Ramón, el eterno

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El Cristalazo

En El Colegio alguien muere y alguien nace. La vida se prolonga en ese mismo escenario donde perdura la cultura, sobrevive el pensamiento y jamás podrá morir la palabra.

La peor desgracia para Ramón López Velarde fue la insistente monotonía de los declamadores para soltar sin motivo, o con el menor de ellos, las estrofas y versos rotundos, frutales y carnosos de la «Suave Patria». La desgracia consiste en el abandono «”o ignorancia»” de su íntima poesía del resto de su obra.

Hace muchos años, en la Academia de la Lengua, los grandes escritores de la generación de «Los contemporáneos» hicieron un homenaje en memoria de López Velarde. El programa, tras mucho análisis literario y social sobre sus obsesiones y su condición de santo pecador, como le dijo alguien, culminaba con la declamación de su gran poema nacionalista.

La voz, no podía ser otra, fue la de Carlos Pellicer, quien ampuloso y grave, con su voz cavernosa y potente, comenzó a decir, «yo»¦ que siempre cant黦 de la exqui-si-ta»¦ par-ti-tura»¦ y»¦».

En ese momento, con irreverencia confianzuda, Salvador Novo lo interrumpió: Carlos, te pedimos que dijeras la «Suave Patria», no que la deletrearas»¦.»

Hoy, López Velarde toma por asalto poético El Colegio Nacional y de su obra prodigiosa se mencionan casi exclusivamente sus aportaciones a través de ese enorme mural de versos en cuya vastedad se describen climas, sabores, alimentos, tradiciones, símbolos, historia y en general la vida mexicana completa; la lujuria de cantadoras de pechos con pitón bajo la blusa, los labios de rompope y las vendedoras de chía.

Don Ramón, o Ramón simplemente, ha sido escogido como figura tutelar por el miembro de más reciente ingreso a El Colegio Nacional, Juan Villoro, cuyo diploma ha sido celebrado por todos, bienvenido por todos y colmado de bienaventuranzas en el mismo escenario donde hace apenas unos días un grupo lloroso y doliente despedía con incómoda solemnidad (alejada de su sencillez en la vida) a José Emilio Pacheco, cuya muerte aún duele en el corazón de algunos. Quizá ésa sea la magia dentro de este asunto: en El Colegio alguien muere y alguien nace. La vida se prolonga en ese mismo escenario donde perdura la cultura, sobrevive el pensamiento y jamás podrá morir la palabra.

Ha contado Villoro, quien por extraña circunstancia comparte condición colegiada con su padre, el filósofo Luis Villoro, una historia de Paz y Borges.

El poeta argentino admiraba profundamente a López Velarde y sabía completos cientos de versos del jerezano, pero en su diccionario no estaba la palabra chía, ese mexicanismo para la benéfica planta herbácea de la familia de las lamiáceas, la cual junto con el lino, es una de las mayores fuentes de omega 3 habidas en la naturaleza, y las mujeres vendían por las calles del México decimonónico, bajo la forma de suaves aguas de inigualable frescura salpicada de breves semillas, tan chicas como una sílaba.

Paz se lo explicó y Borges indagó sobre el sabor: Paz le describió la frescura mineral. Sabe a tierra.

En ese sentido, Villoro ha descrito a López Velarde como un poeta terrenal cuya musicalidad y hondura nos regresa al suelo mexicano, el piso de metal y el milagro de la lotería.

Pero a riesgo de ser tachado de hereje por mi afirmación sobre la desventura de López Velarde y la difusión pretendidamente cívica y monocorde de su poema mayor, «La Suave Patria», quiero dejar aquí un testimonio de la obsesión más humana del poeta: la noción lujuriosa y luminosa del mundo sensual de la feminidad. Ese planeta de novias con ojos de sulfato de cobre o simplemente piel de cobre; los febriles silbatos y los impulsos eléctricos del deseo cuyo lúbrico hormigueo nos acerca a la verdadera santidad, la del placer logrado, consumado y repetible, como dijo el poeta chino Ju San.

«A la cálida vida que transcurre canora con garbo de mujer sin letras ni antifaces, a la invicta belleza que salva y que enamora, responde, en la embriaguez de la encantada hora, un encono de hormigas en mis venas voraces.

«Fustigan el desmán del perenne hormigueo el pozo del silencio y el enjambre del ruido, la harina rebanada como doble trofeo en los fértiles bustos, el Infierno en que creo, el estertor final y el preludio del nido.

«Mas luego mis hormigas me negarán su abrazo y han de huir de mis pobres y trabajados dedos cual se olvida en la arena un gélido bagazo; y tu boca, que es cifra de eróticos denuedos, tu boca, que es mi rúbrica, mi manjar y mi adorno, tu boca, en que la lengua vibra asomada al mundo como réproba llama saliéndose de un horno, en una turbia fecha de cierzo gemebundo en que ronde la luna porque robarte quiera, ha de oler a sudario y a hierba machacada, a droga y a responso, a pabilo y a cera.

«Antes de que deserten mis hormigas, Amada, déjalas caminar camino de tu boca a que apuren los viáticos del sanguinario fruto que desde sarracenos oasis me provoca.

«Antes de que tus labios mueran, para mi luto, dámelos en el crítico umbral del cementerio como perfume y pan y tósigo y cauterio». Después de esto la patria, suave, áspera o como sea, puede esperar.

rafael.cardona.sandoval@gmail.com

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