Celebrar al Ruche

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El jueves pasado perdí al hermano mayor que nunca tuve. Ricardo Estrada Sosa fue mi mejor amigo en la licenciatura y junto con Alejandro Jácome Acuña nos hermanaron el Derecho, la Política y las playas de Tijuana. Corrimos tantas y tantas aventuras juntos que es mejor no contarlas, pero sí atesorarlas en un rincón del corazón, que se duele porque uno de los mosqueteros se ha adelantado.
Laboralista distinguido, referencia de su comunidad y su gremio, mi compadre Ruche me padeció por 36 años seguidos sin hacer gestos y, hace como 7, en una reunión de exalumnos de mi universidad y en la que lo nombramos presidente honorario de la generación, me tocó hablar sobre algún tema académico.
Antes de hacerlo, empero, le dediqué unas palabras de reconocimiento y, en un auditorio lleno de alumnos, exalumnos, exalumnas y directivos le dije esto: “estoy cierto que cuando nos toque cambiar de dimensión y solo a ti te quieran admitir allá arriba, por ser hombre de bien, de familia y decente, te rehusarás a entrar sin mí y salvarás mi alma, aunque en ese tribunal supremo para entonces y acá abajo desde antes, te hayan procesado por el terrible delito de portación ilegal de amigo prohibido”. Sonrió, no era muy expresivo, pero supe que la porra le había gustado. En su modestia proverbial, me agradeció exclusivamente con un leve movimiento de cabeza.
Luego de sus exequias, a las que tristemente no pude asistir, no dejo de verlo riendo a carcajadas por alguna ocurrencia propia o ajena en la cafetería de la escuela o en la tertulias en mi casa, en las que nos reuníamos para estudiar, pero en realidad hablábamos mal de algún profesor, nos quejábamos de los precios de los libros, celebrábamos nuestra buena suerte de ser de Playas y, claro, planéabamos el asalto a la sociedad de alumnos de Derecho (de la que fue Presidente) o la de la Universidad (de la que fui Presidente); ya de salida, medio leíamos nuestros apuntes y medio hojeábamos alguno de los textos. Nunca ninguno reprobó materia alguna.
Ruche fue siempre un ser de luz, generoso, decente, íntegro; gran esposo y padre de familia. Ahora que el cáncer cabrón se lo ha llevado a los 56 años, expreso mi gratitud a la vida y celebro por haber coincidido con él en el salón de clases en aquellos años tan formativos. Es una gracia bondadosa e inmerecida que el destino me concedió apenas llegado a aquella frontera. Como diría Sabina al hablar de Serrat en su canción Mi primo el Nano, “tendría que estar prohibido un fulano así”. Por siempre estaré en deuda con Ricardo por su amistad, su paciencia, su confianza y su buena fe; con honor, lealtad y reciprocidad procuré honrarlas. Buen viaje, compadre. Te quiero siempre mucho.