¿Por qué no renuncia?, un sexenio perdido

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La incompetencia del presidente Obrador está fuera de toda duda. Es imposible que a estas alturas de su gobierno remonte la gran crisis que agobia al país. Las metas que se trazó difícilmente se cumplirán.

Cuando presentó su Plan Nacional de Desarrollo prometió las perlas de la virgen. Lo peor que pudo hacer fue meter su mano en la elaboración del documento. No había ninguna necesidad de hacerlo y desestimó el trabajo de los expertos.

Un presidente que no entiende cómo funciona la economía y que se rige por sus ocurrencias. Simplemente no tiene la capacidad de análisis porque no está preparado para ejercer un cargo de tal envergadura.

Lo dijo sin rubor: “salgo al escenario todas las mañanas y hablo de lo que siento. No analizo”.

Lo mismo ocurre en sus juntas de trabajo. En las reuniones no deja hablar a su equipo de colaboradores y cuando hablan, no los escucha y termina por imponer sus caprichos.

Una y otra vez cuando presenta sus informes a lo largo del año hace cuentas alegres y aburre. Sus informes se convierten en un fastidio como sus mañaneras.

Se ha pasado todo el tiempo quejándose de las pasadas administraciones y su cantaleta es la misma. Todo es culpa de la corrupción.

Lo más sensato es que renuncie. Que se vaya.

En cualquier empresa cuando un ejecutivo no entrega resultados y pone pretextos para todo es echado a patadas.

Obrador está obligado a rendir cuentas a los mexicanos. Debe transparentar su gobierno. Por desgracia reina la opacidad. Pero él siempre alega para todo que tiene otros datos.

Cuando llegó al poder prometió resultados y se comprometió a transformar el país en una auténtica democracia. Lo primero que iba hacer –según él– era implantar un nuevo régimen en sustitución “del modelo neoliberal neoporfirista” para resolver la corrupción, la inseguridad y la violencia.

En todo ello ha fallado. Los resultados, hasta ahora, son incluso peor que los de sus antecesores.

“Vamos por el camino de todo nuevo”, prometió cuando señaló que el país llevaba 36 años “sin un plan de desarrollo apegado a nuestras necesidades”.

Lo que importa a la gente –decía Obrador– es saber cómo se va a reactivar la economía, cómo se va a garantizar el bienestar de los mexicanos.

Vamos acabar –insistía– con las llamadas reformas estructurales, se va a priorizar el bienestar y no el lucro.

“La Cuarta Transformación significa un cambio de mentalidad… una revolución de las conciencias”.

Para él, todo estaba mal a partir de la llegada de los tecnócratas al poder a partir del sexenio de Miguel de la Madrid pasando por la alternancia del PAN hasta llegar a Peña Nieto con el regreso del PRI a Los Pinos.

Todo quedó en palabrería. En lugar de transformar al país, hay un severo retroceso. En términos prácticos el gobierno de Obrador en materia económica es más neoliberal que las administraciones anteriores. En lo político es más populista que los gobiernos de Echeverría y López Portillo.

En la práctica todo es improvisación comenzando por las peroratas de las mañaneras y las acciones de gobierno, los ejemplos más claros son la “estrategia” para enfrentar la crisis sanitaria y la política de seguridad para enfrentar la violencia del crimen organizado.

No se puede hablar de grandes logros, cuando la cruda realidad nos anticipa que el de Obrador será un sexenio perdido.

En materia económica se registra el peor de los escenarios. Obrador recibió al país en una situación inmejorable tanto en las reservas del Banco de México como el Fondo de Estabilización.

Lo malo es que se han tomado decisiones de política económica equivocadas con obras polémicas como la refinería de Dos Bocas, el Tren Maya y el Aeropuerto de Santa Lucía.

El modelo que pretendía Obrador era el de continuar por la senda del llamado “milagro mexicano”, pero resultó un espejismo a la hora de enfrentarse a la realidad.

Sin experiencia mínima en materia económica y con enormes prejuicios por el tema del Fobaproa, Obrador sigue anclado en el pasado, por lo que su falta de visión hace prácticamente imposible que se tomen las medidas adecuadas para amortiguar el impacto negativo de la economía derivado de la crisis provocada por la pandemia. Por ejemplo, equivocadamente no se recurre a la deuda pública para obtener recursos a menor costo y reactivar la economía.

Estamos en el peor momento con el peor gobierno y con el peor presidente que se recuerda. Cada vez es mayor la evidencia de su incompetencia, la eficacia del discurso obradorista ha ido minando.

Se suponía que la cuarta transformación traería nuevas ideas y expresiones, pero la ideología y el lenguaje están anclados en el pasado.

Es significativo el vacío como la interpretación de los símbolos, las imágenes, los mitos y las evocaciones.

Es pertinente que el presidente contemple su renuncia. No es descabellado asumirlo. El país reclama un verdadero liderazgo no un político charlatán que sale al escenario a ver qué se le ocurre todas las mañanas con un discurso hostil e irrespetuoso contra quién sea.

Ya basta de la repetición de conjuros.

Es imposible que el presidente se vaya a dormir todas las noches como una fresca lechuga soñando que las decenas de miles de víctimas mortales de la pandemia y de la violencia son un “montaje”.