Historia de la democracia priísta (6) Intelectuales y políticos priístas secuestraron la transición

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Aunque no de manera directa, el primer campanazo contra el autoritarismo priísta y por ende interpretado como primera demanda democratizadora del régimen priista ocurrió en el movimiento estudiantil del 68. Si bien el pliego petitorio de agosto no hablaba de democracia, si establecía nuevas formas de respeto a la disidencia como oposición y no como conductas insurgentes de rebelión tipificadas como delitos por el severo código penal.

La reforma democrática de López Portillo de 1977-1978 fue una iniciativa del gobierno que tomó a la oposición de izquierda fuera de base. La clave de esa iniciativa fue la legalización del semiclandestino Partido Comunista Mexicano, a quien le acreditaban la paternidad de los movimientos de oposición legal e ilegal como la guerrilla. La institucionalización del PCM le bajó presión a la lucha social en las calles y en las trincheras de movimientos armados. Tampoco en esa ocasión pudo la oposición construir una demanda de democracia formal.

El fraude electoral de 1988 fue el detonador de la disputa por la democracia, sobre todo porque el movimiento priísta de Cuauhtémoc Cárdenas de 1986-1987 sí supo asumir el concepto de democratización. De 1988 a 1994 se dio una guerra de posiciones entre élites políticas en torno a la democracia, sobre todo por el triunfalismo del presidente Carlos Salinas en la firma del Tratado de Comercio Libre. La oposición que había brillado en 1988 fue aplastada en 1991 por la operación política del PRI para recuperar posiciones en las intermedias, con Luis Donaldo Colosio y Manuel Camacho Solís al frente.

El alzamiento zapatista guerrillero en enero de 1994, la movilización de la sociedad contra la violencia y la división en el gabinete salinista ante las salidas de negociación o aplastamiento militar de la rebelión, con la descomposición del clima político que tuvo su punto culminante con el asesinato del candidato priísta Luis Donaldo Colosio, crearon el ambiente de un posible colapso político en las elecciones. En medio de la incertidumbre la élite política sistémica se movió para crear un movimiento por la democracia. Pero no se trató de una movilización de demócratas o bases sociales, sino de intelectuales, políticos fuera del espacio salinista y opositores sin capacidad en sus partidos.

La élite configuró el llamado Grupo San Angel, todos ellos con voces críticas o disidentes, pero dentro del sistema/régimen/Estado priísta: escritores, analistas, profesores universitarios, intelectuales, políticos en funciones buscando espacios independientes, actores y actrices y sobre todo casi toda la Corriente Democrática cardenista del PRI de 1988 sin Cuauhtémoc Cárdenas. La tesis del grupo era el temor a un “choque de trenes” en las elecciones y la posibilidad de construir una presidencia interina de la república no partidista. Los partidos en campaña marcaron distancia del grupo y recibieron sus recomendaciones, además de que mantuvieron observadores en las reuniones.

Los intelectuales fueron usados por Salinas de Gortari para apropiarse de la lucha democrática. Al frente estuvo Héctor Aguilar Camín, sin que Octavio Paz y la revista Vuelta participaran en las deliberaciones. Salinas había adelantado en 1990 la transformación de la Comisión Federal Electoral encabezada por el secretario de Gobernación en el Instituto Federal Electoral con consejeros ciudadanos, pero también encabezada por Gobernación. La segunda generación de consejeros ciudadanos electorales, aprobada por Salinas, estuvo formada por miembros de la sociedad civil que quería una reforma controlada del sistema priistas: Woldenberg, Miguel Angel Granados Chapa, Santiago Creel Miranda, José Agustín Ortiz Pinchetti, Ricardo Pozas Horcasitas y Fernando Zertuche Muñoz. Este consejo no cambió las reglas del juego, sólo garantizó elecciones un poco más limpias.

El avance democrático formal con la autonomía total del IFE en 1996 no cambió las cosas porque no modificó el sistema de partidos ni el modelo de representación política, sino tan sólo fue dificultando los viejos métodos de fraude electoral priísta. La alternancia partidista en la presidencia en el 2000 no fue una decisión democrática, sino la incapacidad de Zedillo para operar un fraude que sería escandaloso y la garantía del PAN de que no cambiaria el modelo económico neoliberal ni el sistema de democracia procedimental. La izquierda socialista-comunista del PCM se disolvió en 1989 y de sus cenizas emergió el sector neocardenista del PRI. Hasta el 2000 ninguna fuerza política con poder real estaba en condiciones de plantear la reforma del sistema o del régimen. El regreso del PRI a la presidencia en el 2012 fue la confirmación de que la transición a la democracia había quedado en una mera reforma de procedimientos electorales entre fuerzas políticas formadas dentro del PRI.

Desde el 2000 el grupo Nexos de Aguilar Camín se apropió de las banderas de la democratización. El grupo Paz se deshizo a la muerte del poeta y su sucesor Enrique Krauze, autor de libros sobre democracia, no pudo sobresalir en el debate callejero de la democratización. La capacidad de presencia en el ambiente mediático a través de Nexos fue mayor a la de Letras Libres. Desde su salida de la presidencia del IFE en 2003, José Woldenberg –que fue director de Nexos cinco años– se ha dedicado a publicar su modelo de transición como el válido.

Este modelo de democracia se reduce al libre ejercicio del voto y al recuento sin interferencias gubernamentales. Sin embargo, la democracia en mucho más: es el equilibrio entre las clases productivas para el reparto de la riqueza social y el acceso de la sociedad a la determinación de designar y evaluar a sus gobernantes.

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