El TCL y la geopolítica neoliberal. Del nacionalismo al enfoque imperial de EE UU

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Cuando el presidente Salinas de Gortari inició en secreto, en febrero de 1990, las negociaciones de un tratado comercial con los EE UU (Canadá se sumó después), las primeras advertencias no fueron económicas sino geopolíticas: México iba a subordinar su soberanía a los intereses de la Casa Blanca.

Y así fue, en efecto. Los principales cambios mexicanos para ajustarse al Tratado fueron de sentido histórico:

–La pérdida de autonomía de su política exterior progresistas.

–La subordinación geopolítica de México a los intereses geopolíticos de la Casa Blanca.

–La desaparición del papel de México como líder social de los países latinoamericanos y otros asociados en vías de desarrollo.

–Y la subordinación de la política industrial, comercial y agropecuaria a los intereses del imperio del dólar.

Hacia finales de su sexenio y por las presiones de los EE UU de Donald Trump para darle al Tratado su propio sello histórico, México aceptó la renegociación del Tratado para una mayor inserción económica –y por tanto política, geopolítica y social– a los intereses de Washington.

La negociación del primer tratado tuvo un operador estratégico de primer orden: John Dimitri Negroponte, embajador de los EE UU. en México en 1989-1993, justo los años de negociación del Tratado, pero forjado en los sótanos de los organismos de inteligencia y seguridad nacional de los EE UU. En 1991, de acuerdo con una revelación de la revista Proceso, Negroponte envío un Memorándum especial al Departamento de Estado razonar los significados para México del Tratado. Y los resumió en pocas palabras:

“Desde una perspectiva de comercio exterior, un TCL institucionalizaría la aceptación de una orientación norteamericana en las relaciones exteriores de México”.

Es decir, México daría un giro espectacular de 180 grados: de los principios de nacionalismo revolucionario a las nuevas exigencias de la internacionalización de los intereses mexicanos ahora articulados a los intereses estadunidenses. La gran lucha de los EE UU desde la guerra de 1847 se ganó por segunda vez –la primera fue la apropiación como botín de guerra de la mitad del territorio mexicano–: ahora, con el TCL de 1990-1993 se tenía a México subordinado a los intereses estadunidenses.

El Tratado fue producto de la élite gobernante de México 1982-1993: transformar la economía de Estado en una economía de mercado internacional, con la subordinación de la política exterior nacionalista y progresista a una diplomacia de comercio exterior. A partir del TCL, México subordinó también su política exterior nacionalista.

La revisión del TCL ordenada por Trump fue la oportunidad mexicana para cambiar los términos del mercado: aislar el comercio de la diplomacia y construir nuevos modelos de desarrollo agropecuario, industrial y tecnológicos, a fin de poder competir con equidad de condiciones con los estadunidenses. El presidente Peña que comenzó las segundas negociaciones se negó a modificar los términos ideológicos del Tratado y el gobierno posneoliberal de la 4-T nunca entendió la lógica geopolítica del Tratado.

La visita del presidente López Obrador a Washington para reunirse con el presidente Trump en la Casa Blanca el 8 y 9 de julio carece de iniciativa mexicana, se atrinchera en la resistencia ante el agobio de los intereses estadunidenses y carece de alguna alternativa estratégica para redefinir las relaciones estratégicas bilaterales en los espacios cuando menos teóricos del modelo posneoliberal de la 4-T.

Sea cual sea el resultado del encuentro Trump-AMLO, en el mediano y largo plazos esa visita sólo remachó el dominio de los intereses geopolíticos de Trump y los EE UU en México y en el mundo. Sí había espacios para poder separar los mundos del comercio exterior y de la geopolítica, pero la 4-T no ha tenido la posibilidad de construir un discurso progresista posneoliberal y se ha dedicado a mantener los criterios de la 3-T neoliberal.

La 4-T como propuesta del régimen de López Obrador no va a depender de la lucha contra la corrupción o los apoyos sociales, sino de la autonomía del desarrollo y la geopolítica progresista que hoy el TCL la tiene atada de manos.

Sin romper el TCL, la 4-T tendría que definir nuevos modelos de desarrollo agropecuario, industrial y tecnológico para asumir la autonomía del comercio y de ahí optar por una geopolítica progresista ajena a los compromisos actuales del Tratado. Sin embargo, ni parecen entenderlo así ni están preocupados por lograrlo.

indicadorpolitico.mx

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@carlosramirezh