Nacionalismo, no patrioterismo

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Nacionalismo, no patrioterismo

  

Cuando Carlos Salinas de Gortari inicio las negociaciones secretas del tratado de comercio libre con los EE.UU. –luego se incorporaría Canadá–, el gran obstáculo era más cultural que económico o comercial: el vecino del norte formaba parte de la retórica nacionalista; peor aún: la definía. Los EE.UU. «nos» habían robado la mitad del territorio en el periodo 1836-1848.

La demolición de la cultura nacionalista liquidó el edificio conceptual de las relaciones internacionales: la identidad. Curiosamente este fenómeno ocurrió en los EE.UU. y en México: nuestros vecinos extraviaron su identidad individual en la generalidad de su papel imperial en el mundo y del mundo dentro del territorio estadunidense y los mexicanos se quedaron sin referentes de identidad.

En 1969, al identificar a los asistentes a un concierto de The Who, Carlos Monsiváis bendijo a la «primera generación de norteamericanos nacidos en México»: la absorción de identidad por medio de la música. En el 2016 el país vio a la primera generación de chicanos nacidos en México, esos que vistieron la camiseta a favor de Hillary Clinton o los que llamaron a votar por la demócrata. En ambos casos, la identidad mexicana –ese molusco incómodo– pospuso sus valores.

El problema real no fue el asistir al surgimiento de mexicanos con intereses prioritarios en los EE.UU., sino a la comprobación de la certeza de que México habías dejado de ser un proyecto nacional que a jalones y estirones logró prefigurar –y no figurar como destino final– en la historia    el nacionalismo federalista, el nacionalismo liberal, el nacionalismo porfirista, el nacionalismo revolucionario y el nacionalismo priísta: la identidad mexicana pasaba vis a vis y a contracara de los EE.UU.

Los gobiernos tradicionalistas demócratas y republicanos estadunidenses transcurrieron a lo largo del siglo XX sin recuperaciones históricas; el papel imperial implicó para la Casa Blanca el ajuste del pasado histórico colonialista por una dominación económica, militar e ideológica, comenzando con su propia historia: el liberalismo se montó sobre el bienestar del american way of life y el conservadurismo se movió en la capitalizable electoralmente política fiscal. Así surgió un nuevo establishment en donde los conservadores tenían destellos liberales y los liberales asumían valores conservadores.

La crisis estalló cuando los liberales rompieron el equilibrio e impusieron reglas no consensuadas: derechos homosexuales, aborto y control natal, educación. Los gobiernos conservadores de Nixon, Reagan y Bush se dedicaron a consolidar el imperio, en tanto que los liberales de Johnson, Clinton y Obama reformaron leyes que afectaron la esencia de la familia.

Donald Trump representa al conservadurismo religioso, familiar y tradicionalista, a ese conservadurismo latente que esperó un candidato genuino y por tanto fuera del establishment cultural y partidista. Por eso ganó. Su candidatura se dedicó a tejer una alianza de conservadurismo real, no de convivencia, arraigado en la mente y valores del estadunidense olvidado, del ciudadano de condado, fortalecido con figuras que dieron la lucha por la agenda conservadora radical.

Por eso la respuesta mexicana a las amenazas de Trump debe ser la reconstrucción del nacionalismo histórico como proyecto nacional, no nada más rasgarse las vestiduras. Trump es un constructor, no un ideólogo.

 

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@carlosramirezh

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