El ridículo de la OEA

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 nadie, con dos dedos de frente, le queda duda alguna sobre el desastre mayúsculo de la Venezuela de hoy.

El fracaso de ese país no es únicamente una circunstancia presente, teóricamente superable; su situación catastrófica compromete, con toda seguridad, el futuro de varias generaciones.

En Venezuela se han conjuntado todos los males posibles: subdesarrollo, dependencia de una industria petrolera caótica y corrupta, y una pastosa e ineficiente burocracia de ignaros vulgares y rudimentarios, al frente de los cuales está el impresentable Nicolás Maduro, cuya verborrea de impreparado sin remedio ha sepultado esa malograda tierra bajo un alud de palabrería en la peor miseria histórica de ese país.

Pero si la situación venezolana es crítica, no, lo es menos el papel de la Organización de los Estados Americanos, la inservible y sumisa OEA, cuya creencia en la infalibilidad de una carta democrática suficiente para resolver los problemas ha sido torpedeada por una habilidosa demagoga llamada Delcy Rodríguez, cuyas maniobras sabotearon el consenso e impidieron (por tres votos) los disparos supuestamente infalibles de esa desprestigiada Carabina de Ambrosio.

Posiblemente el recurso más notorio de cómo logró la delegación venezolana sacudirse parte de la presión «”­entre el abandono de las sesiones y las amenazas cumplidas»” fue la exhibición continental (al menos para los fines de esa asamblea, pues el caso se sabe de sobra y se manipula desde la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos, dependiente de la OEA) del caso Ayotzinapa, con el cual pusieron de espaldas contra la pared al gobierno mexicano, anfitrión de la junta hemisférica. ¡Ay! Y delante de los invitados»¦

La condena a la actitud del gobierno mexicano en relación con las desapariciones forzadas (buen cuidado tuvieron de no presentarlo como un caso de múltiples homicidios) manchó cualquier discurso mexicano sobre la democracia en Venezuela.

El resto de la protección diplomática para evitar la declaración condenatoria (intervencionista, le llaman ellos) fue sencillo: en contra de la Carta Democrática aplicaron la «carta petrolera». Le torcieron el brazo a quienes iban a votar favorablemente a la iniciativa de Estados Unidos y lograron entre abstenciones y votos contra un vacío con el cual ganarán tiempo, sólo tiempo.

En esas condiciones, los americanos se quedaron con las ganas de actuar como en su tiempo lo hicieron con Cuba, sin llegar a los extremos de la expulsión del órgano multinacional y, además, resistieron el insolente discurso de la señora Rodríguez, quien envalentonada por su exitosa estrategia de reventar la declaración les dijo sobre la necesidad de una invasión militar americana si quisieran actuar en contra de la Venezuela bolivariana, democrática y libre, a la cual aspiran los herederos del glorioso comandante Hugo Chávez, quien como Carmelo, de allá del cielo, se asoma a verlos luchar.

Pero no deja de ser absolutamente ridículo: ni con todo el empuje de los Estados Unidos y la meliflua ortodoxia de los costarricenses, mexicanos, peruanos y demás han logrado estos diplomáticos latinoamericanos siquiera juntar 23 votos con los cuales avanzar en el proceso de sofocamiento de una dictadura infame y podrida como la de Maduro.

Ni eso han podido lograr. Vaya pena, vaya vergüenza de esta manga de ineptos incapaces de manejar siquiera un foro internacional.

Entonces, los venezolanos se crecieron al castigo y la señora Delcy Rodríguez se dio gusto en la práctica del deporte favorito de su grupo político: denostar, injuriar, insultar. Y si en los tiempos anteriores Hugo Chávez le llamaba a Vicente Fox, el ex presidente mexicano, «cachorro del imperio», ahora la secretaria de Maduro les dice a los cancilleres adversarios: son perritos de los Estados Unidos».

Y junto a eso, el señor John Sullivan, subsecretario de Estado de los Estados Unidos, se tira un rollo lacrimógeno verdaderamente lamentable. Vea usted:

«»¦si nos vamos de aquí sin haber logrado algún paso, el más pequeñito, la resolución más humilde (casi, casi como sea su voluntad y Dios se lo pague y le dé más); no de (para) intervenir en los asuntos de Venezuela, sino de (para) realmente autorizar (a) este grupo de naciones que ayude a facilitar la solución de una crisis que todos sabemos existe (hay) en Venezuela, es lo menos que deberíamos hacer para ser fieles a lo que dice nuestra carta».

Y ahí radica el ridículo de la OEA: el autoengaño de creerse útil para algo. Es un cacharro inservible desde hace muchos años. Un malogrado Ministerio de Colonias de los Estados Unidos.

Con todo y su humanitaria y estéril verborrea.

* Nota de la redacción: Esta columna fue entregada antes de conocerse la remoción de la canciller Rodríguez.

rafael.cardona.sandoval@gmail.com
elcristalazouno@hotmail.com

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