El neoliberalismo lo obligó a hacerlo

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En 1981 tuvo lugar el juicio de Arne Cheyenne Johnson, ante una corte estadounidense, por el asesinato de su casero, Alan Bono. El caso no sería de interés alguno si no fuera porque la defensa alegó que el acusado había cometido el crimen porque al momento había sido poseído por un demonio, razón por la cual era en realidad inocente. La treta fracasó, y el 24 de noviembre fue sentenciado por homicidio en primer grado.

Fuera de la anécdota, ha sido común a lo largo de la historia atribuir toda revelación o acto excepcional a la posesión de una deidad o demonio. Desde el trance de los chamanes, los arrebatos guerreros de Aquiles, las visiones de los profetas bíblicos hasta las sesiones espiritistas, se considera que fuerzas extra humanas o paranormales interactúan con nuestro plano existencial y hasta influyen en su acontecer. A cambio de esa noción de certidumbre, el individuo termina viéndose como una víctima de la fatalidad, perdiendo la noción de su propia responsabilidad.

También los diversos regímenes autoritarios han usado este tipo de nociones para afianzarse. Por ejemplo, la noción arraigada por décadas de dominio priísta sobre que los mexicanos estamos destinados a ser como somos por una “cicatriz histórica”, que fue la conquista, lo cual nos hacía siempre ser víctimas de los demás países. O la táctica a la que recurren los gobernantes populistas, al mostrarse como la encarnación de todo lo bueno que representa el “pueblo”, y por ello encarnan su voluntad. Incluso está la idea de exculpara a los criminales, porque lo hacen por su pobreza o por el “neoliberalismo”. Como se escribió arriba, el objetivo es hacer a las personas irresponsables sobre su propio devenir, sujetándolos esta vez a la benevolencia de un líder que cuenta con cualidades superiores al resto.

Esta semana Emilio Lozoya Austin declaró durante su primera audiencia que él solo fue un instrumento para llevar a cabo los delitos de los que se le acusan. Dejemos a un lado el reconocimiento que la “instrumentalización” está contemplada en nuestro derecho penal: su uso en el actual contexto no solo lo inserta dentro del lenguaje del actual gobierno, sino que además puede entrar en la narración de culpa y expiación que tanto le gusta al gobierno. Veamos cómo puede hacerse.

En la cosmogonía en la que se mueve el presidente, hay siempre personas dispuestas a conspirar contra su proyecto, motivado por las más nobles intenciones. Siempre ha usado hombres de paja a quienes culpar por sus fallas, como Carlos Salines de Gortari y recientemente Felipe Calderón. Lo anterior permite la creación de un gran complot por parte de las entidades “neoliberales” que han azotado al país por décadas.

Poco importa para el efecto discursivo que sólo se tengan evidencias endebles para comprobar la corrupción de vino Lozoya a desenmascarar: en un entorno moral la percepción siempre será más importante que la realidad. Además, entre más vagos, imprecisos e inasibles sean los conspiradores, más se puede movilizar la idea de un peligro siempre latente.

Entonces, si la amenaza siempre será vaga y el proceso puede acabar tan viciado que se anule, la instrumentalización de Lozoya puede ser la gran metáfora para la redención en el actual gobierno. Como en el catolicismo, uno puede cometer los más atroces pecados durante toda su vida y arrepentirse en los últimos segundos para ganarse el cielo. ¿Lo dudan? Vean todos los políticos impresentables que han sido “perdonados” durante los últimos años.

¿Los seguidores de López Obrador despertarán algún día y verán su error? No mientras siga imperando un discurso moral. O si lo vemos, en términos religiosos, mientras siga siendo visto como el canal de las fuerzas del bien, capaz de exorcizar a los demonios del neoliberalismo de los inocentes cuerpos que instrumentaliza. Todo según los cánones del discurso que ha posicionado por décadas.