Los intelectuales y la política, una “pasión desdichada”

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El desplegado del jueves 16 de julio firmado por intelectuales para “sugerir” a la oposición que –ahora sí– se organizara en una especie de Bloque Opositor Amplio (BOA) volvió a poner a los hombres de letras en el centro del debate: ¿participantes, motivadores, guardianes, fijadores de agendas, pivotes, hombres de acción, consejeros de Príncipes?

Por principio de cuentas llamó la atención el primero y el último de la lista, por acomodo por orden de apellido: Aguilar Camín, Héctor, y Zaid, Gabriel, los dos extremos radicales de los hombres de letras: el primero carece de autoridad moral por su papel en el salinismo y en el foxismo y el segundo ha sobresalido por la coherencia de su comportamiento individual como intelectual socrático, aquél que prefiere la cicuta a doblar su pensamiento por razones acomodaticias, es decir, el intelectual absoluto.

La primera aparición de los intelectuales en un desplegado de crítica al poder priísta ocurrió el 30 de agosto de 1958, hace sesenta y dos años. Trece hombres de las artes y las letras, de nombre conocido más en el ambiente cultural que popular, firmaron un desplegado de cinco párrafos dirigido “Al pueblo y al Gobierno” para apoyar la revuelta sindical contra los liderazgos obreros de la CTM y el PRI. Lo firmaron: Carlos Pellicer, Octavio Paz, Alvar Carrillo Gil, Alí Chumacero, Abel Quezada, Carlos Fuentes, Jaime García Terrés, Fernando Benítez, Guillermo Haro, Emilio Uranga, Ricardo Martínez, Juan Soriano y Pedro Coronel.

Desde entonces los desplegados de prensa han sido el arma de lucha o de abatimiento de banderas de intelectuales: en el movimiento estudiantil de 68 firmaron casi una veintena de desplegados de apoyo. Pero luego vino el echeverrismo y muchos de ellos –sobre todo Fuentes, Benítez, Uranga y Ricardo Garibay– aparecieron en la corte del Príncipe Echeverría. En 1986 intelectuales de todos los grupos o –como se decía en el argot de los propios intelectuales– “las mafias” de escritores y aristas firmaron un desplegado para solicitar la anulación de las elecciones de gobernador en Chihuahua, operadas por Manuel Bartlett Díaz como secretario de Gobernación y Elba Esther Gordillo como líder de los maestros como ejército electoral del régimen, por la acumulación de irregularidades y vicios. Bartlett se negó porque Chihuahua, dijo, era “baluarte de la Revolución Mexicana”; a ese gesto le llamó Enrique Krauze el “fraude patriótico”.

La participación de intelectuales en política se ha dado en tres escenarios: el de la solidaridad con movimientos populares por la democracia, el de la crítica a los abusos de poder y el de la intermediación moral. De todos modos, cada intelectual tiene su campo de batalla en su especialidad. En conjunto, su participación ha sido más bien simbólica, pero ineficaz.

El desplegado del pasado 16 de julio contra el estilo personal de gobernar del presidente López Obrador y el autoritarismo tradicional del régimen vigente fue también para aconsejar una alianza opositora tipo BOA contra Morena y el bloque gobernante. De todos los nombres destacaron los de Aguilar Camín y Jorge G. Castañeda, dos intelectuales muy desprestigiados en política y con baja calidad moral por la turbiedad de sus intereses políticos: Camín fue el intelectual salinista por excelencia y Castañeda se la jugó con Fox y se salió del grupo cuando no vio posibilidades de ser candidato presidencia para el 2006.

El desplegado deja ver la intención de los intelectuales de ser consejeros del poder. Ninguno se ha decantado con algún partido para dar la lucha desde las instituciones políticas. Y sólo aconsejan una alianza opositora en un sistema de partidos construido precisamente para evitar alianzas fuertes, salvo las que potencia el partido en el poder. La idea en sí es bastante buena, pero se requiere que los intelectuales dejen sus torres de marfil e ingresen a los partidos para genera pensamiento ideológico desde dentro.

Pero los partidos en realidad son estructuras de dominación de pequeñas oligarquías –“la ley de hierro de la oligarquía”, de Robert Michels en su estudio sobre los partidos socialistas– y no maquinarias de ideas políticas. El Partido Comunista Mexicano tuvo en sus filas a los más importantes escritores, científicos y artistas y nunca les dio lugares de respeto porque los sometió a la disciplina de la dictadura ideológica.

El desplegado del 16 de julio llamó la atención por la presencia de Camín y Castañeda y no por su escaso impacto. Pero confirmó la afirmación de Octavio Paz de que la relación de los escritores y la política es la historia de “una pasión desdichada”.

indicadorpolitico.mx

carlosramirezh@hotmail.com

@carlosramirezh