Sobre mi próximo libro: Entre sodas y refrescos, traguitos de recuerdos

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Casi todos los libros que he escrito me han dolido. Y los que no, los he disfrutado menos.

Escribir implica ordenar el pensamiento y al ordenar el pensamiento salir avante sino sientes horror de ti mismo. Y no sólo porque el esfuerzo intelectual está acompañado de aquello que llamamos consistencia sino porque este implica mirar todas las coordenadas que a nuestra capacidad sea dable. Luego, al expresar las convicciones o las sensaciones, hay que buscar el vocablo preciso que vuela como mariposa deslizada a los caprichos del aire.

Escribir es un acto de solitario porque eres tu quien trasciendes a través de las palabras si es que esculpes el ángel que ahí estaba, como dijo Miguel Ángel, en las entrañas de la razón o en los vericuetos de los sentimientos.

Por lo antedicho, escribir es sufrir porque es un acto en el que, sobre todo, te observas a ti mismo en la imagen implacable de una pantalla en blanco. Y también porque, como ya dije, sabes que estás solo en la intemperancia y también ausente de quienes amas porque estás cubriendo un tiempo que, al carecer de la ubicuidad, te impide consolar el llanto de tu hijo o abrazar el diente que mañana el ratón se llevará a cambió de algunas monedas. Te quita los besos que sólo en las letras imaginas, te roba el baile o el canto y, a veces, te arrebata esa llamada eternamente pospuesta a tu madre o a tu tía o al amigo. Escribir es un acto que define prioridades y delimita heridas.

Hace varias semanas terminé de escribir unos tragos de recuerdos relacionados con los refrescos y, en un par de meses, será publicado el libro. Me dolió, como todos, así como cuando escribí sobre el periodismo de ficción de Carmen Aristegui, pues lo hice animado por haber sido una víctima de su periodismo rapaz que me endilgó una transgresión ética que nunca tuve. Pero este es el libro que más me ha dolido además, por los tremendos dolores a los que me somete mi hígado lastimado. Y a los que, si tengo fortuna, veré fin cuando sea el reemplazado. Mientras, durante poco más de tres meses, averigüé y reavivé los recuerdos con el dolor que siempre implican, y el placer también, junto con el otro dolor, el físico. En mi caso, entonces, escribir implica acostumbrarse a vivir con el dolor, de día y de noche, dormido o despierto. Y frente a la pantalla no poder exorcizarlo sino, en todo caso, mezclarlo con el que implica estructurar el pensamiento y atrapar la mariposa convertida en palabra.

Pronto tendrán ustedes el libro en sus manos; haré una preventa para hacerme de recursos y dedicarlos a expandir aún más el libro porque es una asignatura conmigo mismo. Como lo fue Chiapas, la Guerra en el papel, Delirios o La borrachera democrática, pero además en la doble tesitura de expandir la convicción de que somos nuestras raíces y porque quiero estar en cada uno de ustedes, compartir mis anhelos, los recuerdos que estoy seguro son de muchos, no solo míos, y, egoístamente, dividir mi dolor, el físico y el de revisitarse desde la niñez, para así atemperarlo, quizá. Con una convicción: donde hay dolor existe su opuesto. Le nombramos alegría y cada uno de nosotros la esculpimos para que vuele libre, como ese ángel del que habló Miguel Ángel.