Emilio L.

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Con Emilio L. no deja de suceder: si la Justicia va lenta o no consigue entambarlo, la gente lo celebra siendo opositora a López Obrador. Ya no digamos si es priista. Lo que debería ofender es el desfalco al pueblo de México. Una especialmente acuciante bajo el PRI. Mas les divierte que no se haga justicia en la persona que corresponda hacer justicia, naturalmente.

Independientemente de las medidas cautelares que mandatan cosas tales como referirse de cierta manera como intitulo esta entrega, a un sujeto por todos conocido, o que a un detenido famoso todos lo identifiquemos, aunque le pongan una cintilla en los ojos “para exaltar que es inocente hasta que se demuestre lo contrario”, como prescribe la ley, ni más ni menos, pasa. Que ya luego se creían que no vendría a cantar y resulta que con el primer do de pecho del jilguero lanzado en la cara de una putrefacta clase política, han salido todos disparados cual buscapiés a decir tonterías tan grades como los discursos presidenciales del sexenio pasado, que lo fueron e insuperablemente, como todos sabemos.

De poco o nada sirven las negaciones, los desmentidos , las reculadas y menos aún, las despavoridas declaraciones de tono alto, tan alto como torpe quien las expresa, como le pasó al panista que dijo que eran declaraciones de un presunto delincuente.

Vamos, que la cosa es seria, aunque sea un concurso de gracejadas y necedades: Emilio L. está señalando a los que tiene que señalar, aunque le han dado 6 meses para hacerlo con mejor denuedo y esperaríamos que no le flaquee la memoria, porque ni le queda de otra (nada de lo que los amparos no resuelven) ni puede desdecirse de cooperar con una Justicia mexicana que no se politiza como tanto teme la priista Ruiz-Massieu –que si por la Justicia fuera, la mitad de su partido estaría en la cárcel, como lo sabemos todos– sino que sabe el hecho de que la Justicia siempre se mostrará politizada para quien no le conviene y para quienes han antepuesto  la política para fastidiar, sirviéndose de ella a sus anchas –léase del erario publico que pagamos todos– y siempre saldrá alguien con boberías como las de Ruiz-Massieu. La priista debería expresarse sin tanto apasionamiento, que para ridiculeces ya hizo bastantes el líder de su partido y sucesor diciendo que Emilio L. no era priista, como si serlo solo se considerara con credencial y cubeta regalada por sus promotores. Como si se llegara a dirigir a Pemex sin serlo, bajo un gobierno priista

¡No, señor! lo que en el tema este de Emilio L. destaca y es ofensivo, es que la gente se ofenda porque lo han traído y no por lo de Odebrecht, dicen, como si importara y prefirieran un éxito de tal frente al gobierno López Obrador, que no necesitan ni lo aplaudirían porque no lo tragan. De ahí a nada en decir que esto es un circo y tal.

Lo que ofende es que la gente se ofenda diciendo –como cierta prensa irresponsable y alcahueta de pasados recientes, que tanto les dio– que esto es circo –que sí, que lo es, que repetirlo no aporta nada, y no lo es para sus payasos, que es lo que tanto les duele– no sorprende sino a incautos, como a los que les sorprende que Bartlett tenga un gran patrimonio, mas adquirido mientras fue priista, no se olviden; porque se podía y se pudo y como lo demuestra Emilio L.. Y ofende que se le juzgue a Emilio L. por unos agronitroalgo y no por ponerle la mano encima a un priista destacado como él. Poner el acento en si este juicio sirve a López Obrador de distractor en vez de ver de qué tamaño fue el desfalco al pueblo de México, resulta decepcionante. Es no haber entendido cuatro cosas:

  1. a) Por mucho que se repita que nada sucede por casualidad en política, habrá tramas sueltas, libres, pues no es necesariamente ni concatenada ni hilvanada en automático.
  2. b) Reacciones como siempre, habrá variadas, pero que al final evaden, evitan ofenderse, si cabe, por lo verdaderamente importante: con el PRI se saqueó al México hasta lo indecible, el sexenio pasado y de múltiples maneras. Gente que desde cargos públicos dispuso a su antojo de beneficios indebidos pagados con el erario sostenido por el pueblo de México. Eso es lo que realmente debería de ofender y es en lo último en lo que se piensa. No aprendemos.
  3. c) Lo de Emilio L. sencillamente confirmaba lo que sabemos: el PRI saqueó a pasto. ¿Qué no fue Emilio L., bueno, el saqueo ahí quedó. Eso es lo que debería de ofender y si encima hay nombres, callará bocas de quienes de tiempo atrás solo han advertido un odio desquiciado contra este sexenio. Y claman pactos con el pasado, callando que fueron beneficiarios, empleados y trabajadores de anteriores sexenios, lo cual los coloca en la doble tesitura de la deshonestidad y la parcialidad mezquina que nada aporta y merece señalarse cuando expresan su malestar.

Por último, atendamos el manoseado argumento de que este juicio es un distractor. ¿Cuándo admitiremos que la gente no es tonta? ¿qué está con un ojo al gato y otro al garabato? ¿de que la gente va informada y aunque amplios sectores que debaten los temas públicos, diferencian cada cosa y las ponderan– así sea que elucubren– están en todo, menos desinformados o distraídos. Esa sonada argucia descalificadora de la capacidad ciudadana para atender e informarse, solo demerita al público y apunta a consagrar las inteligencias superiores de quienes lo afirman, frente al todo fuera de sí mismas, creyéndolo embotado. Y no, no estamos hablando de una sociedad embotada. Aunque todos conozcamos sí, a uno que otro, pues también los hay.

¿Distraernos de que Isabel Arvide sea cónsul o de que la inflación crece o de que urge un plan de acción para reactivar la economía, que no sea pernicioso y sí ayude, en cambio? Va, y además la gente quiere saber de Emilio L.. Ya se ve que no es distractor. Se atiende todo, nada más que cada cosa en su justa importancia y calibre. Cada cual la posee de manera diferente. La gente no es tonta, es importante entenderlo.