La Jornada, instrumento político de la 4T

0
173

La Jornada cumple hoy 36 años. A diferencia de la gran mayoría de los medios impresos –incluso las grandes empresas editoriales que han sido castigadas por el gobierno del presidente Obrador con el gasto de la publicidad oficial La Jornada vive una boyante economía gracias a la millonaria partida de la publicidad oficial. Este periódico se ha convertido en el vocero de la cuarta transformación a costa de su esencia: credibilidad. Pero a cambio es favorecida con carretadas de dinero del presupuesto público.

En 2007 Carmen Lira se quejaba de la “asignación facciosa” de la publicidad oficial a los medios de comunicación.

Durante el primer año de gobierno de Felipe Calderón, al presentar su décimo informe a asamblea de accionistas de La Jornada, en medio de una aclamación, Carmen Lira denunció que el gobierno federal, como los que le antecedieron, aplica una injustificable discriminación en la asignación de publicidad a los medios de comunicación.

Esta actitud la mantiene haciendo uso indebido de los recursos, que son públicos, ya que provienen de los impuestos que pagan los mexicanos.

«El manejo antidemocrático y patrimonialista, acentuado durante el sexenio pasado, no da visos de cambiar en el gobierno actual, en el que, por el contrario, se han tomado medidas para consolidarlo».

Carmen Lira hizo saber a los accionistas que el 8 de febrero de ese año, la Secretaría de Gobernación publicó en el Diario Oficial de la Federación los lineamientos para el manejo de partidas de comunicación social, entre los cuales se establecía que los medios impresos editados en la capital del país no serían considerados, para efectos de adquisición de espacios publicitarios, como medios de cobertura nacional.

Frente a tal decisión gubernamental –informó-, que el 16 de abril, Demos, Desarrollo de Medios, empresa editora de La Jornada presentó un procedimiento contencioso administrativo en el fuero federal contra la Secretaría de Gobernación, por considerar que se trataba de una disposición que viola los derechos de los ciudadanos a la información, y los de los informadores a la libre expresión, y es contraria a los preceptos democráticos de independencia, pluralidad y diversidad de los medios.

La Jornada planteó además que la medida contraviene los artículos 25 y 26 constitucionales, donde se establece la obligación del Estado de fomentar el crecimiento económico y el empleo, así como una justa distribución de la riqueza.

Para fortuna, la suerte de La Jornada cambió diametralmente con la llega de Obrador al poder. El tabasqueño ahora es su benefactor, como también lo fue Peña Nieto, cuyo gobierno se portó generoso con La Jornada.

Lo malo es que el periódico, como Saturno, con el tiempo fue devorando a sus hijos. Ocurrió con el regiomontano José Woldenberg, el autor del cabezal que le da nombre a La Jornada. Como muchos otros intelectuales Woldenberg abandonó La Jornada por extraviar el rumbo trazado en sus orígenes. Ahora colabora con El Universal, antes hizo lo propio en el Reforma. En las páginas de La Jornada  la “pureza ideológica” es parte de su esencia pero muchos como Woldenberg terminaron satanizados por ser “parte del sistema”.

Cuando dio a luz este rotativo brillaba en el firmamento de los medios como un diario independiente y comprometido con sus lectores. Intelectuales de varias partes del mundo concurrían en sus páginas, le daban lustre y prestigio. Pero de a poco se fue extraviando en el horizonte al convertirse en un instrumento de propaganda al servicio del lopezobradorismo que desde el poder los recompensa con cientos de millones de pesos en contratos de “publicidad”. Por esa razón la lucha del subcomandante Marcos (ahora Galeano) dejó de existir en el mundo de La Jornada.  Entre Marcos y Obrador, Carmen Lira se decantó por el tabasqueño.

Cuando se cumplieron los primeros 25 años del periódico, el activista y coordinador de las páginas de opinión Luis Hernández Navarro realizó el siguiente apunte:

En un entorno en que los medios sirven para hablar –o lucrar con el poder, La Jornada se fundó para que la sociedad hablara entre sí. En una industria en la que la prensa es un negocio de empresarios o instrumento de políticos, La Jornada se forjó para divulgar y opinar sobre los problemas sustantivos del momento. En una coyuntura política inclinada cada vez más a la derecha, el diario reivindicó, sin vergüenza alguna, un periodismo de izquierdas, plural y democrático. Cierto.

Pero el proyecto fue perdiendo su encanto. En los primeros años comenzó la diáspora en las filas del periódico. El cruce de intereses provocó las primeras rupturas. Una de ellas fue la de Miguel Ángel Granados Chapa quien toda su vida sostuvo que “los verdaderos periodistas no deben ser socios de políticos”. Como Héctor Aguilar Camín, Granados Chapa y Humberto Mussachio (quienes compartían cargos directivos) eran partidarios de los derechos sindicales, también dijeron adiós a principios de los noventa, cuando en esos años coincidentemente se fraguaba el arribo de La Maestra como “colaboradora” especial en las páginas de La Jornada. En la cúspide de su cacicazgo Elba Esther Gordillo fue recibida con bombos y platillos. Se estrenó como colaboradora estrella en 1992 hablando de “cultura sindical” y se mantuvo inalterable hasta el 3 de diciembre de 2001. Después de casi diez años de colaborar hombro a hombro compartiendo los “ideales” de La Jornada, La Maestra dijo adiós y el diario desató entonces una feroz campaña en su contra.

Octavio Rodríguez Araujo y Luis González de Alba –dos conspicuos intelectuales de la izquierda como otros más salieron también de las páginas de La Jornada. González de Alba demandó a la escritora Elena Poniatowska por algunas diferencias en su texto de La Noche de Tlatelolco hechos que se dirimieron por la vía legal. Por ese pleito Carlos Monsiváis quien apoyó a Poniatowska amagó a Carmen Lira con su permanencia en La Jornada: “O González de Alba o yo”.

Las pugnas internas florecieron con la llegada de Carmen Lira a la dirección provocando una crisis editorial y un manejo cuestionable de sus finanzas, en tanto ella se empoderaba y comenzaba a amasar una fortuna personal. El sindicato entonces se convirtió en un lastre.

Jaime Avilés –el periodista más cercano a Obrador cuestionó la descomposición interna del diario lo cual le costaría su salida.

Lira ejerció mano dura contra el Sindicato Independiente de Trabajadores de La Jornada (Sitrajor). Ante los abusos de la directora, Avilés defendió a una veintena de afiliados al Sitrajor que terminaron puestos en la calle.

Jaime Avilés cuestionó la política editorial y escribió:

“Qué mala decisión tomaron Carmen Lira y su patibulario número dos, el tránsfuga de ETA o de Grapo, el acaudalado Josetxo Zaldúa, corrupto entre los corruptos, capataz de mis queridos compañeros de redacción y de oficio, al negarse a investigar y denunciar la masiva compra de votos que llevaba a cabo el PRI, en preparación del fraude que ahora ha arrastrado a México hasta la orilla de un abismo en que tal vez nada podrá evitar que se hunda, si se concreta la privatización de Pemex.

“Qué deprimente fue ver, en la semana que termina, el hecho insólito de que La Jornada se alineara con Milenio, Crónica, La Razón y demás excrecencias, para mentir diciendo que un policía estaba ‘en coma’ después de ser ‘herido’ por un maestro de la CNTE. O qué emético, es decir, vomitivo, fue el desplegado a toda plana que salió un día antes, firmado por el gobernador de Chihuahua, según el cual ´Ciudad Juárez es de nuevo una de las ciudades más seguras del mundo´”.

Avilés cuestionó: “¿Cuánto tiempo más habrá de transcurrir para que los trabajadores de ese diario le digan a Carmen Lira que su maravilloso e histórico ciclo ha concluido y que debe retirarse antes que esta decadencia lo empañe? ¿Qué se necesita para convencerla de que pase a retiro a Josetxo, para que ese soldado de fortuna se lleve también a los miembros de su camarilla de vividores, como el tuerto del ojo de vidrio que le lleva el whisky noche tras noche? ¿Qué debemos hacer para que La Jornada vuelva a enderezar el rumbo?.

“Perdón por haberme extendido tanto, pero el país atraviesa por un momento espantoso y la cuenta regresiva para el naufragio final avanza aceleradamente. ¿Logrará Morena evitar la privatización de Pemex? ¿Lograremos los habitantes del DF librarnos de Mancera? ¿Lograrán los periodistas de La Jornada iniciar una nueva etapa de lucha y de éxito?”.

Avilés cuestionó con firmeza la corrupción de los más allegados a Carmen Lira: Josetxo y Miguel Ángel Velázquez, quienes ostentan con descaro su riqueza. Velázquez, al que Carlos Ahumada balconeó en su libro Derecho de Réplica como un “chayotero”.

Políticos como el exjefe de Gobierno Miguel Ángel Mancera y el exgobernador de Oaxaca José Murat dejaron huellas de la corrupción en La Jornada de la que se beneficiaron unos cuantos.

Eternizada en el cargo Carmen Lira mantiene subordinada a La Jornada a los intereses de su compadre, el presidente Obrador quien a cambio les ha abierto las arcas públicas.

Para Obrador, los demás medios son “pasquines inmundos” que merecen su desprecio y sus burlas.

La Jornada terminó como instrumento político de la cuarta transformación, mientras el gobierno de Obrador hace una asignación facciosa de la publicidad oficial. La Jornada es un ejemplo de ello.