El discurso de Donald Trump

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Ricardo Ruiz de la Serna

El sábado pasado, 4 de julio de 2020, los Estados Unidos cumplieron 244 años. Fundados a partir de la Declaración de Independencia firmada ese mismo día de 1776 en el Independence Hall de Filadelfia, hoy se encaminan hacia sus dos siglos y medio de vida, que se cumplirán en 2026. La relación del estadounidense con su bandera, su himno y, en general, los símbolos nacionales es algo especial. De costa a costa, uno se encuentra las barras y las estrellas por doquier. El público escucha respetuoso el himno que abre eventos deportivos y es frecuente que muchos lo hagan en posición de firmes o con la mano al pecho. Los lugares más importantes de la historia nacional -la casa de Paul Revere, por ejemplo- reciben la visita de miles de niños, jóvenes y familias todo el año. España tuvo una participación activa en aquel proceso, por cierto, y ahí está para demostrarlo la ciudad de Galveston, llamada así por Bernardo de Gálvez y Madrid, gobernador español de Luisiana.

Esta tierra ha simbolizado la libertad para millones de seres humanos en todo el mundo haciendo buena la metáfora de la “ciudad en lo alto de la colina” a la que mirarían todos los pueblos que citó el puritano Jon Winthrop en su conferencia “Un modelo de la caridad cristiana”. Para miles de resistentes frente al nazismo, el comunismo y otras ideologías totalitarias, los Estados Unidos encarnaban la única esperanza. En las palabras del Discurso de Gettysburg del 19 de noviembre de 1863, el presidente Abraham Lincoln resumió el sentido de ese país que no tenía ni noventa años de vida: “nuestros padres hicieron nacer en este continente una nueva nación concebida en la libertad y consagrada al principio de que todas las personas son creadas iguales”.

Así, con todas sus contradicciones, sus traiciones y sus errores -ninguna nación de la tierra está libre de ellos- el estadounidense es un gran pueblo. Algunos dirán que tal cosa no existe (ya saben: las divisiones, los enfrentamientos, la Guerra de Secesión, el Ku Klux Klan, etc.) pero yo creo justo lo contrario. A lo largo de más de 200 años, esta joven nación ha logrado algo muy singular: hacer que muchos hombres y mujeres llegados de todo el mundo o nacidos en esa tierra abrazasen e hiciesen suyo el sueño de una vida mejor, más próspera y más libre. El patriotismo estadounidense ha logrado que seres humanos de todos los colores, de todos los orígenes y de todas las extracciones sociales estén dispuestos a defender este país hasta dar su vida por él. En muchas ocasiones, no sólo han caído por su país, sino también por otros. Todo europeo debería visitar las playas de Normandía para aprender algo de su propia historia.

Sin embargo, los Estados Unidos hoy afrontan una ofensiva cultural contra sus símbolos y sus fundadores que trata de desmantelar los fundamentos mismos de la nación. En la campaña de derribo de monumentos y retirada de símbolos no se han salvado ni Cristóbal Colón, ni Fray Junípero Serra, santo de la Iglesia católica, ni el pobre Miguel de Cervantes, cuyo busto fue ultrajado en un parque de San Francisco. La guerra cultural que se viene librando en los campus, los medios, las industrias culturales y, en general, la sociedad estadounidense ha entrado en una nueva fase que pretende estigmatizar y eliminar de la vida pública todo aquello que generaciones anteriores han respetado y defendido.

No se trata de reformar la sociedad, sino de socavar sus fundamentos. El antisemitismo presente en algunos de los grupos más violentos que hoy se manifiestan -se habla poco de estas cosas- es la prueba de que no se trata de acabar con el racismo sino de implantar un orden basado en agravios históricos (reales o ficticios) de los que serían culpables las generaciones presentes pertenecientes a los grupos “privilegiados”. Las políticas de la identidad, la culpa y el resentimiento, que el marxismo cultural lleva décadas impulsando, crearían un nuevo orden de justicia simbolizado, por ejemplo, en la abolición de la policía que propone la profesora comunista Angela Davis.

Donald Trump ha denunciado en su discurso del 4 de julio en el monte Rushmore, delante de los rostros esculpidos en piedra de George Washington, Thomas Jefferson, Abraham Lincoln y Theodore Roosevelt, lo que subyace a los movimientos radicales que han tomado calles y plazas de las ciudades del país: «Una de sus armas políticas es “cancelar la cultura”: echar a la gente de sus trabajos, humillar a los disidentes y exigir el sometimiento total de cualquiera que discrepe. […] En nuestros colegios, en nuestras redacciones, incluso en nuestros consejos de administración, hay un nuevo fascismo de extrema izquierda que exige adhesión absoluta. Si uno no utiliza su lenguaje, realiza sus rituales, recita sus mantras ni obedece sus mandamientos, será censurado, prohibido, incluido en listas negras, perseguido y castigado. Eso no va a sucedernos a nosotros. No se equivoquen. La revolución cultural de izquierdas está diseñada para derrocar la Revolución Americana. Al hacerlo, destruirán la misma civilización que ha rescatado a miles de millones de personas de la pobreza, las enfermedades, la violencia y el hambre y que ha elevado a la humanidad a nuevas alturas de logros, descubrimientos y progreso».

Uno no necesita ser un admirador del presidente para constatar que esa ofensiva cultural está en marcha no sólo en los Estados Unidos, sino también en el resto de Occidente. La reivindicación de justicia para quienes han sufrido agravios históricos se ha convertido en un instrumento para deslegitimar las sociedades occidentales e imponer a través de la cultura en su sentido más amplio un modelo político fundado en el victimismo y el rencor. Los pasos que la Escuela de Frankfurt y la llamada Teoría Crítica dieron para desmantelar las sociedades democráticas en plena Guerra Fría han terminado conduciendo a la división social que presenciamos estos días.

El próximo 3 de noviembre se celebrarán elecciones en los Estados Unidos. Será un momento decisivo en esa guerra cultural que hoy sacude a Occidente.

El autor es Analista político español.

@RRdelaSerna

Publicado originalmente en elimparcial.es