De Reagan a Donald Trump

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De Reagan a Donald Trump

 

Carlos Ramírez

 

I. Traición de CSG, Fuentes y Camín

En preparación al tratado comercial norteamericano 1991-1993, en 1987 el presidente de la Madrid y su virtual sucesor Carlos Salinas de Gortari crearon la Comisión sobre el Futuro de la Relaciones México-Estados Unidos con carácter bilateral. Esta comisión emitió sus conclusiones en 1988, año de elecciones en México. La tarea fue formular recomendaciones para cambiar las percepciones mutuas: pasar del conflicto histórico 1836-1914 a la interdependencia comercial, y así se tituló el reporte final: «El desafío de la interdependencia: México y Estados Unidos».

En el fondo, sin embargo, se trató de reescribir la historia de las relaciones bilaterales: México hubo de cancelar su pensamiento histórico forjado a golpes de invasiones militares estadunidenses.

La Comisión tuvo carácter oficial; por parte de México en la tarea de modificar el enfoque mexicano sobre los EE.UU. estuvieron el historiador Héctor Aguilar Camín, el empresario Gilberto Borja, el diplomático Juan José Bremer, la periodista y senadora Socorro Díaz, el banquero Ernesto Fernández Hurtado, el escritor Carlos Fuentes, el senador Hugo B. Margáin y el académico Mario Ojeda. La coordinadora por parte de México fue la internacionalista Rosario Green, directora entonces del Instituto Matías Romero de la cancillería. El lado estadunidense lo coordinó el politólogo Peter H. Smith, experto en temas mexicanos.

El punto de partida de la Comisión fue el conflicto histórico 1836-1914, pasando por la guerra 1846-1848 que concluyó con la venta forzada de la mitad del territorio mexicano y las invasiones militares estadunidenses. De ahí que la principal recomendación fue la de cancelar esa parte de la historia bilateral y pasar a una de interrelación. La Comisión propuso crear en los EE.UU. un puesto de coordinador de alto nivel para su política hacia México y que México tuviera un gabinete de política exterior.

El principal problema que encontró la Comisión fue la existencia de «estereotipos culturales que empañan el entendimiento entre ambas sociedades»;  «las percepciones de los mexicanos sobre su socio bilateral se basan en gran medida en fuentes y experiencias que también dan una imagen parcial y unilateral». Para ello, la Comisión recomendó modificaciones en los libros de texto como una manera de superar los malos entendidos producto de categorías educativas. Para la Comisión el conflicto histórico 1846-1848 que llevó a la apropiación de la mitad del territorio mexicano producto de una invasión militar a México es referido como «interacción» de México con los EE.UU.

El «nuevo enfoque» bilateral promovido por la Comisión fue el preludio de lo que vendría en 1993: el tratado de comercio libre que representó la subordinación económica y comercial de México y la modificación del pensamiento histórico con la liquidación de la Revolución Mexicana en el PRI y la imposición del discurso oficial del «liberalismo social» que relacionó el mercantilismo Juárez-Salinas.

            En este sentido, Trump será beneficiario de la redefinición de los EE.UU. en el pensamiento político mexicano que impusieron Salinas, Fuentes y Aguilar Camín, entre otros.

 

II. Otero, Lord Acton y Cosío

Los EE.UU. han derrotado el nacionalismo mexicano desde el siglo XIX. Hay tres ejemplos históricos:

1.- En plena guerra con los Estados Unidos, el diputado Mariano Otero publicó su ensayo Consideraciones sobre la situación política y social de la república mexicana, en el año 1847, meses antes del Tratado de Guadalupe-Hidalgo que le quitó a México la mitad de su territorio. Dijo que afuera decían que «somos un pueblo afeminado» y «una raza degenerada que no ha sabido gobernarse ni defenderse». Y recogió una frase atribuida al oidor Bataller: «no puede darse a los mexicanos mayor castigo que el que se gobiernen por sí solos».

Otero afirmó que «en México no hay ni ha podido haber eso que se llama espíritu nacional porque no hay nación». La sociedad estaba dividida y los periódicos contribuían a ello. México, concluyó, rescataba su fe en su patria o «no podremos marchar solos como nación» y necesitará el apoyo o la intervención armada y los mexicanos «tendrán que decidirse por los EE.UU. del norte o alguna de las monarquías europeas (Maximiliano)».

2.- En marzo de 1868 el historiador inglés Lord Acton dio la conferencia Surgimiento y caída del imperio mexicano. A México le faltaba un proyecto de reorganización social y de clases durante la fase de la Independencia; «una sociedad así constituida no podía forjar una nación». El dilema del México independiente no fue «deshacerse de las cadenas de la servidumbre» sino «romper con la condición de menores de edad», «superar la incapacidad mental, la falta de espíritu de empresa, la falta de convivencia entre ellos mismos y la ausencia de una ilustración». La única salida era una monarquía importada porque «una monarquía era la única forma de gobierno que podía adaptarse al carácter de la sociedad mexicana, la única capaz de detener su decadencia».

La derrota de la corona española, de la invasión francesa y del imperio de Maximiliano dejó el destino de México en manos de los EE.UU., escribió. «Es más probable que los norteamericanos logren atar a sus vecinos con tratados que serán capaces de abrir a todo el continente a su propio influjo y empresa, sin destruir su existencia autónoma».

3.- En 1947, cien años después de la invasión estadunidense y la pérdida de la mitad del territorio, el entonces economista Daniel Cosío Villegas publicó un breve ensayo titulado La crisis de México. Y de ahí partió el enfoque del autor: «las metas de la Revolución se han agotado, al grado de que el término mismo de revolución carece ya de significado».

El enfoque de Cosío severo: «sin exceptuar a ninguno, todos los hombres han resultado inferiores a las exigencias de la Revolución». O la Revolución reafirma sus principios y depura sus hombres o confiará «sus problemas mayores a la inspiración, la imitación y la sumisión a Estados Unidos», la «regeneración vendrá de fuera, y el país perderá mucho de su existencia nacional y un plazo no muy largo».

 

III. De Reagan a Donald Trump Santa Anna como metáfora

La figura de Antonio López de Santa Anna puede ilustrar la metáfora de la historia nacional: once veces presidente de la república, responsable de la pérdida de la mitad del territorio en 1848 y en 1853 y a pesar de ello indispensable para una república federal que nunca fue ni república ni federal. Su derrocamiento en 1855 inició la Reforma juarista.

 En los hechos, México se forjó en la dialéctica histórica –concepto de Juan María Alponte en su libro Dialéctica Histórica, México-Estados Unidos y Américas Latina, editado por la Universidad de Guadalajara– con el expansionismo imperial de su vecino estadunidense; peor aún, el politólogo Arthur M. Schlesinger –asesor de John F. Kennedy– afirma que los EE.UU. se hicieron imperialistas en la conquista de territorio mexicano.

La primera mitad del siglo XIX y de cara al expansionismo estadunidense como cumplimiento del destino manifiesto, México vivió al amparo de Santa Anna, la figura que sintetizó las contradicciones de las élites nacionales del periodo 1810-1855: debatido el país en un federalismo imposible que había reconocido como maldición la profecía del padre Mier como diputado constituyente de 1824 y metido al centralismo 1836-1846 y 1853-1855 hasta que la élite liberal entró en acción contra Santa Anna, lo derrocó y convocó a la Constitución de 1857.

La personalidad de Santa Anna dominó el largo periodo 1823-1855, del Plan de Casa Mata que destronó al emperador Agustín I –que él había consolidado como consumador de la Independencia– a la revolución de Ayutla que lo echó del poder definitivamente. Como líder nacional le tocó la larga guerra con el expansionismo de los EE.UU. Santa Anna fue el responsable directo del fracaso militar ante Washington, pero aun así era llamado a gobernar un país caótico.

El expansionismo imperial de los EE.UU. se reveló bien pronto: el 2 de diciembre de 1823 se hizo pública la Doctrina Monroe, apenas consolidada la independencia de España de los países iberoamericanos y ante las intenciones de la corona en Madrid de venir a recuperar lo perdido; «cualquier intervención de un poder europeo será considerada como una proposición inamistosa para Estados Unidos»; así quedó el apotegma: América para los americanos, y por encima los americanos, Estados Unidos como América, Estados Unidos de América.

En 1825 arribó a México Joel Robert Poinsett como ministro diplomático con la tarea fundamental de iniciar el proceso de ocupación; en 1825 ascendió a embajador ante el primero gobierno legal de Vicente Guerrero. Poinsett fue «un combatiente» de la causa del expansionismo estadunidense, recuerda Alponte, su tarea fue minar a México desde dentro: «dividir al país, acelerar sus contradicciones, impedir el consenso y ampliar las tensiones internas». Poinsett diseñó la propuesta de comprar Texas.

Santa Anna fue el tonto útil de Poinsett. Pero al final resultó producto de una sociedad mexicana en su momento histórico. La responsabilidad es de las sociedades que avalan a los gobernantes.

 

IV. Cómo EE.UU. se comió a México

El perfil político de Donald Trump sólo va a reproducir, treinta y cinco años después, la ofensiva imperial de Ronald Reagan de 1981-1986; al final del día, la intención imperial del próximo presidente de los EE.UU. nada tiene que ver con la migración, sino que se prepara una reorganización de la política exterior de seguridad nacional de la Casa Blanca.

La estrategia imperial de Trump va a profundizar la dependencia mexicana del paraguas político-militar de Washington, retomando parte de las políticas antiterroristas de George W. Bush y la hegemonía diplomática de Obama reflejada en la deportación masiva de mexicanos y en el trato despectivo hacia el presidente de México.

De 1983 a 1986, la Casa Blanca de Reagan convirtió a México en un objetivo de seguridad nacional para sacarlo de su participación en la estabilización política de Centroamérica con reconocimiento a la guerrilla y para abrir México a las estrategias de control del tráfico de drogas.

La ofensiva comenzó en 1979 con un artículo del académico Constantine Menges titulado «México, the Irán next door?», resaltando la posibilidad de que México estallara con una revolución nacionalista. Menges fue llamado por Reagan a su campaña, el senador ultraderechista Jesse Helms lo envió a la CIA y luego al consejo de seguridad nacional de la Casa Blanca.

En 1983, por órdenes de Reagan, el director de la CIA, William Casey, ordenó que la oficina de asuntos mexicanos redactara un informe especial concluyendo que México estaba a punto de estallar y que requería la intervención de Washington. El redactor de la CIA, John  Horton, exjefe de la estación en México, se negó a hacer el reporte, renunció y publicó un artículo en el The Washington Post diciendo que la CIA estaba fabricando informes falsos. La historia la desarrolla Bob Woodward en su libro Las guerras secretas de la CIA.

En México, en 1983 y 1984 el embajador norteamericano John Gavin realizó reuniones para crear una Santa Alianza: PAN, empresarios radicales, obispos conservadores y la gestión de la embajada, con miras a las elecciones presidenciales de 1988. En 1985 se atravesó el secuestro, tortura y asesinato del agente de la DEA Enrique Camarena Salazar –hasta ahora con indicios de doble agente– por el cártel de Ernesto Don Neto Fonseca y Rafael Caro Quintero. Gavin se colgó de ese incidente para una campaña escandalosa contra la corrupción en México, aterrizada en 1986 en Washington por el senador Helms con audiencias públicas contra México en el Senado.

El petróleo, la política exterior activa en zonas de interés estadunidense, el último suspiro del nacionalismo revolucionario en el PRI y la penetración del KGB soviético y del Stasi de Alemania comunista en los servicios de inteligencia mexicanos motivaron la ofensiva de Reagan. En México se dio en 1985 el giro de la economía progresista de Estado al neoliberalismo de mercado promovido por Carlos Salinas de Gortari –ahí ganó la candidatura presidencial– y la subordinación mexicana a los intereses de Washington.

Trump va a retomar la estrategia de Reagan.

 

V. Trump y Hillary, candidatos del establishment imperial

Luego de que Vicente Fernández le cantó un corrido, la candidata demócrata Hillary Clinton le dio las gracias»¦ a través de un vocero. Y, claro, dijo que estaba conmovida. Sin embargo, como la política es poder, Hillary ya anunció que la reforma migratoria no será posible mientras el congreso sea republicano, pero de todos modos pidió el voto hispano.

La animadversión que provoca el candidato republicano Donald Trump ha hecho perder de vista la racionalidad política. Hillary representa también los intereses imperiales del establishment del complejo militar-industrial-financiero-energético-seguridad nacional de los EE.UU.

De ahí que resulte más de fusión cultural que enfoque intelectual el apoyo de algunas figuras periodísticas y académicas mexicanas a favor de Hillary. Se olvidan no sólo del conflicto histórico de 1848 latente en un territorio mexicano mutilado, sino de hechos más actuales: los muros en Tijuana-San Diego, Sonora-Arizona y Baja California-Nuevo México fueron erigidos por el presidente Bill Clinton en 1994.

La familia Clinton que hoy es alabada por mexicanos vis a vis Trump fue responsable no sólo de la construcción del muro, sino de la llamada Operación Guardián que se puso en marcha para detener la migración ilegal de mexicanos hacia los EE.-UU. Lo más grave: el presidente Clinton autorizó alta tecnología bélica para utilizarla en contra de los mexicanos.

Y el Barack Obama que va a cenar a un restaurante mexicano en Nueva York como mensaje electoral a los hispanos para que voten por Hillary, tiene en su haber peores engaños: se comprometió dos veces a una reforma migratoria pero sólo para ganar votos porque sabía de antemano que carecía de estructura legislativa; a cambio de ese voto leal hispano, Obama respondió con la deportación agresiva de casi 4 millones de hispanos, al grado de que organizaciones hispanas lo caracterizaron como «el deportador en jefe».

Lo que se decide en la elección presidencial de los EE.UU. es un nuevo consenso imperial interno de la sociedad: la crisis económica articulada por las desregulaciones de Clinton, los abusos empresariales con Bush y los miles de millones de dólares de Obama para mantener los bonos de los financieros cuya codicia desconfiguró el rostro social de los EE.UU. El terrorismo como reacción árabe a la política militarista de Bush Sr., Clinton, Bush Jr. y Obama ha llevado a la sociedad estadunidense al mayor de los conservadurismos. Y la reactivación del racismo de Trump es la respuesta social al hecho de que Obama fue el primer presidente negro de los blancos.

En los hechos, Hillary Clinton es el continuismo de la política imperial, racista y excepcionalista del establishment estadunidense. Y Trump no es más que la reconfiguración del conservadurismo histórico de republicanos y demócratas.

Los estadunidenses votan por sí mismos, no por el mundo ni menos por México. Por eso Hillary mandó a un colaborador menor a decir que estaba conmovida por el corrido de Vicente Fernández y no se dignó a llamarle por teléfono.

 

VI. EE.UU.: elecciones del imperio; Trump y Hillary, mismo proyecto

Más allá de las expectativas que levantó el debate estadunidense por el perfil de los dos candidatos más importantes, el fondo mostró la clave de la elección de presidente en los EE.UU.: una competencia entre personalidades, no entre proyectos. Donald Trump y Hillary Clinton exhibieron el mismo rostro del imperio.

El debate exhibió que México fue sólo campaña electoral porque los problemas de los EE.UU. son mayores a la relación con su vecino y que los migrantes. Trump dejó escapar la argumentación de que el fracaso en la lucha contra el terrorismo internacional se localiza en el terrorismo islámico dentro del territorio estadunidense por fallas en la inteligencia doméstica.

Las dos caras del capitalismo imperial fueron exhibidas: la imposición de los intereses estadunidenses por encima de las responsabilidades como potencia mundial: el rostro populista de Hillary con programas asistencialistas que atendrán a algunos efectos de la concentración de la riqueza sin molestar a los ricos y el rostro arrogante de Trump con del capitalismo expoliador empresarial que quiere cobrar la protección de seguridad a otras naciones que le interesa más a la Casa Blanca.

El debate quiso entenderse fuera de los EE.UU. como una expresión de interés internacional, pero en realidad se trató de una presentación de argumentos locales. La realidad es bastante clara: la sociedad mundial no vota por la presidencia, aunque es la que padece sus comportamientos imperiales, lo mismo de Bush Jr. que del Obama deportador y promotor de beneficios para las corporaciones financieras que provocaron la crisis de 2008 pero que fueron salvadas por la Casa Blanca.

El sistema bipartidista estadunidense está diseñado para presentar dos caras de un mismo proyecto capitalista de consolidación del dólar y de expansión imperial. Trump y Hillary salieron a debatir para convencer a la mayoría silenciosa conservadora que votó por Nixon, Reagan y Bush Jr., pero también por los comportamientos belicistas de Clinton y Obama: la Casa Blanca es el centro del poder imperial y necesita a un imperialista al mando.

El único que había desentonado en el paraíso capitalista imperial era Bernie Sanders con su propuesta de socialismo democrático y de medidas radicales contra la apropiación de la riqueza por el 1% de ricos de Wall Street, pero en las primarias demócratas lo vencieron las estructuras de poder controladas justamente por la comunidad geopolítica que agrupa los cinco lobbies de dominación: militar-industrial-financiero-de seguridad-y de producción de armas.

Los EE.UU. votarán por un monarca imperial que defienda el Olimpo. Obama prometió en Berlín en 2008 un mundo sin imperio y su gobierno fue el fortalecimiento del imperio expoliador, asesinando enemigos al margen de las leyes.

El saldo fue parejo: Hillary Clinton ganó en presencia y dominio de datos, aunque demasiado enredados y dirigidos a la élite minoritaria; y Trump salió victorioso porque no lo aplastaron y respondió a la mayoría silenciosa desinteresada en las contradicciones y atenta a la figura arrogante del poder.

 

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