Elogio de la vanidad

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La vanidad me impulsa a escribir sobre la vanidad.

Primero lo primero hay de vanidades a vanidades, cada quien la suya. A mí, por ejemplo, me parece que la necesidad de exhibir el amor al esfuerzo y la inteligencia propia, y lograr el reconocimiento del otro, en favor de la razón, no es incentivo banal: azuzar al pensamiento siempre contribuye a desvanecer prejuicios (aunque ello suscite respuestas fanáticas).

Disiento de la raigambre más profunda que prevarica contra la vanidad, tanto en su vertiente cristiana como católica (y de cualquier otra religión); en cambio, reconozco la arrogancia de quien, en aquellos tiempos tanto como ahora, deslinda su vida más allá de cualquier designio divino. «No jurarás el nombre de dios en vano», amaga uno de los diez mandamientos para que el feligrés no caiga en la tentación y, sometido al todo poderoso, considere parte de los valores a la modestia y la humildad.

Tampoco coincido con la vanidad en sus derivaciones morales, vale decir, en el sermón que alude al espíritu quebrantado o al alma perdida por la superficialidad «“una sola derivación de esto registra a miles de millones de seres en todo el mundo que hacen de la moda una de las principales industrias»“. Desear que el otro nos reconozca es tan antiguo como la humanidad, lo mismo en el incentivo del hombre o la mujer para captar el elogio a la inteligencia que para recibir el mismo prodigio por la concupiscencia del cuerpo y sus atavíos. Pero además, monumentales obras de la inteligencia se han construido sobre la base de la vanidad. Es imposible citarlas todas por lo que solo anoto que Phileas Fogg, junto con su inseparable Passepartout, jamás hubiera podido dar la vuelta al mundo en ochenta días sin haber sido impulsado por la vanidad de ganar una apuesta. Ojalá que quien ahora me lea traiga para consigo alguna obra magna de algún presuntuoso como Isaac Asimov que ofreció este dato en uno de sus libros: «Autor que más libros ha escrito en la historia: en efecto, Isaac Asimov».

Hablo de vanidad, que conste, no de la estupidez de quien ostenta cualquier parafernalia, es decir la farsa que sea. No pienso en el periodista estrella que se ubica muy por encima de los hechos que narra y convierte su imagen en la de un héroe, No aludo a lo vano, aunque el término se desprenda de la vanidad, o sea, no me refiero a la frívola actitud de quien se siente en la cima sin dar un solo paso en la montaña o de los que miran en los demás únicamente a admiradores potenciales. Como acuñara Bernard Le Bouvier de Fontenelle, cuando escribo sobre la vanidad, me estoy remitiendo al amor propio al descubierto. Esta última frase la tomé de Google, nunca he leído a ese escritor francés, lo cual, por cierto lastima mi amor propio aunque de inmediato remito a su ética en los términos de Savater: la preocupación por nosotros podría darnos el sentido más aproximado de la ignorancia propia Y luego complemento, también por amor propio hay quien encontró razón como Voltaire, para restregar la ignorancia de los filósofos, tanto, que así nombro a una de sus obras. En ese terreno me parece sublime la burla, el escarnio si me apuran un poco, de quien ostenta lo que no tiene, por ejemplo conocimientos.

La vanidad es una condición humana que cada quien ejerce como desea, y las predicas en su contra llegan a ser un acicate. En esos lindes, naturalmente, hallo una tragedia en quienes están convencidos de que la tierra retiembla solo en su centro o en quienes creen lo contrario de lo que les dice el espejo. Pero esos no solo son vanidosos ni principalmente vanidosos, son tontos y la vanidad no es responsable de ello.

Cada quien encauza como quiere su propia vanidad o incluso la desdeña (y hasta la maldice) en favor de la modestia y la humildad. A mí me gusta la soberbia de Wilde contra las buenas costumbres o la de Joyce que nunca escribió una letra fácil para ganar más lectores. Pero no solo: también me seduce la personalidad de Picasso, quien nunca se concibió un iluminado de las musas; la arrogancia de Miguel à ngel o el desdén definitivo de Da Vinci a la iglesia, o el de cualquiera que no firme su obra cincelada o pintada porque el público ya sabe de quién es.

Del trajín cotidiano me gustan las faldas inquietas «“coquetas, y sin duda por ello vanidosas al actuar sabiendo que lo merecen todo»“ y donde entonces adivino a un trasero hospitalario, y que mi incorregible vanidad lo quiera para conmigo. Me cae bien el vanidoso que comenta y que corrige, el que abre su mundo para mostrar y demostrar lo que ha hecho porque ello es, o debiera ser al menos para mí, un incentivo del esfuerzo. Me seduce el petulante que habla del universo, el que se demuestra y nos demuestra que hay más vida que la de un solo tema y hasta el presuntuoso que se burla de los otros, de nosotros, con ironía. No continúo con los acordes de ningún tipo de música porque pudiera resultar antipáticamente vanidoso. En todo caso solo concluyo evocando a ese demonio adorable que cierta vez dijo, mientras mostraba su lengua con el mismo movimiento de una culebra: «Ah, la vanidad, mi pecado favorito».

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