e investigación de la prensa estadunidense no estuvo exento de problemas. En 1961, por ejemplo, el The New York Times tuvo en sus manos una nota del corresponsal Tad Szluc que revelaba la inminencia de una invasión de rebeldes anticastristas a Cuba, con la CIA como la parte actora, pero el presidente Kennedy llamó telefónicamente al director y propietario del NYT, Orvil Dreyfus, para pedirle el favor de diluir la denuncia porque estaban en riesgo vidas humanas, aunque en el fondo el temor de la Casa Blanca era alertar a Fidel Castro de la invasión. El diario aceptó los argumentos de Kennedy, le bajó tono a la nota y cargó con esa cesión de independencia, aunque en el fondo se trató de una compartición de intereses políticos e ideológicos; más tarde, ante el fracaso, el propio Kennedy confesó que se habría salvado de ese error si el NYT hubiera publicado la nota.

La crítica hacia los setenta tenía características especiales: operaba más sobre la opinión que sobre la revelación, las columnas y espacios editoriales eran como púlpitos, el principal analista, James Restos, del The New York Times, apoyaba sus comentarios desde una lógica calvinista, de pureza. Se podía criticar, pero para ello los editores exigían estándares muy altos, además de que los articulistas mantenían buenas relaciones con el poder: no era una crítica para la alternancia sino para el mejoramiento de la calidad democrática, era la argumentación.

Además, los espacios estaban bien definidos: las noticias no se aderezaban con comentarios, la acumulación de datos para ayudar a explicar los sucesos también debía de ser fría y sólo en las páginas de opinión se aceptaban los puntos de vista y las críticas.

El periodismo de opinión venía del venero de Walter Lippmann, retirado a finales de los sesenta. Intelectual con sólida formación cultural, su estilo de reflexión era mesurado, con un cuidadoso manejo del lenguaje para aderezar las críticas, eludía la confrontación, su marco de referencia era la democracia, rechazaba la imposición imperial y trataba de escribir para ayudar a la gente a profundizar su reflexión. Si bien criticaba, de hecho, formaba parte del establishment político. Su sucesor habría sido James Reston, del TNYT, también cuidadoso con la crítica y con objetivos de consolidar la influencia estadunidense. Había, también, los periodistas críticos, radicales, sin complacencias.

El columnista Jack Anderson, cuyo texto diario se publicaba en la sección de comics del The Washington Post y periodista formado como asistente del legendario columnista Drew Pearson, inició el periodo del periodismo de revelación de secretos del poder, normalmente los que mostraban los excesos imperiales de la Casa Blanca.

En 1972 Anderson reveló que la empresa International Telephone and Telegraph había financiado a la oposición derechista chilena para conspirar contra la candidatura del socialista Salvador Allende en Chile, que finalmente ganó la presidencia, pero fue derrocado violentamente en septiembre de 1973 con un golpe militar de Estado impulsado por la Casa Blanca y el secretario de Estado, Henry Kissinger, en particular. Anderson había inaugurado el columnismo de investigación y revelación de documentos secretos del poder.

El papel activo de la prensa estadunidense en la investigación de hechos de la realidad, más allá de la difusión pasiva, se convirtió en un dolor de cabeza para los gobernantes. Sin preocuparse por el ingreso publicitario, pero cuidándose de alguna militancia ideológica, la prensa estadunidense abrió sus páginas a denuncias que tenían que ver con la seguridad de la nación, entre ellas el papel de la CIA en el derrocamiento de gobernantes. Anderson en el TWP y varios reporteros del TNYT abrieron la caja de pandora de las agencias de seguridad nacional.

En este proceso, la prensa pasó de ser aliada pasiva del sistema a un punto de confrontación sistémica, aunque sin llegar a la ruptura. La evolución de las políticas editoriales de la prensa estadunidense se dio en medio de una crisis de credibilidad. Si bien los grandes periódicos pertenecían a grupos empresariales, familiares o corporativos, la estabilidad económica permitía la separación de los intereses publicitarios y económicos de las líneas editoriales.

Sin embargo, la durísima crisis económica de comienzos del siglo XX comenzó a reventar a las empresas y, acicateados por la sobrevivencia, los periódicos condicionaron las páginas de información y opinión a los compromisos comerciales. Asimismo, los términos del ejercicio de la crítica aumentaron a finales de los sesenta y la primera mitad de los setenta por el clima de inestabilidad social que generaron las protestas contra la guerra de Vietnam en el periodo 1963-1975, además del clima de ruptura generacional que promovió la generación hippie, el consumo de LSD y marihuana, y el aumento de los divorcios.

Los medios quedaron en medio de una desarticulación social casi completa. Asimismo, los medios de comunicación enfrentaron la modernización de la información: la masificación de la sociedad por la televisión, el internet, la velocidad de las noticias y sobre todo los costos de impresión fueron reventando poco a poco a las grandes corporaciones periodísticas de periódicos y revistas, aunque con el dato singular de que las propias empresas se negaron a modernizarse antes de la llegada de la crisis.

El TNYT y el TWP, por ejemplo, se resistieron a la nueva dinámica de la comunicación, se quedaron como diarios tradicionales, con estilos informativos de antes de internet y con reporteros ajenos a la dinámica cibernética de las noticias. Sin embargo, la reorganización de la sociedad le comenzó a dar mayor atención a las noticias por televisión y radio.

Hacia finales del siglo XX, el columnista David Broder hizo un experimento: dejó de leer noticias en los medios escritos e inclusive en la radio y la TV y mantuvo su alto nivel de información sólo por la vía de los contactos sociales.

La Guerra de Vietnam La generación hippie y el consumo de drogas dinámica de la información dejaba las noticias impresas con atrasos hasta de doce horas por el proceso de impresión. Y ante el dinamismo de las imágenes, los textos largos fueron abandonados por los lectores.

La crisis de anunciantes, la declinación de lectores y los problemas en las organizaciones empresariales familiares han sido problemas constantes en los medios de comunicación escritos desde finales del siglo XX, pero pocos enfrentaron el desafío de la reorganización.

El shock de la crisis se hizo a partir del dilema: prensa impresa o internet, cuando el desafío era la integración de plataformas interrelacionadas. Los periódicos escritos decidieron no cambiar formatos, contenidos y despliegues de páginas, pero los dueños no atendieron la parte principal del problema: la reorganización de los lectores.

La guerra de Vietnam y la oposición interna al reclutamiento de jóvenes sacó a los lectores del conformismo y la prensa pasó a la información dinámica. Pero paulatinamente los medios ajustaron sus reacciones a participar del establishment corporativo, con las exigencias como empresas, la necesidad de aportar dividendos a los accionistas y los vaivenes del mercado bursátil donde comenzaron a cotizar.

El punto de ruptura social fue la guerra de Vietnam, sobre todo por el mecanismo de reclutamiento obligatorio: Kennedy había dejado 60 mil soldados en la guerra y Johnson y Nixon llevaron la intervención alrededor de tres millones de militares, con un saldo final de casi 55 mil muertos cuyos nombres se localizan en un jardín entre el Lincoln memorial y el Obelisco, casi frente a la Casa Blanca. A lo largo de la segunda mitad de los sesenta, las manifestaciones pacíficas y violentas contra la guerra de Vietnam sacudieron la conciencia de los estadunidenses, y más cuando se cruzaron con las movilizaciones por los derechos civiles de los negros –hoy afroamericanos– bajo el liderazgo de Martin Luther King.

Esas luchas no llevaron a enfrentamientos y más de doce mil detenidos en esos años, sino que enmarcaron los asesinatos de King en abril de 1968 en Memphis y del precandidato demócrata Robert Kennedy en California en junio también de 1968. Jóvenes, estudiantes, padres de familia y ex combatientes –algunos de ellos condecorados– engrosaron las filas de las protestas civiles. En 1967 ocurrió una de las más simbólicas y recordadas: los miles de jóvenes que se dieron cita en los terrenos del Pentágono, el Departamento de Defensa, para quemar las tarjetas de llamados a filas, teniendo entre los invitados al entonces escritor radical Norman Mailer –cuya novela bélica Los desnudos y los muertos lo había proyectado en la cumbre de la literatura–; la historia de esa protesta se inmortalizó en el texto Los ejércitos de la noche, una muestra del periodismo narrativo y crítico.

Y en 1968 las manifestaciones antibélicas llegaron hasta Chicago donde se celebraba la convención demócrata para escoger al candidato presidencial, hecho también destacado por Mailer en El sitio de Chicago.

Lo paradójico de las elecciones presidenciales de 1968 fue que Nixon derrotó al candidato demócrata, el vicepresidente Hubert Humphrey, porque enarboló el discurso de restauración del orden público. Como presidente, Nixon aumentó la presencia militar de los EU en Vietnam. La polarización política se profundizó en una polarización social con indicios de enfilarse hacia una guerra civil. Vietnam azuzó a la sociedad estadunidense y creó un ambiente de rebelión social que impactó en el mundo intelectual. Los medios de comunicación escritos se abrieron a esas demandas, aunque con las restricciones de las reglas tradicionales de la información; pero en Vietnam, en la zona de guerra, los corresponsales reprodujeron el ambiente antibélico con reportes sobre las mentiras oficiales: la guerra, en realidad, se iba perdiendo.

El primer indicio ocurrió cuando los soldados enviaban a sus familiares, desde los campos de batalla, cartas contando la verdadera historia del conflicto y datos de derrotas sucesivas; algunos padres de familia inundaron las redacciones de los periódicos de cartas exigiendo una mejor calidad y profundidad en la información.

El reporte de Seymour Hersh, en marzo de 1968, sobre la matanza de civiles en la aldea de My Lai fue el primer ejemplo del periodismo de investigación, una historia menos teatral que la contada por Woodward y Bernstein en Todos los hombres del presidente persiguiendo la confirmación de datos sobre Watergate.

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