Cielo o infierno

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Una colorada (vale más que cien descoloridas)

Dependiendo de la tradición religiosa particular, el cielo se entiende como un sitio de felicidad eterna. Con las variables de tiempo y lugar en el cielo no existe la muerte, ni el dolor, ni el duelo, ni la injusticia, ni mucho menos el llanto y, lo que si hay, son à ngeles, demonios, dioses o héroes.

Para los egipcios y fundamentalmente quienes en su mitología tenían en alta estima a Osiris, en el oriente por donde el sol nace se ubicaba un lugar paradisiaco similar a un campo eternamente fértil o un conjunto de islas cubiertas de Juncos, con abundancia de caza y pesca a donde los espíritus de habitantes del mundo terrenal provistos de moralidad y armonía cósmica podían llegar a disfrutar placenteramente de la abundancia. En esta como en otras muchas mitologías, el cuerpo era importante para llegar a la vida nueva; después de un juicio que precedía a un viaje peligroso, cuyas vicisitudes se podían aminorar si en la vida previa a la muerte se adquirió energía y conocimientos. Los parientes y amigos aún vivos se ocupaban de conservar el cadáver que luego de diversos procesos sería reutilizado por el fallecido, de ahí la costumbre del embalsamamiento y la conservación de palabras mágicas del libro de los muertos guardadas entre las vendas del que ya partió. ¿Encuentra algunos rasgos comunes con nuestros días de difuntos y el de santos inocentes?

Los mal portados generalmente no tienen acceso a ningún tipo de dimensión celeste quedándose atrapados en reinos de la oscuridad como el Niflheim gobernado por la diosa Hela en la mitología nórdica. Son los guerreros dispuestos a morir en combate los que tienen «pase automático» al Valhalla, situado en el palacio de Odín, donde son recibidos después de una muerte honrosa por las valquirias. ¿Cómo visualizan la luz y las tiniebla los jóvenes fanáticos de las diversas variables de la Jihad, en Europa, Asia y à frica? ¿Serán parte de la batalla final en Ragnarök, donde los dioses nórdicos están listos para confrontarse con los gigantes? ¿Llegarían tales comerciantes del petróleo que sodomizan mujeres y niños a buscar un espacio dentro de los muros de lanzas, con tejados a base de escudos y armaduras? ¿Cuál de las quinientas cuarenta puertas de Valhalla les abriría?

Salvo el caso de quienes acepan a Jesucristo como el hijo de Dios que ya vino y regresará, la mayoría de las concepciones de cielo se identifican con la luz contrapuesta a las tinieblas, a donde van los que mal obran, como sería el caso de los que por su ambición acaparan de todo, aun a costa de los que poco o nada tienen ¿Con cuál vara podríamos medir a los políticos del siglo XXI, cuya religión es el comercio y su dios el dinero? ¿Les alcanza el neo-budismo, para librarse del sufrimiento «“derivado de excesos en bebida, enervantes e incluso comida»“ y de los fatales ciclos de reencarnaciones? ¿Llegarán a su nirvana los millonarios de Forbes o Fortune, mediante técnicas espirituales y prácticas de yoga? ¿Cómo es que una condición donde «no hay tierra, ni agua, ni aire, ni luz, ni espacio, ni límites, ni tiempo sin límites, ni ningún tipo de ser, ni ideas, ni falta de ideas, ni este mundo, ni aquel mundo» podría ser aspiración para árabes que han construido torres muchísimo más ambiciosas que Babel?

Lo cierto es que con todo y la «evolución» y los más de diez mil años de historia aun los que se asumen como no creyentes en ninguna de estas «fantasías» buscan su propio paraíso eterno, que igual se puede ubicar en alguna bella isla griega, en cierto campamento dirigido por un monje Zen, que en varias hectáreas fértiles de alguna parte de América Latina, a donde quisieran asentarse por los siglos de los siglos.

Millonarios del mundo patrocinan aventuras a Marte y otros sitios del espacio exterior al planeta en el cual vivimos, aunque no necesariamente convivimos. Los excluidos de estas posibilidades o viven sin una clara conciencia de lo que significaría estar en la posición de tales pudientes o los envidia y desean su muerte solo por no haberlos incluido en su abundancia material. En la búsqueda del paraíso perdido, ausente o nunca existido, hoy lo oscuro parece dominar casi a todo. Sociedades hasta en el futbol se solidarizan con el pueblo francés como en otro tiempo lo hicieron con el de Norteamérica; pero en corto hablan con efusividad de sus culpas por el colonialismo, las invasiones sin derecho y el descuido y sobreexplotación de lo que debería ser orgullo de las naciones violentadas[1] ¿Reaccionaremos igual si de pronto en algún tabernáculo aparece Dios entre los hombres para habitar y enjugar toda lágrima?

No somos pocos quienes creemos en la posibilidad de un retorno al estado de humanidad anterior a la «caída» donde no haría falta una cumbre del cambio climático porque cada quien y en cada sitio habría la conciencia de cuidar el maravilloso entorno que puede convertirse en un paraíso, edén o cielo renovado reunidos y en armonía con un Dios perfecto, natural, amoroso y justo.

Un sitio donde los elegidos para gobernar se abstuvieran de otorgar contratos de manera directa en vez de licitar como la ley señala[2]; unas llanuras eliseanas «“campos elíseos»“ donde el empresario que invirtió no se vea constreñido a «repartir su ganancia justa» ni a esperar años, para recibir el pago acordado; un mundo donde los académicos y expertos en derecho internacional no se vieron compelidos a condenar nombramientos de connacionales a los que supuestamente se les aleja del ámbito interno o se les manda de vacaciones en vez de castigarlos por su conducta reprochable. Un planeta donde países como México gozaran de buena imagen, gran prestigio «“interno y externo»“ y otros como los del norte no estuvieran al acecho de aquellos cuya riqueza natural buscan aun a riesgo de afectar todo el equilibrio ecológico.

 

[1] La isla Clipperton, los millones de kilómetro perdidos frente a USA, la ocupación virtual de nuestra riqueza en costas, subsuelo y otros.

[2] El último penoso ejemplo es el de los pasaportes cuya elaboración se ha subrogado a empresas privadas, dando como resultado varias compañías dispuestas a demandar cada cual con sus interés y llegando al extremo de poner en el mercado las bases de datos de miles de ciudadanos.

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