¿Un nuevo nacionalismo»¦?

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Crónica Confidencial

PRESIDENTE ENRIQUE
PEÑA NIETO:

+Nuestra verdadera nacionalidad
es la del género humano

Herbert G. Wells

(En breve podrá ser anunciada la creación de una comisión senatorial para investigar las denuncias de connivencia entre funcionarios públicos de la Procuraduría General de la República y de la Secretaría de Relaciones Exteriores encargados, en su momento, de interrogar en consulados de México en Estados Unidos, a los testigos protegidos por la autoridad judicial estadunidense que declararon contra Tomás Yarrington, pero la autoridad judicial mexicana aún no permite interrogarlos aquí).

El 29 de noviembre pasado, aquí le escribí a Felipe Calderón, entre otros, el siguiente párrafo:

«Enrique Peña Nieto decidió que en su primer año de ejercicio entregaría al país todas las reformas de gobierno de gran calado que le urgían para poder modificar la situación y buscar, con herramientas ad hoc, el cambio de carril que ningún presidente se atrevió a intentar en una magnitud como fue la de poner todas las cartas sobre una mesa en donde estuvieran presentes y actuantes todos los opositores y todos sus enemigos políticos dispuestos a no permitirle, los últimos, una victoria de tal magnitud, o a estorbarle, los primeros, cuanto fuera posible el logro»¦».

Bueno, la semana pasada concluyó la tarea de aprobar las grandes líneas reformadoras que aprobó el Congreso federal y ahora viene la filigrana de las leyes secundarias en cada una de ellas. Esperemos que la transformación del país se inicie cuanto antes posible, pero siempre es bueno conocer todas las aristas de cualquier problema para definir una posición, y Héctor Barragán Valencia, frecuente columnista invitado de este espacio, ha presentado una que todos debiéramos incluir en el análisis. Hay nacionalismos positivos y otros no tanto. Es el momento en que todos analicemos qué nos ha dado el nuestro. Enseguida, pues, le reenvío el texto de Barragán:

«La reforma energética no privatiza a Pemex, pero parece augurar su defenestración: descapitalizado, exprimido por el gobierno, ahogado por la corrupción y el sindicato mafioso y sometido a la competencia de las grandes petroleras, su futuro es incierto. Su supervivencia implicaría quitarle lastre, lo cual involucraría que deje de financiar el gasto público, se aumenten más los impuestos para sufragar al gobierno y se elimine a gran parte de su burocracia, amén de que se supriman los privilegios de los petroleros, todo lo cual se antoja políticamente inviable. Ahora bien, más allá de la polémica sobre la privatización o no de Pemex, el impacto de la reforma será profundo, toda vez que las modificaciones a los artículos 25, 27 y 28 de la Constitución (que a juicio de Diego Valadés hace de la carta magna un galimatías; y que la reforma electoral agranda el lío) trastocan las raíces del nacionalismo mexicano.

«La expropiación petrolera en 1938 fue un acto fundacional y de identidad nacional (el mayor símbolo nacionalista laico, que rivalizó y a su vez se imbricó con el otro gran símbolo de identificación nacional: el guadalupanismo) y una acción reivindicativa frente a las potencias extranjeras que explotaban a su arbitrio los recursos energéticos. Con la reforma a la Constitución ese entramado simbólico se desarticula. Así, México está nuevamente en busca de una identidad propia, que cohesione a los mexicanos y facilite la colaboración entre las clases sociales. Esta reforma, que cimbra el viejo nacionalismo, acaece en el momento en que se eclipsa el entusiasmo por la democracia «“efecto de la crisis de legitimidad de los políticos y de sus partidos»“, que podría haber renovado y asentado sobre nuevas bases la identidad nacional.

«También converge con una reforma electoral que, aunque tiene algunos méritos propios, reavivará la pugna de las elites políticas por la trasmisión del poder. Además, estos cambios trascendentes suceden en una hora de incertidumbre económica, de agudización de la pobreza y de la desigualdad, que se mezcla con el malestar ocasionado por el incremento a los impuestos y a diversos servicios básicos, así como con la ineficiencia del gobierno para salvaguardar la integridad física y patrimonial de los mexicanos. Por último, el orden global está inmerso en una crisis sistémica. Visto de este modo el escenario sociopolítico, económico y geopolítico, México se asemeja a un navío a la deriva: sin identidad ni rumbo, cuyos ocupantes están en vía de colisión, y en medio de aguas turbulentas. Es preocupante porque la historia de las reformas en México está correlacionada con grandes sismos sociales y globales».

Hasta aquí esta referencia de Héctor Barragán, trascendental porque si con sus propuestas de reforma ya aprobadas debemos esperar, Presidente, el advenimiento de un cambio de gran profundidad en la estructura económica, a lo que se refirió mi colega es al cambio del alma nacional que habrán de generar esas transformaciones. Cada mexicano tiene un par de bolsillos que deben recibir el dinero suficiente para una vida aceptable, pero también cada uno de los mexicanos tenemos una concepción de nuestro país que indefectiblemente deberá cambiar. El problema es cómo, hacia dónde y en qué circunstancias se realizará esta segunda transformación.

Espero que pronto, Presidente, le plantee al país la estrategia que su gobierno desplegará para redondear su esfuerzo reformador, para empatar esas líneas de cambio, que deberán evitar las consecuencias de los «grandes sismos sociales y globales» con que Héctor Barrágan concluyó su análisis.

Porque el alma también cuenta; más aún si es el alma nacional»¦

lmendivil@delfos.com.mx

m760531@hotmail.com

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