Replantear nuestra relación con Estados Unidos

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Hace unos días me topé en Facebook con un meme de un gobiernista fanático que enumeraba las ventajas que tiene México en recursos naturales, petróleo, costas y otros, preguntándose por qué nuestro país no era potencia mundial con todo eso. La respuesta predecible, calificativos aparte: estamos mal por décadas del PRIAN.

Dejemos a un lado la pobreza del argumento, según el cual todo se resuelve explotando recursos para repartir la riqueza. Hay algo de verdad detrás del simplismo y la falacia: no hemos sido capaces de articular un discurso de nación que abarque a todos, a través del cual definamos nuestros intereses tanto individuales como colectivos. De esa forma, acabó ganando la narrativa más atávica por default: el nacionalismo revolucionario, versión Morena.

Precisamente esa ausencia de una visión sobre el interés nacional nos hace dar tumbos en nuestra relación con nuestro vecino y principal socio comercial: Estados Unidos. A la víspera del viaje de López Obrador a Washington, y sin un objetivo claro a alcanzar, nuestra comentocracia prefiere rasgarse las vestimentas y afirmar que el presidente está siendo servil a un Donald Trump en plena campaña de reelección.

Aun cuando tengan razón los críticos del presidente, o incluso suponiendo que Trump sorprenda a López Obrador, cualquier cosa que pueda suceder durante el viaje a Estados Unidos terminará siendo anecdótico en cuanto sigamos sin tener una visión clara sobre cuáles son nuestros intereses como nación, y especialmente frente a nuestro vecino del norte.

A lo largo de varias décadas, predominaron los lugares comunes del nacionalismo revolucionario: un discurso chauvinista, defensivo y diseñado para gobernar a través de las nociones de fatalidad y resignación. Como parte de esa narrativa, los mexicanos hemos sido víctimas de naciones externas, desde los españoles hasta los estadounidenses. La historiografía de bronce nos enseñó a odiar a los “gringos” por habernos arrebatado la mitad de nuestro territorio y estar siempre vigilando para hacernos más daño: éramos, como dijo un académico, vecinos distantes, separados por formas radicalmente distintas de ver el mundo.

La interlocución del gobierno de Estados Unidos con su contraparte mexicana era estable: a final de cuentas, se negociaba con un sistema político que, aunque cambiaba cada sexenio, era predecible. Incluso debajo del discurso nacionalista, varios presidentes mexicanos llegaron incluso a colaborar con la CIA. O había valores entendidos, como mantener la interlocución con Cuba después de 1959.

Sin embargo, el desgaste del régimen y la apertura económica que inició durante los años ochenta del siglo pasado llevaron a un cambio en las relaciones entre los dos países. Por una parte, Salinas de Gortari y Zedillo comenzaron a tejer mecanismos de interlocución no solo con la Casa Blanca, sino también con el Congreso a través de cabildeo directo. Por la otra, Fox creyó en el espejismo del “voto latino”, mientras intentaba impulsar una reforma migratoria en Estados Unidos a través del público menos interesado: los migrantes de origen mexicano con green card. Ante el desacierto, Calderón y Peña Nieto optaron por la inercia que había iniciado con el TLCAN.
Llegamos al gobierno de López Obrador, donde pasamos de las relaciones por inercia al caos. Aunque volvió la Doctrina Estrada como instrumento retórico, hay ambigüedad respecto al apoyo hacia países sudamericanos, como Venezuela y Bolivia. Si bien está ausente un discurso de promoción del interés nacional, una vez más se gestionó un lugar en el Consejo de Seguridad de la ONU. Y por más que López Obrador responde a cada bravuconada de Trump con un tibio “lo respeto”, en los hechos parece alinearse a los designios del estadounidense.

Honestamente, a menos que ocurra algo muy grave durante la visita de López Obrador a Estados Unidos, todo terminará como una colección de anécdotas folclóricas. ¿Qué tal si comenzamos a hablar en serio sobre cuál es el tamaño de nuestra economía, nuestra situación geográfica, nuestros retos para ser competitivos y nuestra relevancia geopolítica? Dejemos los discursos de monografía para los museos.

@FernandoDworak