Juan Gabriel, talento y dignidad

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HUGO VALDEMAR ROMERO, SACERDOTE:

+La moral es un árbol que da moras. El alazán tostao

El domingo pasado México perdió en Juan Gabriel no sólo a un gran artista; también se nos fue un gran altruista que ejerció su filantropía no sólo con un gran desprendimiento, sino también con una sensible discreción.

Pero quiero referirme también, con todo respeto, a otra faceta en la vida de ese notable cantautor que todo México y gran parte del mundo aplaudió con admiración y agradecimiento por su música, pero igualmente con un sincero cariño y respeto a su persona. Me refiero a su diversidad sexual, que llevó hasta el final de su vida con la sencilla dignidad de una persona diferente, pero un ser humano semejante a los demás. Fue así como Juan Gabriel, o su nombre de pila, Alberto Aguilera Valadez, trató de ser el mejor padre posible con sus hijos adoptivos.

Le comento lo anterior, padre Valdemar, para ponerle enfrente la figura de una persona de sexualidad diferente que en otros aspectos, incluso morales y éticos de la vida, destacó de una manera superior al término medio de la especie humana. ¿Tiene usted algo que objetar a su memoria? Debe usted saber de la existencia de muchos otros que como Juan Gabriel han destacado señaladamente sus actividades, aunque éstas no hayan encendido luminarias a su alrededor.

Ahora bien, con fecha del 18 de julio pasado, el editorial del semanario Desde la Fe, que usted dirige por nombramiento de su jefe, el cardenal y arzobispo capitalino Norberto Rivera Carrera, intentó darnos una lección de biología humana en la que destacó el siguiente párrafo que con mucho disgusto reproduzco:

«»¦ El ano del hombre no está diseñado para recibir, sólo para expeler. Su membrana es delicada, se desgarra con facilidad y carece de protección contra agentes externos que pudieran infectarlo. El miembro que penetra el ano lo lastima severamente: causando sangrados, infecciones, y eventualmente incontinencia, pues con el continuo agrandamiento, el orificio pierde fuerza para cerrarse».

Lástima, padre Valdemar, que su jefe el cardenal Rivera «”protector de sacerdotes pederastas como el recién arrestado en Jiutepec, Morelos, Carlos López Valdez, por el cual y a consecuencia de una carta que le envió la, o una de las víctimas, Jesús Romero Colín, el papa Francisco sintió la obligación de disculparse en el nombre de su Iglesia»”, lástima, repito, que Rivera no haya aplicado los conocimientos de biología humana que debe compartir con usted para haber actuado de manera diferente con el más famoso de sus protegidos, Marcial Maciel, y los demás que ha mantenido bajo su túnica, en vez de haberlos aplicado a defender, ¡en el nombre de Cristo, Dios…!, a todos los niños que sufrieron, primero, el señalamiento físico tan preciso que usted escribió en el párrafo del editorial antes transcrito, del semanario católico a su cargo, y después todo el torrente psicológico de culpas, de vergüenzas, de humillación y de dolor en el alma contra el Dios y la religión que los entregó a la bestialidad y la villanía de esos individuos y de todos los demás que gozan aún del resguardo de otros como su jefe, padre Valdemar»¦

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