La pandemia de la Gelaguetza

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Gerardo Garfias Ruiz

En la década de los setenta del siglo pasa- do cobró auge interno y externo la escenificación de la llamada Guelaguetza una vez que después de al menos tres intentos fallidos por darle un nuevo impulso a lo que en sus orígenes por un fenómeno natural que afectó la vida cotidiana como lo hoy lo hace el Covid-19 se conoció como homenaje racial y que la inventiva bastante imaginativa proveniente de nuestra ancestral cultura oral hizo crecer como contagios de la terrible pandemia que hoy nos aqueja con consejas, narrativas, puestas en es- cena, música, coreografías creadas exprofeso, así como montajes de supuestas historias de nuestros orígenes así como una mezcolanza de danzas, dramas y relatos que como en las épocas del nacionalismo revolucionario ensalzaban y magnificaban un pasado y un origen glorioso que en poco se asemejaba o tenía que ver con los herederos de carne y hueso que entonces como ahora son parte fundamental de las ignominiosas estadísticas de pobreza y marginación. Del origen motivador que se pensó entonces fue transformándose en un espectáculo hechizo que combinó cada vez menos algunas danzas y prácticas tradicionales con bailables y coreografías que a la fecha son las que más impresionan y gustan a los foráneos en que los brincos, los saltos cuasi circenses y la uniformidad multitudinaria producen emociones y aspavientos de los espectadores que así compensan farragosas escenificaciones teatralizadas de ceremonias y fiestas tradicionales que algunas veces se presentan.

A finales de los ochentas esta escenificación que ya tenía un arraigo bastante exitoso, costaba en ese entonces más de cien millones de pesos que programados en el presupuesto anual de la Dirección de Educación, Cultura y Bienestar era ejercido con todos los vicios y virtudes que han caracterizado a las administraciones gubernamentales para el avituallamiento de las llamadas “delegaciones”, transporte, hospedaje, alimentación, gastos en general y sobre todo para la adquisición de los presentes que cada una de ellas daba al final de su presentación, así como los gastos de publicidad, arreglo y adecuación del auditorio y los pagos a la orquesta que en ese entonces era la única con detallitos como la compra de uniformes y hasta calzado para que pudieran participar en tanto logro sindical. Como partes sustanciales cual flora parasita del cada vez más redituable evento se constituyó e institucionalizó un sui géneris grupo auto denominado “comité de autenticidad” que desde entonces se conformó por “expertos” de los bailables originarios con perfiles que en la actualidad continúan prevaleciendo en la opacidad y en la duda científica de su conocimiento y sobre todo en el sustento de los criterios que lo mismo hacen exigir el uso de aditamentos como los cacles, la obligación de tener una actitud sumisa y a la altura de los indios de los filmes de la época de oro del cine mexicano que bailar y saltar como principio de originalidad y salvaguarda de lo que con ciben como tradición. Por supuesto que, aun- que en un pasado sexenio en que la revuelta social produjo ene guelaguetzas incluyendo la auto llamada “democrática” que curiosamente como otros símbolos de esa expresión política es un reciclaje de lo que dicen repeler la repiten aún con el presídium en donde los bailadores en turno van a rendir pleitesía los mismo al gobernante en turno para lo que ahora se cono- ce como la oficial que a los líderes de ese movimiento en la de Avant Gard.

De los resultados oficiales reportados en el año 2019 que fueron más de 400 millones de pesos se desconoce la aportación real y exacta que hasta finales del siglo pasado era negocio redondo para la iniciativa privada del sector turístico y de servicios ya que el grueso del costo de la escenificación corría a cargo del gobierno estatal que todos los años recibía críticas y presiones de intermediarios, artesanos, ambulan- tes, taxistas, medios y comunicadores y sobre todo de los dueños de negocios y prestadores de servicios para lograr desde simples cortesías para las entradas al evento, concesiones y permisos para expender alimentos, bebidas y artesanías, la ocupación preferente de hoteles y restaurantes a costa del erario así como publicidad, regalos y participación preferente en  comidas y celebraciones aledañas. Una buena cantidad de estas características no han cambiado en lo esencial salvo la cada vez más escenificación de bailables y ceremonias hechizas, la duplicación de las presentaciones, el techado del auditorio, la utilización de los grupos musicales de cada delegación y la cada vez mayor exclusión por motivos políticos del partido gobernante en turno, el origen regional de los ejecutivos y la imposición con ignorancia supina creciente del citado comité de autenticidad. En la revuelta social de principios de este siglo se tuvo que suspender la celebración del evento por el clima de inseguridad, enfrentamiento y violencia sin que hubiera mayor descontento al menos expreso de los que se benefician económicamente sin invertirle lo mínimo para una vez pasada la contingencia social de ese entonces, conformar las actuales características que lo conforman con la casi profesionalización del evento como un espectáculo-negocio con medidas y acciones como la venta de boletos por medio de los canales comerciales, sin que ello signifique que el pirataje y la reventa se eviten, la presentación preferente de bailables y escenificaciones que el público aclama que por cier- to no son las pocas danzas o representaciones tradicionales, la numeración y ordenamiento de los espacios así como la parafernalia guber- namental de presidir el evento.

Es en los primeros años de este siglo en que sobre todo los medios y la comentocracia local acuñan los calificativos de “la máxima fiesta de los oaxaqueños”, “la fiesta cultural de Amé- rica”, “el alma cultural de México” y otros epítetos francamente kitsch y localistas y paradójicamente se va perdiendo lo poco de tradición que arrastró desde su origen para convertirse en un negocio redituable que es necesario saber con transparencia y precisión para quién, en que la población local es lo menos importan- te si alguna vez lo fue en tanto espectadores y lo mismo se pueden presentar “guelaguetzas” en cada uno de los municipios conurbados, de personas de la tercera edad, de vivillas usando a niños con discapacidades, escuelas y los inefables espectáculos-negocio de los hoteles de la capital estatal. Así como una buena cantidad de expresiones que alguna vez fueron parte sustancial de la cosmovisión y formas de vida de los Pueblos y Comunidades Originarias, como sucede sobre todo en los estados del Sureste del País, son expoliadas y utilizadas por parte de sectores y grupos de poder que las manipulan lo mismo para tratar de justificar una posición de nativismo trasnochado en que el indio muerto es el bueno y no el que se debate en la pobreza y la explotación actuales, la justificación de acciones gubernamentales en una rara y mistificada política calificada de cultural y turística, la ganancia sin invertir de la iniciativa privada que aprovecha para medrar, esquilmar y obtener ganancias fáciles aun cuando en estas celebraciones les nieguen y expulsen de sus negocios a los ambulantes justo de los pueblos y comunidades originarias, las notas, análisis y comentarios que todos los años se debaten en si lo que se presenta es original o que cada vez es menos tradicional y lo que es inverosímil, el cambio de lo poco que ha tenido esta escenificación al convertir los profesores en las escuelas de educación básica en el modelo para sus bailables escolares con la exigencia para sus alumnos de bailar bien “como lo hacen en la guelaguetza”.

Para los 417 municipios y para las más de 11 mil comunidades originarias el evento no representa mucho para su cotidianidad ni mu- cho menos para sus expresiones culturales en una entidad de la Federación en que la pluralidad y la expresión de culturas diferentes se dan día a día para la mayoría de sus instituciones comunitarias, para sus formas de organización, para el ejercicio y aplicación de sus formas de gobernarse, para aplicar la justicia en que el derecho colectivo es prevalente al derecho individual en que la reparación del daño está por sobre el castigo corporal, en que el servicio comunitario solidario que no gratuito como clasificación mercantil, le da el reconocimiento y respeto de sus comunes, un servicio comunitario que les permite si así lo mandata la asamblea ser autoridad en un escalafón comunitario que no distingue por sexo, preparación o acumulación sino por servicio y solidaridad comunitarias. Ni mejores ni peores: Solo diferentes, con sus derechos colectivos a menos en papel a salvo y que sus organizaciones y culturas son el valladar de pandemias que han sufrido desde hace siglos tanto en la salud como las que trajeron los conquistadores y que menguó en más del 90% a su población y también en la expoliación de sus culturas que curiosamente en Oaxaca están protegidas en la ley reglamentaria del artículo 16 de la Constitución lo- cal que bien puede ser la vacuna y tratamiento para el virus que ha querido durante cientos de años no solo contaminarlas sino aún usufructuarlas impunemente sin que hasta ahora haya una participación decidida y firme de las autoridades competentes y al menos la pandemia actual les evitó aunque sea temporalmente la usurpación y deformación de sus culturas.

Publicado originalmente en Cuadernos de la Pandemia Nº 5