Literatura imposible 8: Efecto paloma

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Oscar González

Hegatzi quería a ese hombre, ¿qué duda cabía? Quizá no con esa pasión de las grandes novelas románticas que tanto le gustaba leer, no, su cariño era más parecido a eso que se siente por ciertos perros callejeros que, cuando uno pasa a su lado, lo comienzan a seguir. Por eso lloró cuando le avisaron de su muerte, y si hubiera sido necesario hasta pudo jurar sobre la biblia que al menos cuatro de las lágrimas que derramó fueron sinceras.

Tomás se llamaba. Tomás Colombe. Había venido de París hace unos 4 años y casi inmediatamente conoció a Hegatzi, por eso la relacionaba con casi todos los recuerdos de la capital: Al tomar el camión o salir del metro; cada vez que tropezaba con alguien en el centro; en las reuniones nocturnas; incluso al prender un cigarro, siempre estaba ella acechando detrás del humo, con sus grandes ojos fijos, citadinos, implacables.

Un parpadeo y la empresa que lo trajo a trabajar a la capital quebró. De nada valían sus largos recorridos a lo largo del Paseo de la Reforma, sus caminatas silenciosas por Chapultepéc o haberse acostumbrado al tránsito del centro de la ciudad. Realmente era inútil alegar que le faltaba un año para conseguir la nacionalidad, o todas las horas de radio en esa oficina gris. De pronto Tomás Colombe se encontró en medio de la calle sin trabajo, casi sin dinero y con el terrible presagio de volver a su país. No es que no quisiera volver, de hecho había algo en esa idea que siempre dio vueltas en su cabeza. Es sólo que le costó tanto acostumbrarse a esta nueva tierra, a su gente tan pulcra, al eterno ronroneo de la ciudad, y, sobre todo, ahí estaba Hegatzi. Dónde quedarían los grandes ojos de Hegatzi…

Quizá el error fue que su departamento estuviera en el cuarto piso, o que la ventana diera justo enfrente de un techo habitado por palomas. Si no hubiese contado de pronto con tanto tiempo libre, es posible que ni siquiera se hubiera percatado de su existencia. Pero su vida se convirtió en salir a comprar el periódico y llamar a las pocas instituciones que pudieran requerir a un ornitólogo extranjero al que poco a poco se le agotaba el dinero de la liquidación. Así que esperar pegado al teléfono que alguien respondiera a su mensaje de naufrago económico se convirtió en su único pasatiempo. Pero más que eso, lo que lo mantenía ahí, justo entre la ventana y el buró, era esperar la llamada de Hegatzi, con sus grandes ojos, con su voz pequeña y sus cines, cafés y conciertos, saludando al otro lado de la línea. Pero esa voz también se hizo cada vez más lejana y a él sólo le quedó la costumbre de quedarse junto a la ventana y mirar…

Que extraños seres son las palomas. A primera vista parecen sucias y un poco idiotas, siempre rodeadas de plumas y excrementos. Nerviosas, con ese monótono arrullo interminable y mirando con sus ojos redondos, sin realmente ver. Pero si descubren que traes un poco de alimento, entonces pierden el miedo y dejan que te acerques, no que las toques, pero sí que te acerques. Es ahí cuando, si se les mira detenidamente, ya no parecen tan sucias ni tan idiotas, incluso pudiera decirse que son hermosas. Esa manera de alzar el vuelo, de caminar despreocupadamente al filo de la cornisa, de mirar a través de uno con sus grandes ojos fijos. Las palomas, tan citadinas, tan lejanas al alcance de la mano. Si tan sólo pudieran hablar, si se pudiera conversar con ellas, si llamaran por teléfono… Ahí hay una más cercana y no se espanta al quererla alcanzar. Un poco más, es cosa de estirar la mano un poco más… No, es preciso salir un poco, tal vez sacando el otro pie… La cosa es que espere, que no se vaya a ir… ya casi… Sólo unos centímetros…

Hegatzi pensó un par de minutos si no sería muy inhumano dejar el funeral para ir al concierto con Raúl. Pero es que está tan lejos el panteón y además Raúl se ve tan guapo con esos boletos de milseiscientos pesos en la bolsa… No, definitivamente no da tiempo para las dos cosas, así que hay que decidir…

El funeral de Tomás fue como los de todos los extranjeros con pocos recursos que vienen a morirse aquí: Solitario. Apenas dos o tres excompañeros de trabajo y el familiar que tuvo que venir de su país para hacer los trámites. No más. En cambio, el concierto al otro lado de la ciudad estuvo a reventar. Hegatzi miró desde su asiento de tercera fila, con esos grandes ojos fijos, los enormes esfuerzos de Raúl, malabareando sobre la cabeza de la gente, para traerle su bolsa de palomitas y su refresco. Y pensó: Qué tierno, si sigue así tiene posibilidades de durar conmigo un poco más…