DROGAS CORRUPCIÓN Y LEGALIZACIÓN

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En el tema de la batalla contra el consumo de sustancias psicoactivas a nivel mundial, puede afirmarse llanamente que ha sido un fracaso. A inicios del siglo XXI, no sólo un número sin precedentes de personas a lo largo de todo el mundo consumía drogas prohibidas, sino que la actividad ilícita produjo enormes dividendos, al grado de ser hoy en día, como se ha visto, el negocio más rentable en todo el sistema capitalista. Además, como nunca antes, su consumo y comercio ha originado consecuencias sociales desastrosas; verbigracia, violencia indiscriminada, corrupción política al por mayor, explotación y daños a la salud pública, como consecuencia no sólo de los posibles efectos nocivos de las sustancias en el organismo de los consumidores, sino de forma esencial, por los riesgos atribuibles a las condiciones de clandestinidad, mismos que han generado la prohibición (adulteración, desarrollo de sustancias cada vez más potentes, de sucedáneos sintéticos más tóxicos).

La prohibición se mantiene, porque de ella depende la existencia del narcotráfico. Sin ilegalidad, no hay comercio ilícito, y por ende, las ganancias multimillonarias que genera corren riesgo. Y todos los sectores que de una u otra forma obtienen una tajada de ese ingreso, no están dispuestos a perderlo. Es importante insistir en este punto; el tráfico ilícito de drogas no es sólo un negocio de los grandes capos de vida ostentosa, según el estereotipo predominante; sino que genera ganancias para muchísimos sectores, que en su mayoría, operan en la legalidad, a salvo de los riesgos que la clandestinidad trae consigo. Esos peligros los padecen campesinos miserables que se ven obligados a cultivar psicoactivos, pequeños intermediarios y transportistas de baja monta, es decir, los empleados de la industria de la droga. Pero ellos no reciben las grandes ganancias, éstas son dirigidas hacia los altos círculos de poder económico y político.

 

De ahí que la prohibición sea un aparente consenso: quienes se benefician de ella, la defienden por razones obvias; pero disfrazan sus intereses, claro está, arguyendo los rígidos principios morales que conforman el sustrato ideológico de la prohibición. Al contar con el respaldo de los medios masivos de comunicación, que se encargan de construir las verdades que serán reconocidas como tales por la sociedad, pueden fácilmente imponer su discurso; y como consecuencia, un importante sector de la ciudadanía, sumida en la «˜inocencia»™ o más bien en la ignorancia respecto a la naturaleza real de la cuestión de las drogas; confía en la bondad de los fines de la política prohibitoria, y ratifica las posturas de sus dirigentes, según las recibe a diario en los medios.

De manera evidente, se requiere fomentar una cultura donde exista la aceptación de vivir en un mundo con narcóticos. No se trata de un planteamiento novedoso, es la afirmación de un hecho real, de una verdad que resulta irrefutable racionalmente. Quienes afirman la posibilidad de erradicar por completo de la faz de la tierra el «˜terrible monstruo»™ de las drogas, adolecen, o de una profunda y lamentable ignorancia, o su visión de lo que les rodea está nublada por la intolerancia, mostrándose cercanos a posiciones fundamentalistas.

Los barbitúricos han existido a lo largo de la historia del ser humano y continuará entre nosotros; es una herramienta que el hombre ha utilizado y seguirá empleando para alterar su conciencia con distintos fines; por ejemplo, dentro de contextos religiosos, festivos, rituales; asimismo, por simple placer y gozo individual o para fines terapéuticos, e inclusive como escape a una realidad amarga donde imperan la iniquidad, el abuso del poder, la explotación del hombre por el hombre, y una absurda amén de destructiva separación de la naturaleza.

Se dice que las drogas provocan adicción, que destruyen vidas, las cuales en lugar de integrarse a la mecánica social, a la lucha del día a día, se pierden en un abismo cuyo único fin posible es la cárcel, la locura o la muerte. Sin duda, los naciones en el orbe deben impedir que se dé tal circunstancia, pero encausando sus esfuerzos en el rubro de la enseñanza; sólo así se podrá prevenir y evitar el uso irresponsable de los alucinógenos.

elb@unam.mx