Monster country

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El Cristalazo

Si uno analiza los graves hechos del espectáculo en Chihuahua de autos y camionetas modificados para ofrecer la emoción de los choques y los aplastamientos de chatarra, una forma si se quiere grotesca de entretenimiento, se encuentra con un involuntario retrato del país: el dominio de la improvisación, la impreparación, la dejadez, el juego de los volados con la vida y con la muerte.

Nadie sabe, nadie quiere saber. Las versiones chocan una contra la otra, pero mientras las culpas se reparten como las barajas en el albur, nadie sabe, nadie quiere saber. Las versiones chocan una contra la otra, pero mientras las culpas se reparten como las barajas en el albur, lo más simple es echarle la culpa al chofer (piloto conlleva otra categoría) cuyo cuerpo suelto rebota en la cabina de la «troca» por la evidente ausencia de un cinturón o arnés de seguridad cuya firmeza impidiera tan siniestro y peligrosos bamboleo.

No está este accidente de tantas víctimas mortales y tantos heridos graves y leves, lejos del resto de las cosas cotidianas de nuestra vida.

Los días previos hemos estado todos con la fatiga abrumadora de la impreparación y la falta de atención frente a los fenómenos naturales cuya presencia feroz causó tantos daños y fallecimientos en Guerrero Veracruz y otros lugares y nos hartamos de escuchar cómo se pudo disminuir el efecto de los huracanes, lluvias y tormentas simplemente si se hubiera hecho tal o cual o se hubiera avisado de tal o cual otra manera de cómo malamente se hizo.

«”¿Cuántas veces escuchamos eso de la Protección Civil? Tantas como las ocasiones propicias para observar su ineficacia, su inexistencia.

¿Dónde estaba el genio de la Protección Civil cuando se autorizó el «show» de los monstruosos en Chihuahua en un llano pelón y pedregoso? Estaba en otra parte. En el mismo lugar donde andan quienes autorizan los viajes de camiones de pasajeros (autobuses pertenecen a otra categoría) con llantas lisas como las del Checo Pérez, y carcachas inmundas peligrosos y accidentadas con demasiada frecuencia. Está en el mismo sitio donde pierden el tiempo quienes no revisan las unidades de cualquier transporte urbano o suburbano o permiten condominios y asentamientos de todo tipo en playas, manglares, pantanos y demás, con las consecuencias ya vistas, dichas y no atendidas.

Todo esto volverá a pasar.

Volverán a enloquecer los elefantes en el circo, se caerán del alambre los equilibristas; se romperán los tirantes del trapecio, se volcarán los transportes de tres salchichas y excesiva carga, seguirán los peseros jugando «a las careras» y todo nos seguirá pasando en el país de los accidentes y la negligencia, donde las mujeres indígenas paren en el monte o en el patio de mal atendidas maternidades cuya existencia le permite a los gobiernos hablar alegremente de la cobertura universal de salud.

COSTOS. Costos políticos. Esa expresión merece una explicación. ¿Cuál es su significado? ¿Cómo se determinan los dichos costos?

El costo político es, en términos simples, la merma en la popularidad de un funcionario en un medio donde lo más frecuente es el cuidado de la imagen, la acumulación de «puntos» estelares en una carrera burocrática o política. Por ejemplo, para el alcalde de un lugar donde los «Monster Trucks» arrollan y matan gente, el costo es (o debería ser) no subir en la escala de su vida pública. También la cárcel, pero a veces ni lo uno ni lo otro.

Pero ¿cuáles son los costos de quien ya no tiene futuro político, como por ejemplo el Presidente de la República, quien por haber llegado a la cima (al menos en el pañis) ya no tiene ascenso posible, excepto en algún organismo internacional, lo cual es una forma elegante de viajar sin hacer mucho?

El costo político, entonces, para un Presidente no puede ser sino electoral. Y no para él, quien no se presentará ya en elección alguna, sino para su partido.

¿Cuál fue el costo político de Felipe Calderón por haber sido tan torpe y tan necio? Llevar al PAN al tercer lugar electoral y (una especie de zedillito) devolverle el poder al PRI de sus odios profundos.

Por eso la declaración del presidente Peña en Indonesia es muy llamativa: seguir adelante con su programa de reformas sin reparar en los costos políticos ni mucho menos dejarse impresionar por ese riesgo. Así lo dijo:

«(Vanguardia) El presidente Enrique Peña Nieto sostuvo que si se logran procesar y conciliar las diferencias en torno a las reformas, que se debatirán las próximas semanas en el Congreso de la Unión, será posible materializar la transformación del país.

«Aceptó que las reformas que impulsa su administración para el último tramo del año -la hacendaria, la energética y la fiscal- enfrentan resistencias y que hay un gran desgaste para su gobierno, pero subrayó que asumirá el costo político».

«Al participar este lunes en el panel «Invertir para una economía resistente», que se desarrolló en el marco de la Cumbre de APEC, el presidente Peña puso énfasis en que las reformas son para asegurar mayores oportunidades y competencia para las siguientes generaciones.

«Dijo que la ubicación geográfica, los acuerdos de libre comercio, la estabilidad económica y la fortaleza macroeconómica, son ventajas insuficientes para que México pueda tener mejor desempeño y por eso los cambios estructurales que empuja su administración».

Cuando se gobierna sin observación del riesgo; desatento a la conservación del capital político o la aparente estabilidad y se asumen los riesgos, se gobierna sin miedo, con convicción. Y eso siempre es bueno.

racarsa@hotmail.com

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