Elogio de la manzana

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Yo sé que todos ustedes están muy ocupados analizando la nueva composición del gabinete del gobierno mexicano. Por eso solo les pido unos minutos para reparar en la importancia de la manzana en nuestra historia, y lo hago porque estoy seguro de que le debemos un reconocimiento incluso mundial.

No exagero. Al repasar algunas creencias como la cristiana o la musulmana, recordamos que en el principio de los tiempos fue el verbo y luego Adán y Eva que tenían a su disposición un paraíso del que no se precisa demasiado hasta cuando se habla del imperativo de no comer del fruto prohíbo; y como ya sabemos que (casi) cualquier prohibición suscita deseo, en este caso representado por una serpiente, la señorita Eva azuzó a su ingenua pareja a trascender su hasta entonces inmaculada amistad. De ahí que coincida con Magritte cuando pintó El hijo del hombre con una manzana en el rostro.

Pero regresemos al apetito relacionado con aquel memorable mordisco (el más famoso de la historia) y pensemos en las pinturas que mostraron a esa primigenia juventud desenfrenada, y en particular recordemos el lienzo de Durero pero no solo por el estilo que escandalizo a la sociedad del siglo XVI sino por la forma en como las ramas del manzano esconden las partes motivadas por el milagro pomáceo. Como sea, si Adán se creó del polvo y Eva de una costilla de Adán, la humanidad está aquí gracias a las manzanas. Por cierto a cerca de esa dulce trascendencia exclamó Cunha, el poeta:

«El sol era un melón, la tarde una sandía y la vida, la vida una pura gana de morder y morder manzanas».

¡Ah, el deseo y sus representaciones! La piel de manzana es una de ellas, y estoy seguro de que lo mismo pensó Joan Manuel Serrat al dedicar la composición a esa muchacha que dio a morder tanto su piel de manzana que su primavera fue vana y fugaz. Se bien que ahora algún bromista pudiera retrotraerme al tema inicial del fruto y el castigo divino y añadir que el auténtico castigo celestial en la Tierra lo entona Joaquín Sabina al refunfuñar: «yo no quiero comerme una manzana dos veces por semana sin ganas de comer». Pero andar el sendero de las canciones sobre nuestro fruto homenajeado es empresa imposible, mejor dejemos que de los enamorados se ocupe Armando Manzanero (y ya en otra ocasión podríamos hablar de Apple, el sello discográfico de los Beatles)

Hay otra ruta jugosa con raíces profundas; se avista entre la religión y el saber: es el árbol de la ciencia del que Dios prohibió comer sus frutos a los muchachos legendarios (lo cual provoca la sospecha de que los representantes del Señor en la Tierra tenian muy claro quién era su adversario implacable). Lo expone con meridiana contundencia Arthur Miller: «La manzana no pueder ser vuelta a poner de nuevo en el árbol del conocimiento; una vez que empezamos a ver, estamos condenados a enfrentarnos a buscar la fuerza para ver más, no menos». Y si no para eso estaba una manzana dispuesta a quebrarle el cráneo a alguien como Isaac Newton, habría que agregar. De cualquier monera hemos llegado al lado opuesto (y con el que mejor me entiendo) de este camino, el enfoque de la ciencia sobre la fe. Me apoyo en Sagan: «Si quieres hacer un pastel de manzana desde el principio, primero debes crear el Universo».

Dije al principio que debíamos un reconocimiento mundial a la manzana. Tal vez me equivoco y en realidad se lo han hecho el hombre y la mujer en el devenir de los tiempos, como consta en este balbuceo. Omití otras mitologías como la griega que detallan el Juicio de París, y que tan sensualmente dibuja Rubens al mostrar a tres bellas del Olimpo dispuestas a lo que fuera por tener la manzana de la discordia que era de oro, ya lo sabemos, una especie de veneno distinto al que postró a la bella Blanca Nieves. Sí, la misma concentrada con la que todos los fines de año brindamos, la de Pinocchio y en la que centró el objetivo Guillermo Tell con su ballesta para liberarse como creo que, a final de cuentas, hicieron nuestros padres cuando decidieron probar de su sabor.

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