Tenerlo todo; no tener nada»¦

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El Cristalazo

Como los demás premiados en la ceremonia de las preseas de Crónica a quienes construyen un México de calidad y responsabilidad, Juan Villoro conmovió al público reunido en el auditorio Jaime Torres Bodet del Museo Nacional de Antropología. Comenzó sus palabras de aceptación y agradecimiento por el premio, con la frase inicial de Charles Dickens en la «Historia de dos ciudades», síntesis imprescindible de la condición europea del siglo XVIII.

A las palabras, «Era el mejor y el peor de los tiempos», siguen otras ya fuera de la cita de Villoro. Y en alguna de esas me quiero detener.

Dijo Dickens;

«Era el mejor y el peor de los tiempos; la edad de la sabiduría y la de la ignorancia; la época de la fe y el escepticismo; la estación de la luz y la de las tinieblas; era la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación; todo se ofrecía como nuestro, pero no teníamos absolutamente nada; íbamos directo al cielo, pero nos precipitábamos en el infierno.

«En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo».

Quizá, como dijo Benito Juárez, al hacer equivalentes la sociedad y el ciudadano, (entre los individuos y las naciones»¦), no haya confirmación más desgraciada: «todo se ofrecía como nuestro pero no teníamos absolutamente nada.»

Y en cuanto a lo superlativo como único punto de comparación, todo puede resumirse en una letra: de la cima a la sima.

Ir de la primavera de la esperanza (ilusión, ensoñación, anhelo), al invierno de la desesperación (desasosiego, desilusión, frustración, destino traicionado) no es fenómeno nada más para guardar padecimientos individuales. La frustración colectiva, la certeza de haber destruido el futuro por la acumulación de errores del presente, es quizá el pasaporte a la confirmación dantesca: no hay dolor tan grande como recordar la felicidad estando en la miseria.

Así nos damos cuenta de cómo la cornucopia mexicana se ha secado, cómo los mejores tiempos le pertenecen a un pasado frente al cual no tuvimos la valentía de persistir.

Jamás pudimos administrar la abundancia pues de ella sólo tuvimos insinuaciones y no para todos. La riqueza, como el amor no merecido o el odio equivocado, nunca son suficientes si no se reparten con justeza, ya no digamos con justicia.

Pero cuando un país sufre los tropezones de la cojera crónica, cuando no nos damos cuenta de los daños genéticos en el alma nacional, cuando todo lo queremos esquivar con la sonrisa del disimulo, cuando nos decimos pasa nada o simplemente no pasa nada, entonces nos volvemos habitantes del desconsuelo, no importa si nos consuela cerrar los ojos y vivir de espaldas al espejo.

Podemos enfrentar la verdad o soñar con otras realidades.

«La estación de la luz y la de las tinieblas», dice Dickens y uno piensa si vivir en la luz es elección o destino. La oscuridad como desatino.

«Luz, más luz», gritó Goethe en su lecho mortuorio, según dijeron los testigos de la última llama en las inertes pupilas. La luz es la vida, la tiniebla es la muerte.

Hoy los mexicanos vivimos en un diálogo interminable con la desventura, pero lo más grave ocurre cuando llega la certeza insobornable: todo lo hemos hecho nosotros con nuestros actos o con nuestras omisiones.

El dolor no es castigo, es consecuencia.

Frente a la pena, dice Villoro, sólo queda la palabra: «»¦si alguien es preso de un cataclismo, su primera reacción es contar lo ocurrido. Nadie sobrevive en silencio».

Y es verdad, nadie sufre callado. El mundo entero es nuestro confesionario; las letras nuestro rincón, la frase nuestro bálsamo; el ensalmo nuestra anhelada salvación, el mantra nuestro santo y seña contra la decepción.

Escribir, pensar en medio de la noche, lanzar al mundo las botellas de nuestro náufrago mensaje. Y la peor desgracia, las palabras nunca atendidas no construyen ni gobierno ni cambio político.

Nadie ve, nadie oye, nadie quiere saber.

 

rafael.cardona.sandoval@gmail.com

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