Los racimos de la muerte

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Nos llenaban de horror los asesinos en serie.   

Vivimos con la mitología de Jack, The ripper; El destripador y su crueldad contras las prostitutas de White Chapel, a quienes les abría las entrañas con una navaja. La identidad del destripador quedó protegida entre los secretos de la Casa Real.

Imaginamos la maldad absoluta cuando recordábamos la siniestra imagen de Henri Desiré Landrú Le Barbe-Bleue de Gambais (Barba Azul) y sus mujeres en el horno, y ya en el terreno citadino al asesino serial de Tacubaya (serial killer, le dicen en inglés), Gregorio Goyo Cárdenas en cuyos ojitos orientales alguna vez vi brillar de frente la luz de la insania, cuando Mario Moya Palencia lo llevó a la Cámara de Diputados con su título de abogado (faltaba más), como ejemplo de rehabilitación.

El mismo brillo de aquella inolvidable mirada de El Chacal de Orizaba, quien mataba parejas en los brumosos parajes entre Puebla y Veracruz.

Grandes criminales de la historia, se llamaba un libro de la adolescencia.

Desfilaban por ahí desde Gengis Kan hasta Adolfo Hitler (quizá el mayor criminal de la historia humana) y el «padrecito» Stalin, pasando por piratas de hirsuta y centelleante cabellera; mujeres crueles como aquella Elizabeth Batory, quien en Hungría mandó asesinar a más de 600 personas, algunas de las cuales fueron ejecutadas con sus propias manos, o Vlad Tepes, o asesinos de otra clase como Albert De Salvo, El Estrangulador de Boston, o Fish, El abuelo, quien en el ciego recorrido por el laberinto de su locura incurrió en sadismo, masoquismo, castración y autocastración; exhibicionismo, voyeurismo, pedofilia, homosexualidad, coprofagia, fetichismo y antropofagia en contra de por lo menos cien víctimas.

Todos sienten curiosidad por Hannibal Lecter, dijo alguna vez Anthony Hopkins. Pero hay peor maldad más allá del cine.

Obviamente se debe discernir entre los asesinos «simples» y aquellos dotados de las herramientas de un Estado o un Ejército para matar y seguir matando. Muertes por millones costaron las revoluciones popular y cultural de Mao Tse Tung, según cuentan Jung Chan y Jon Halliday en su clásico Mao, la historia desconocida.

» unos tres millones de personas perecieron por causa de las ejecuciones, la violencia de masas o el suicidio. Mao afirmó que la cifra total de ejecutados fue de 700 mil, pero en esta cifra no incluía a los que fueron golpeados o torturados hasta la muerte en la época posterior al reforma agraria de 1949″.

No son iguales (aun cuando lo sea en la esencia de violar el quinto mandamiento), el Cruzado o el conquistador colonial cuya espada se hunde para luego dejar en el agujero espacio para la cruz del Evangelio la evangelización y el criminal por «razones» (como si las hubiera) políticas o de otro orden.

Matanzas y muertes son las cuentas del rosario de la historia del hombre.

Todos son asesinos, todos han ordenado «mátalos en caliente» antes de asesinar a sangre fría.

La historia de México es una larga serie de crímenes de todo tipo. «La matanza de Cholula» define con mayor claridad el verdadero encontronazo de las culturas. Los comedores de corazones en busca del alimento solar se enfrentan a los destructores en busca del oro.

«Yo he visto en Tenochtitlán, la orgullosa capital de los mexicas, arrancar dos mil corazones en un solo día, ahí en el inmenso y formidable Teocalli Mayor del horrendo ídolo de la Guerra… Y sé que vosotros con vuestro fanatismo habéis alentado aún más el de los de México. ¡Ya no más sangre !», escribía don Heriberto Frías en su célebre Biblioteca del niño mexicano en 1900.

Hoy, hay otro tipo de riqueza detrás de la guerra contra los delincuentes.

El crimen organizado también busca el oro mediante insano comercio, extorsión o robo, pillaje y venta de protección. Las fuerzas legítimas se lo impiden. Un ejército regular se enfrenta a grupos desperdigados, ocultos, embozados y cuando caen cautivos los jefes cuentan sus historias de espanto.

En julio pasado supimos la historia de José Antonio Acosta Hernández (a) El Diego, relacionado directa o indirectamente con mil 500 muertes en Chihuahua y jefe del cártel de Juárez, quien comandaba un grupo de 50 asesinos a sueldo.

Tras el «operativo» del pasado fin de semana, la Policía del Estado de México le echó el guante a La mano con ojos, quien con la frialdad de un profesional en el desempeño de su trabajo se echó la responsabilidad de 600 difuntos. Trescientos perecieron por órdenes suyas y otro tanto con sus manos y bajo sus ojos.

«Oswaldo García Montoya, a quien se encontró en posesión de un arma 9 milímetros —informó CRÓNICA—, confesó que estuvo involucrado en la masacre de 24 personas cuyos cuerpos fueron encontrados en La Marquesa en septiembre del 2009, así como en al menos 600 homicidios, de los que en 300 participó de manera personal».

A García Montoya, sin referirse a él y personas de su misma condición, el poeta Javier Sicilia les ha llamado «señores de la muerte» y les ha pedido cesar en sus empeños.

Ojalá le hagan caso.

racarsa@hotmail.com

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