Gustav Meyrink y la calle de los tilos en flor

0
78

Víctor González-Quevedo

Mientras un sol radiante invade la calle de los tilos, la seriedad no serializada (sino temporalmente ínclita aunque apesadumbrada) del ser, se aviene a la flebotomía del constructo psicosocial, tan frágil a pesar de todo esfuerzo, y con la varianza propia de una estalactita mucosa, no obstante idéntica a sí misma solamente (y con la invasiva vocación intacta). Es la muerte acaso una novela de Gustav Meyrink, que escribió todo novelones increíbles salvo quizás «Chiddar el Verde», cuyo título nos recuerda a «Sir Gawain o el caballero verde», obra maestra de la literatura medieval anglosajona, con patrón aliterativo delicioso y trama muy interesante en su alegorismo, como las obras de Chrétien de Troyes, inventor o reinventor de la novela occidental, según se atestigua por ahí.

Pero volvamos a Meyrink: se halla en una estancia, en la ruina, dispuesto a autodescerrajarse un tiro, pero una mano que debió ser tan extraña como la Providencia le subtiende por debajo de la puerta una nota o carta disuasoria del suicidio, y el gran escritor de Praga entonces guarda el revólver, escribe «El Golem» y triunfa merecidamente, a pesar de ciertas condiciones contractuales, más hircanas que leoninas, que le hacen perder muchos ingresos. He leído sus novelas desde hace años y las releo ahora, y me parece estar asistiendo al milagro de la transubstanciación: defino transubstanciación como el paso de la sustancia material a la sustancia esencial, o lo que es similar, como la promoción de la res cogitans hacia el nivel de la res extática, tras el vaciado semiúrgico y energético de la res extensa: ésa debería ser la gran transubstanciación, y no una alquimia demasiado amarilla.

Mientras tanto, paro mientes en que los tilos sueltan sus sustancias aéreas en cualidad de regalo y de excrecencia (¿he ahí una mística?), y entonces recuerdo a los dientes de león planeando sin pensar, sólo volando por todas partes, en aquella villa en la cual nosotros no éramos villanía, como tal fue en verdad. El hermeneuta, pues, ha sido previamente hermenauta, y ha navegado de tal guisa entre todo aquel material alumínico que los demás conocen por debajo de la mitad y que él conoce por mayorías cualitativas, experienciales, simbólicas: los coturnos de la tranquilidad se le han caído por siete veces, y bajo los sombrajos de la piscina pública los afectados de terribles parálisis cerebrales componen un extraño lienzo físico, que remite no se sabe si al exceso, a la pureza, al pecado de la humanidad o a la transubstanciación por transporte espiritual de las figuras, siendo más concretamente algo triste y duro.

Noventa y siete años (por otro lado) de un familiar son demasiados para una vida, pero una nadería para la muerte, aunque la esencia no se quiebre únicamente en el «hic et nunc»: el anciano consejo de inmortales quizás la esté escrutando, deliberando tal vez con ella acerca de alguna cuestión (su fe era fortísima), tête-à-tête con su resurrección, mientras la gracia de los inmortales es libérrima, sobre todo para ellos mismos (autoidentificación extática), pero tal vez no para quien contempla las naturalísticamente plenarias imágenes de esta floración, que se sabe tan caduca y pasajera.

Desplazando el tema, quizás el verano no morirá jamás, pero sí lo ha hecho la frescura del viejo caserón, irrepetible: siempre estaba frío sin friolencia en su interior, incluso bajo 36 grados centígrados, como los 36 duendes de la sabiduría autómata y maquinal de la psique, únicamente reelaborada en la ciudad fantasmal de Oniria. Nosotros hemos atravesado una muerte metamórfica, por lo tanto es un óbito con semántica, de la cual únicamente queda aquí un símbolo tan ardiente como inaquietable, especie de cebo de Abraxas, el desquiciamiento frágil de un instante arduo frente a la mirífisis eternal. Los sartorios besados en un pasado corroído se transforman en humo toda vez desaparecidos los tósigos ritualísticos y caducado el tiempo de la estéril plegaria exotérica. Fuera de la calle de los tilos, cuando nos dirigimos a algún cafetín, atravesamos tensionados el centro de la ciudad (arco demenciable, suspicaz neurosis cuasiparanoide), cuyas travesías repletas de una energía malsana pero indetectable relucen como un cristal negro, en el sahumerio de la desesperanza y el trance.

El sueño más pulsional nos conecta a unas imágenes correctivas de la actualidad y de la realidad, aunque más a esta última que a la primera, pues lo real es algo más que lo fáctico, adoptando escorzos psíquicos, tremendistas. Menudean entonces ciertas preguntas acerca de la impredecibilidad: un espejo refleja a un carnicero provisto de flebótomo en mano, y el reflejo consiste en un antaño amable cirujano empuñando un cuchillo de dimensiones tremendas, por haber perdido a Artemisa en todas las ocasiones y batallas que la oscuridad, más acá del concepto, le ha pendido y prendido en el alma. Es tan sólo una representación que se yuxtapone a los tilos en flor, tilos en flor con problemas, lejos de la quietud y sometidos aún a la directriz, perversa y no se sabe si reeducable, de las espinas amargas de una rosa muerta en apariencia, cuando empieza a pudrirse, y aparecen orquídeas en la gorgónica cabeza…

Escritor español.

Publicado originalmente en elimparcial.es