México, siempre fiel»¦, al diablo

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Crónica Confidencial

En 1990, cuando ya venía en su primer regreso Juan Pablo II a México, circulaba un libro de mi autoría titulado Sí, soy el papa, sobre las vestiduras desgarradas entre montañeses y jacobinos mexicanos por frenar o impulsar la petición de una madre amorosísima a su hijo, el presidente de la República, para que se olvidara la historia y no le permitiera morir sin haber besado el anillo del nuevo jefe de la Iglesia de Roma en suelo mexicano.

Fue aquella, Santidad, una lucha apasionante entre la hipocresía histórica de ateos furibundos cuando estaban en sus oficinas de gobierno haciéndose millonarios, y tiernos corderitos cuando casaban a sus hijos o bautizaban a sus nietos. Habían pasado 11 años y ya era tiempo de contar el papel que tocó representar a cada uno de casi todos los actores de aquel montaje que, no obstante, cambió mucho a este país, como se lo demostraron el sábado pasado los funcionarios de este régimen laico pidiéndole a grito limpio su bendición en el interior del Palacio de Gobierno en donde hace casi 160 años se escribieron pasajes decisivos de las Leyes de Reforma.

Pero para otros, el anuncio de la presencia de Juan Pablo II no fue cosa de chiste. Le hablo de las millonadas de mexicanos que recibieron con cariño inmenso a su antecesor, Santidad, como lo hicieron los hijos y los nietos de aquéllos con usted en estos últimos días. De aquellas páginas que escribí en 1990, tomo solo un párrafo que de seguro va a sentir como si fuera lo que usted mismo vivió en éstos, los primeros días mexicanos del papa Francisco:

«»¦ Los católicos no fueron los únicos que salieron a las calles. Lo hicieron seguidores de otras religiones, quienes por contagio o por curiosidad se mezclaron en los arroyos callejeros con el gentío. Lo hicieron muchos no creyentes, muchos liberales ampliamente conocidos por su irreligiosidad y hasta por su militancia en el Partido Comunista. Lo hicieron priistas conocidos y reconocidos, Cierta noche, confundido con los católicos que habían esperado sobre la Avenida de Los Insurgentes el paso de la comitiva pontificia, se vio a José Murat, un inquieto joven oaxaqueño que había llegado al aparato público en calidad de diputado federal durante la administración del presidente Echeverría, luego de haber militado en movimientos socialistas. Murat se miraba contento, compartía el ánimo general con su pequeño hijo a horcajadas sobre sus hombros»¦»

Las escenas se repitieron en los siguientes viajes del papa polaco, y ya muy disminuidas en la del pontífice alemán, pero con usted revivieron con toda la fuerza de aquella primera ocasión»¦

«¦Como de la misma manera, andando los días, pocos días, los mexicanos de todas las entidades del país fuimos regresando a nuestra normalidad histórica, a nuestras envidias cotidianas, a nuestras malas costumbres de siempre.

Le cuento esta historia de enero de 1979 y le aseguro que dentro de unos cuantos días, por no decir que dentro de unas cuantas horas todas las miradas de bondad y de amor que cubrieron el piso por donde usted caminó, las distorsionarán los ceños fruncidos y las miradas como si vieran al diablo «¦

¿Harán algo su Iglesia, sus obispos a quienes demandó cambiar sus conductas el sábado pasado, para dulcificar la vida de este pueblo como no lo han hecho antes?

Quisiera decirle que así lo espero, Santidad, pero no me atrevo a mentirle a usted»¦

 

lmendivil@delfos.com.mx
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