Los nombres del presidente

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En otra ocasión, Dios habló con Moisés y le dijo: “Yo soy el Señor. Me aparecí a Abraham, a Isaac y a Jacob bajo el nombre de Dios Todopoderoso, pero no les revelé mi verdadero nombre, que es el Señor

  • Éxodo 6: 2-3

La capacidad de nombrar las cosas nos distingue de los animales. En ese acto, las definimos y les otorgamos un contorno y atributos. Tan importante es, que gracias a ello podemos construir con los demás una visión compartida del mundo, sentando las bases para nuestra comunicación.

Es del interés de todo Estado fomentar un habla común, donde se plasme la identidad colectiva. Todavía más, numerosos líderes en fechas recientes han buscado legitimarse a partir de la forma que hablan, e implantan expresiones entre sus seguidores. En consecuencia, el lenguaje también se convierte en el vínculo de diferenciación de un grupo y, por ende, una manera de polarizar a sus sociedades entre propios y ajenos.

López Obrador no es distinto en sus estrategias lingüísticas. Llevamos años hablando como él, sea por adhesión o burla, de tal forma que hemos incorporado a nuestro lenguaje expresiones como “no lo tiene ni Obama”, “frijol con gorgojo”, “me canso ganso” e innumerables otros, ayudando a que defina los términos de la discusión pública y haciendo que juguemos en su lado de la cancha. ¿O no se han fijado cómo las va dosificando con regularidad, mientras las repetimos incansablemente en redes sociales?

La semana pasada, el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial (IMPI) otorgó a Andrés Manuel López Obrador y a Beatriz Gutiérrez Müller el registro de sus nombres y siglas como marca. Con esta decisión, el presidente y su esposa podrán tener los derechos de marca sobre todos aquellos productos o servicios de publicidad, gestión de negocios comerciales, entretenimiento, actividades deportivas y culturales que pretendan comercializar con su nombre. Una vez más, está volviendo a manipular nuestro lenguaje público al nombrarlo.

Existe un antecedente de una figura pública que registró su nombre para efectos comerciales: Germán Dehesa durante los años noventa del siglo pasado. Aunque la intención era proteger su imagen ante la posibilidad que fuera satirizado en un programa de títeres que había en la televisión, el acto hizo que se requiriese su autorización para dominios de internet y demás formas de divulgación.

Aunque la medida se entendería para una figura pública común, ¿por qué lo haría el presidente si, por el carácter de sus funciones, debería estar acostumbrado a ser nombrado en todo contexto? Además, seamos sinceros: no necesita que usemos sus sigas para saber quién es. Incluso al inicio de la campaña presidencial de 2018 implantó una expresión que lo caracterizó durante todo el proceso electoral: Ya Saben Quién.

Si su nombre no puede ser usado en contextos cotidianos, como el nombre de la divinidad en la Biblia, entonces la estrategia es dejar que cada grupo, sea simpatizante u opositor, use el que más le convenga para designarlo –también como se ve una y otra vez en las escrituras cristianas.

Al usar cada grupo un nombre distinto, éste tendrá una carga psicológica determinada para quienes no pertenezcan a ese círculo. En consecuencia, las diferencias en nombrar al gobernante ahondarán más la polarización, gracias a la pérdida de referentes comunes para comunicarse –como en el relato de Babel.

¿Lo dudan? Basta con revisar apresuradamente las redes sociales para ver cómo los opositores ya están elaborando una larga letanía de nombres insultantes, y los simpatizantes expresiones coloquiales como muestra de cariño, desde “KKS” hasta “peje”.

¿Qué hacer? Si cada nombre tendrá una carga emocional, orientada a segmentar y polarizar, la mejor apuesta será usar el término más neutral posible, para desarticular pasiones. ¿Cómo ven si nos referimos a él simple y llanamente como presidente, sin intentar siquiera entrecomillarlo como presunta declaración de ironía?

@FernandoDworak