¿Alguien confía en la palabra del presidente?

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Oficialmente el número de fallecidos por la pandemia en México asciende a 35 mil pero en las actas del registro civil de todo el país el número de víctimas mortales supera las 55 mil. Este es el resultado de la estrategia criminal del doctor Hugo López Gatell, quien pretende lavarse las manos.

“Es Inútil, buscar responsables por la pandemia”, dice Gatell.

El 23 de abril públicamente sentenció que “a lo mucho” habrá entre 6 mil y 8 mil muertos. Seis días después desde Palacio Nacional el presidente Obrador lanzó un mensaje triunfalista: “se aplanó la curva”.

La expresión se convirtió en la comidilla de las redes sociales (trending topic, o tendencia, le llaman en twitter). Brotaron los memes como los hongos en temporada de lluvias en el campo.

Como Gatell, el presidente Obrador también busca lavarse las manos: “El confinamiento es responsabilidad personal”.

¿Y las políticas públicas?

Jurídicamente Gatell y Obrador deberían ser sometidos a un juicio político y fincarles responsabilidades administrativas y penales.

Lo malo es que México no rige un Estado de Derecho. El mismo Obrador asumió la responsabilidad cuando dijo: “No dejen de salir. Yo les voy a decir cuando salgan”.

El Congreso tiene las facultades para llamar a cuentas al doctor Gatell, lo mismo al Presidente de la República. El problema es que los legisladores de Morena actúan como la tapadera de las atrocidades del presidente y su subalterno.

Ajeno, en su zona de confort, el secretario de Salud Jorge Alcocer Varela, se deslinda del macabro escenario que enluta al país.

No se puede dejar hacer y dejar pasar. Si alguien ha cumplido con su responsabilidad ante la opinión pública, son los medios de comunicación. Esa prensa que el presidente califica de conservadora y a los que ha ubicado burdamente en la trinchera de sus “enemigos”, porque el tabasqueño es de piel sensible e intolerante a la crítica.

Aún a estas alturas de la pandemia, el presidente Obrador no comprende la dificultad y la magnitud de la crisis sanitaria. Se actuó con lentitud y falta de inteligencia.

El propio Obrador politizó la crisis sanitaria. Ahora, él y Gatell le avientan la “papa caliente” a los gobernadores y alcaldes.

Y uno se pregunta: ¿Y cuál es la responsabilidad de la máxima autoridad sanitaria circunscrita en el Consejo General de Salud?

¿Quién o quiénes van a responder por los resultados del manejo criminal de la crisis sanitaria?

Durante buena parte de su vida Obrador se dedicó a confrontar al Establishment. Empeñó su palabra en cuestionar el poder. Su perseverancia le rindió frutos.

Instalado en Palacio Nacional comenzó a mostrar el músculo de su poder en medio de un ambiente de crispación. Apeló a la fuerza electoral pero llegado el momento de rendir cuentas por los resultados de la mayor crisis sanitaria en la historia del país, la palabra del presidente esta devaluada, no hay credibilidad ni confianza en su liderazgo.

Ni el presidente ni el secretario de Salud ni el vocero de la pandemia han puesto un pie en algún hospital. A regañadientes han usado el cubrebocas.

No hay manera de justificar tanta irresponsabilidad, pero Obrador en uno de sus mensajes salió a “ponderar” las cifras. “Tenemos más muertos que España e Italia porque somos un país con una población mayor”.

¿Y?

A estas alturas de la crisis sanitaria ¿habrá alguien que confié en la palabra de Gatell o del Presidente?

¿Obrador y Gatell sabrán acaso el valor de la palabra?

Lo expreso de la siguiente manera:

El hombre es sólo la palabra, no es otra cosa; el hombre no es un ser que piensa, que siente, que padece dolor, que goza alegrías, que viaja, que conoce; No, el hombre es un ser que habla, la única distancia frente a la especie zoológica es la voz, la palabra; y hay que ver, en este lamentable país, cómo lo único en lo que no se hace énfasis es en la palabra, precisamente. De ahí que tengamos que soportar tanto al político analfabeta como al político sagaz y cínico que no habla, vomita ruidos, vacíos, desde el Presidente de la República, o el candidato de las masas proletarias hasta el encargado del archivo de alguna oficina pública; vomitar el mismo cretinismo, la misma vaciedad de modo constante.

La palabra, cuando es usada con propiedad, con respeto, con devoción, con cierto santo temor, es como un bisturí que abre el espíritu y lo muestra; es como asomarse a la ventana del castillo y ver el valle mojado por la lluvia y salir el sol.

Por el contrario, salvo honrosas excepciones, los políticos nos han demostrado que son la especie inferior del hombre; primero, no se puede pensar a gritos, y el político no habla, grita, vocifera, ladra; segundo, no se puede gobernar con la verdad.

El político es el que a sabiendas propone lo menos como si fuera más, pero a sabiendas de que es lo menos lo que está proponiendo. El político es el hombre del engaño, de la falacia, es además una especie de bruto sumamente hábil, que no ama a nadie y que tiene como oficio convencer a todos de que los ama profundamente.

Es, verdaderamente al revés, casi demoníaco, de la especie humana superior. El político es, ante todo, un hombre de poder, nada más. Se puede estar dando una batalla tremenda para llegar al poder, si no lo gana no es político; el político es el hombre de el poder, en el poder; el político sin poder es tan ridículo como un escritor sin ideas, o sin pluma, como una bailarina contrahecha o inmensamente gorda.