La semana más histérica del Gobierno de Sánchez

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Joaquín Vila

El repertorio de trampas, mejunjes, maniobras rastreras y mentiras de Pedro Sánchez ha quedado al descubierto esta semana, más que nunca. El lunes, el presidente acudió solícito a la Casa de Correos para acordar con Díaz Ayuso las medidas de coordinación entre ambos Ejecutivos en la lucha contra el coronavirus. El gesto de Sánchez fue aplaudido por todos. Porque todos creímos que era sincero, que se trataba de una tregua política. Craso error. Era otro truco de marketing político. Era una trampa, como se demostró el viernes cuando el ministro de Sanidad contraprogramó una rueda de prensa, exactamente a la misma hora que el consejero de la Comunidad anunciaba las nuevas medidas de Madrid. Illa convocó a los medios exclusivamente para atacar con saña a la Comunidad por sus decisiones. Pero debió parecerle insuficiente, pues el sábado volvió a salir a la palestra, esta vez, para amenazar con tomar el control sanitario de Madrid.

Lo más grave, sin embargo, ocurrió cuando el Gobierno impidió la presencia del Rey en el acto de entrega de diplomas a los nuevos jueces en Barcelona. Una tradición de 20 años. Pero Sánchez aniquiló esa tradición sin dar explicaciones. Todavía no ha tenido el valor de reconocer que vetó la presencia de Felipe VI en Cataluña por miedo a desairar a sus buenos amigos secesionistas, a sus socios de la mayoría de investidura, a los que intentaron dar un golpe de Estado al declarar la República independiente en el Parlamento catalán. Pero que parecen estar dispuestos a apoyar a este Gobierno para aprobar los Presupuestos.

También esta semana de histerismo, el ministro de Justicia anunció que el Gobierno está a punto de tramitar los indultos de los presos catalanes y, por si fuera poco, que ha decidido reformar el Código Penal para rebajar las penas de los delitos de sedición y rebelión. Las malas lenguas aseguran que si fuera menester, el Gobierno se inventaría un trampantojo legal para que Cataluña y el País Vasco puedan celebrar referendos de autodeterminación. Solo es cuestión de tiempo.

Sin duda, una semana de histerismo para el Gobierno. Porque, entretanto, Pablo Iglesias y un tal Alberto Garzón insultaban al Rey por haber agradecido a Carlos Lesmes, el presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder judicial, su discurso de “pesar” en Barcelona por la ausencia del Rey. La filtración de la llamada telefónica desató la ira de los comunistas del Gobierno que sacaron toda la artillería para proclamar sus intenciones de aniquilar la Monarquía parlamentaria y poner en marcha su soñada República. La opinión pública todavía espera que Pedro Sánchez destituya o desautorice al vicepresidente primero y al supuesto ministro de Consumo. Pero tal cosa nunca ocurrirá.

Pues poco le importa al presidente del Gobierno las astracanadas de los comunistas que alberga el Consejo de Ministros. No está el horno para arriesgarse a romper la coalición y perder el poder. Tampoco hay que descartar que Sánchez sueñe con instalarse en el palacio de la Zarzuela, pues el de La Moncloa empieza a parecerle poca cosa para él.

La semana histérica ha pasado, como si nada hubiera pasado. La oposición en pleno y los medios independientes han tronado contra la marabunta de despropósitos protagonizados por el Gobierno. Pero en cuanto el presidente tome de nuevo la palabra, en lugar de dar explicaciones, acusará al PP de fascista por cuestionar sus decisiones y, además, tendrá la desfachatez de presumir de estar al frente de un Gobierno de coalición que va como la seda. Y punto.

En España ya han fallecido más de 50.000 personas por el coronavirus. Además de la muerte, la pandemia trae la ruina, el desempleo y, casi lo peor, el miedo. La dictadura del miedo que aprovecha el Gobierno de coalición para que a nadie se le ocurra protestar. Porque solo los “antifascistas”, organizados y jaleados por Podemos, tienen derecho a manifestarse todos los días por las calles de Vallecas para pedir la cabeza de Díaz Ayuso y, antes que después, para echar al PP de la vida política. Y es que al final, el “Gobierno progresista” pretende instaurar una suerte de dictadura para acaparar el poder eternamente. El régimen bolivariano de Maduro es el ejemplo a seguir. Y la Constitución, un obstáculo que se puede driblar con el denominado por el propio ministro de Justicia como proceso constituyente; a saber, que la mayoría de investidura apruebe en el Parlamento el nacimiento de ese nuevo régimen. Sánchez, Iglesias y Rufián ya buscan el momento para elaborar una nueva Constitución a la medida. Si nadie lo remedia, la semana histérica no es más que el principio del fin de nuestra democracia.

El autor es director de elimparcial.es

Publicado originalmente en elimparcial.es