Lozoya, Pemex y Galicia

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En España, la figura de Emilio Lozoya Austin es vista como “el padrino” de Galicia que prometió sendos contratos a través de Pemex para salvar de la quiebra a los astilleros gallegos.

La relación trasatlántica incluyó varios viajes de uno y de otro lado para acordar “la alianza estratégica entre Galicia y México” historia reciente que remonta al año de 2011.

El país ibérico golpeadísimo por la crisis financiera desatada en 2008 intentaba evitar un rescate abierto, aunque tuvo uno más o menos disimulado, sin los recursos de la UE y las reformas hubiera sido más difícil arrancar el motor del crecimiento económico.

Galicia, al norte de España, permanecía igualmente en una situación crítica de quiebra en los astilleros de Vigo, de allí que Alberto Núñez Feijóo, presidente de la Xunta de Galicia (recientemente ha sido reelegido por otros 4 años más)  observó en el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto y en especial, en PEMEX, dirigida por Lozoya Austin la gran oportunidad de cerrar acuerdos.

Ya en 2011, la alianza anunciada con bombo y platillo, hablaba de la cercanísima, estrecha relación  azteca y gallega; en ese entonces la prensa española destacaba que Pemex cumplía con el acuerdo firmado como una prueba de las relaciones “intensas y satisfactorias”.

Siempre se habló del agradecimiento de Galicia, tierra de gente noble y trabajadora,  por la concreción y la contratación de dos floteles: uno en la ría de Vigo y otro en la ría del Ferrol; de igual forma, el contrato incluía la adquisición de otros barcos, en total un costo de 600 millones de dólares en los que figuraban la compra  en 2013 del 51% del astillero Hijos de J. Barreras operación cerrada por cerca de 6 millones de dólares.

El nuevo gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador está haciendo todo por deshacerse de ese 51% del astillero mientras permanecen en el limbo todos los contratos signados entre Lozoya como cabeza de Pemex y Núñez Feijóo.

De pasar de “padrino” de Galicia,  a gánster, la sorpresa ha sido mayúscula con el vertiginoso ritmo de los acontecimientos que han circundado  al  anterior gobierno de Peña Nieto rodeado en la actualidad por una extensa cacería de brujas; está muy bien distanciarse de la corrupción y deslindar responsabilidades, así como llamar a cuentas, si hay forma de comprobarlo.

La corrupción es como la belleza, no hay forma de disimularla. La gran pregunta en el país ibérico es si Lozoya es el cabeza de turco o todo lo contrario, la punta del iceberg de una trama gigantesca en la que podría estar involucrado medio gabinete peñista.

Si es así, más de un exfuncionario debe estar temblando, porque apenas arribe el exdirector de Pemex -además del show mediático- están las acciones jurídico-legales y las declaraciones.

No conozco a Lozoya para saber si será capaz de echarse él solo toda la culpa o bien de aportar información que permita añadir más nombres a la trama… una que muchos analistas señalan hasta el propio Peña Nieto. Y si fuera así, ¿López Obrador meterá a la cárcel al anterior mandatario?

A COLACIÓN

Se ha ido y se fue dejando un revuelo en la prensa ibérica que no perdió ningún detalle, ni de su detención, ni de su paso por las dos cárceles españolas: fue apresado el pasado 12 de febrero al salir de la lujosa urbanización La Zagaleta ubicada en las montañas malagueñas al sur de España y fue ingresado en el penal de Alhaurin de la Torre.

Duró casi dos meses hasta que lo trasladaron a Navalcarnero IV cerca de Madrid, en su defensa contrató al despacho de abogados del exjuez Baltasar Garzón.

Tengo la impresión de que la pandemia le cambió toda la estrategia de defensa planteada por su ahora exabogado Javier Coello Trejo; aquí, en España, Coello Trejo al salir de su visita en Alhaurin de la Torre declaró que la cárcel en la que Lozoya estaba ingresado era  “como un hotel de cuatro estrellas”.

Pues bien, el exdirector de Pemex ha decidido rendirse y pelear su defensa en México (hay quienes creen que aterrizará ya con el acuerdo bajo el brazo para declarar a cambio de una disminución de su condena) se va porque a diferencia de Alonso Ancira, el otro involucrado en la trama de cohecho, asociación delictiva y operaciones ilícitas  no tiene ningún arraigo en España,  ni amigos, ni familiares ni propiedades y encima hay una pandemia.