EL Mago de Oz y la política mexicana

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Hay dos formas de referirnos a novelas o cuentos para hacer análisis político. La primera: entender sus símbolos, referencias o metáforas como espejo de una realidad cotidiana. La segunda: burlarnos de personajes políticos, estableciendo analogías con personajes. Esta editorial seguirá la primera, entendiendo y aceptando que hay un mercado amplio para la segunda.

Aunque pensado como un cuento para niños, la novela The Wizard fo Oz de Lyman Frank Baum y sus continuaciones son considerados como el primer relato mitológico estadounidense, al crear personajes ajenos a narrativas de otros países y presentar imágenes que podían ser extrapoladas a un contexto histórico y cultural determinado. Tanto éxito ha tenido que, al día de hoy, hay películas y novelas que vuelven a ese mundo, actualizando los elementos básicos de la narración.

Una de las imágenes más vigentes es la figura del mago de Oz: un hombrecillo pequeño, oculto detrás de una gran máquina creada para generar efectos especiales que le hagan lucir poderoso. Incluso quien haya leído el cuento, sabe que quien entra a la Ciudad Esmeralda está obligado a usar lentes verdes, para que exagerar el efecto de grandeza.

Más allá del cuento, la figura del mago y su parafernalia explica la doble cara del poder: no puede haber dominación legal si no hay símbolos, imágenes, discursos y ceremonias que implanten una noción de legitimidad. Quizás el continuador de la saga de Baum que le lo ha ilustrado que mejor lo ha explicado es Gergory Maguire en la serie Wicked. Bajo esa premisa, y sabiendo que un abuso en las ceremonias, símbolos, efemérides y protocolos refleja debilidad, ¿podríamos entender la política actual? O para decirlo de otra forma, ¿tenemos políticos que son como el mago de Oz? Si es así, ¿qué hacer?

Generalmente, a los políticos autoritarios les interesa rodearse de un entorno que les de solemnidad y exigen respeto. La sátira y sus posibilidades son veneno para ellos, por lo que tratarán de fomentar un humor visceral y fácil de controlar. También fomentan su propia jerga y rituales para mostrar fuerza. Incluso hacen de las reglas de acceso al poder algo complejo, para garantizar que pocos puedan llegar a competirles. Pero como sucede con el personaje de Baum, suelen ser muy débiles si se les saca de su entorno.

Por ejemplo, la semana pasada vimos un video del coordinador del grupo parlamentario del PRI, Miguel Ángel Osorio Chong, respondiendo a una acusación sobre bienes raíces con tanto nerviosismo e inseguridad que sería el equivalente político a una persona sangrando en un mar infestado de tiburones. Lejos se ven esos tiempos donde su grupo político local era hegemónico y endogámico: el colapso de los partidos tradicionales lo despojó de su solemnidad y parafernalia, mostrando sus dimensiones.

Lamentablemente esa rotación obligada de élites no trajo políticos más sólidos. El mejor ejemplo es el propio López Obrador: ha tejido una imagen no sólo a partir de la victimización, sino usando los discursos, cánones imágenes e historiografía del nacionalismo revolucionario. Tanto piensa en su imagen y trascendencia, que habla de hacer del 1 de julio una fiesta nacional y concibe como prioritarias sus obras como el aeropuerto de Santa Lucía, la refinería de Dos Bocas y el Tren Maya. Sin embargo, sólo puede brillar en escenarios donde él tiene el control, como las conferencias “mañaneras”, dejando fuera cualquier otro lugar donde pueda correr algún riesgo.

¿Estamos destinados a tener líderes que sólo sean fachada? Así será si creemos que se trata de simplemente cambiar de personas. Es indispensable revisar el modelo de comunicación política durante las elecciones, de tal forma que se permita el contraste y destaquen los líderes en lugar de las víctimas. Hay que exigirnos más sobre lo que seguimos: un político selectivo con entrevistadores y público es un simulador. Sobre todo, aprendamos el arte de la sátira: el humor con distanciamiento abre posibilidades y nos enseña a pensar.