El lector pandémico (VII)

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Miguel Ángel Gómez

I. La aflicción quiere discutir sobre esqueletos con fervor y rescatar un mar de recuerdos. Es un demonio redomado, una especie de Jack el Destripador con traje de calle. Llueve tanto, tanto. Contemplo con temor reverente la monstruosidad de la aflicción. Nunca me deja dar un paseo en solitario, soñar un sueño que me haga sentirme alegre. Hace un terrible esfuerzo por experimentar muchas vidas. El deshacerse de ella es una posibilidad entre un millón. Caricaturiza mis deseos, se aloja en mi cerebro haciéndome volver por un camino distinto al de la ida.

Tengo que ir de aquí para allá para dejarla muy atrás. Todavía no sé cómo, pero haré lo imposible. Lo único que tengo que hacer es procurar saber estar en mi sitio. La aflicción quiere comer ostras, langosta, caviar: un festín en toda regla. Se encoge de hombros, se sienta como una vieja amiga y suspira: “¡Esta noche! ¡ No mañana por la mañana!”. Le dice al chófer que pare en una esquina y no frente a la casa. ¿Por qué?, le pregunto. Porque sí. Aquí llega. Aquí llega la aflicción, me obliga a vestir como un farsante. ¿Puedes prestarme unos billetes?

Vuelvo a tener una sensación deprimente. Mis ojos cansados desprecian solamente lo despreciable. Ha vuelto a la ciudad. La nevera está vacía y la aflicción ha acabado con ella. Seguramente le prestarán el dinero para el pasaje. Siempre me ha dicho que si se desea realmente ir, se encuentra un medio. Sigo mi camino. Ella también lo sigue. “Querida aflicción, sé que tiemblas, ruegas, sollozas, imploras, muerdes, si no me tienes”. Ella quiere que sea como un Romeo sin perder el juicio y ella como una Julieta, oyendo a hurtadillas algunas de mis conversaciones. ¡Demasiado lo que puedo escribir! ¡Demasiado lo que no puedo callar! Pasan semanas. La noche juega al ajedrez con un amigo encorvándose sobre el tablero. La aflicción nos grita cariñosamente: “Eh, os adoro, he podido darme cuenta de ello”.

Está demasiado sola. Si no lloro, nada desea de mí. Hace una pausa para ver cómo me tomo el asunto. Es como un perro que quiere que lo acaricien. Quiere jugar a la gallina ciega conmigo. Habla a medias para sí misma. Ven, siéntate junto a mi fuego, declara la aflicción. Yo contesto: “No lo he dicho en el sentido en el que lo has tomado”. Sé que tengo que romper con ella, pero no sé cuando. A su lado soy un desterrado. Me tira una flecha envenenada. El sol sale y me pregunta: “¿Cómo va eso, querido?”. No quiero estar con ella por nada del mundo. Sombras que quieren aliviarme de los diablos que me acosan. Hay fotografías de Descartes pegadas con celo en la pared de la habitación, justo encima de la cama. La aflicción quiere que escriba un “Elogio de la distracción”.

Me lleva del Pasaje de Inés hasta los Jardines de Piquío, atenta y persuasiva. Desciendo los pocos metros que me separan de la playa mojándome calcetines y zapatos. El agua brilla entre la espuma. Leo al llegar a casa: “Vine a por ti, por ti, vine a por ti, pero tu vida era una larga emergencia”. La aflicción a estas horas desarrolla una rutina. Se levanta a las siete menos cuarto, va al café, lee hasta las once. Almuerza con Designio de Dios. Toma patatas tres salsas, precio de café de barrio. Cena algo ligero. Está dispuesta a hacer cualquier cosa para reunir el dinero para un pasaje conmigo. Le pregunto: “¿Cualquier cosa?”. “Sí”, me contesta. “Todo menos que te vayas con pequeñas tretas”. Bosteza y se echa atrás el sombrero. Sueña que sabe nadar.

II. Pasan los días idénticos y nuestras manos quieren abofetearlos sin fuerza. Los dedos de acero de los días vienen a nuestras gargantas. Tomamos algunos de sus dedos y tratamos de torcérselos sin éxito. El tiempo con expresión pétrea nos escucha. Echo la vista atrás y me parece entrever una linda luz, una luz linda y muy suave. Para escribir este diario pandémico no necesito un lugar aislado, sin nadie, lo que quiero es ajetreo para frotarme las manos, lleno de esperanza. Al anochecer, una vez escrito todo, regresan uno tras otro, todos mis fantasmas con la maleta llena. No puedo creer lo que veo aunque sigan vivos en mi corazón. Son estos días especiales, propicios a la melancolía. Los lugares favoritos corren jadeando hasta que dan con nosotros.

III. A las doce me entero de la muerte de Pau Donés, con tan solo 53 años. Todo ocurre más rápido de lo que pensamos, la sangre comienza a desesperar, pues se nos escapa de las manos. El mundo despierta y las ideas van a la deriva como las ramas en un arroyo encantado. Me vienen a la mente unas palabras de P. al escuchar las letras de su disco póstumo Tragas o escupes: “Ah, ¿quién me salvará de existir? No es la muerte lo que quiero, ni la vida: es aquella otra cosa que brilla en el fondo del ansia como un diamante posible en una caverna a la que no se puede descender”. La caverna es para mí la costumbre. La muerte es el verdadero laberinto.

IV. Sucede a menudo que uno se entusiasma del modo en que hablan de él, cosa que ocurre hoy en Culturamas a propósito de mi último libro publicado: “Miguel Ángel Gómez publica un diario literario onírico y rompedor. Se alternan en sus páginas pasajes directamente emanados de la realidad, pero también muchos otros entremezclados con visiones, sueños, intuiciones y profecías, en un magma verbal que traslada al lector a una atmósfera de bella alucinación”. Medito las palabras, los párpados no me caen con lentitud ni parezco quedarme dormido.

V. Lleno de ocurrencias mi cuaderno de páginas en blanco:

Los libros o son como un resplandor amarillento sobre las aguas negras, como las luces de la ciudad, o no son nada.

Los amigos que no están dispuestos a dar un vuelco a la situación, ¿para qué sirven?

Todas las personas importantes de mi vida no buscan la perfección, sino la ilusión de la perfección.

Bien mirado, ya nadie espera que le toque la lotería. Apenas lo jugado, porque por algo se empieza.

La soledad consiste en vivir plenamente en el mundo de los demás. Ir a dar una vuelta con el deseo de estar con otros, de tener compromisos o alguna invitación,

Pronto deberíamos llegar a ser los mejores guardianes de nuestros secretos. En la vida no destruiríamos ni criticaríamos ni atacaríamos ni heriríamos a los demás.

VI. En la carretera una paloma con la pata herida con el león del autobús acechando, moviéndose y rugiendo. Miro a la gente no hacerle caso, y dispuesto a ayudarla contemplo como cruza a duras penas la calle sin dejarse atrapar por la humanidad.

VII. Qué buen sabor de boca nos dejó a Emma y a mí Fuga de Alcatraz, la película de Don Siegel con Clint Eastwood. ¿Todo preso cree que son igualmente necesarios todos los errores? Ante la huida deseada hay que tener el oído extraordinariamente agudo para cavar, estar atentos y hacer gala de una notoria sensibilidad con los demás. Esta cinta de acción nos ha traído a Stephen King y su corrupta penitenciaría de Maine, en Rita Hayworth y la redención de Shawshank (llevada al cine como Cadena perpetua). Un brillante envoltorio para una obra de arte. Ambas escapan de la angustia, del pasado, del sinsentido de vivir, distinguiendo lo destructivo de lo constructivo. Por la noche nos enteramos que la HBO retira, replicando en los términos más ofensivos, Lo que el viento se llevó al decir de ella que tiene connotaciones racistas. ¿Qué les pasa a los hombres y las mujeres de nuestros tiempo?

VIII. Mi amigo Rodríguez Vallejo está escribiendo sobre un libro de Stefan Zweig acerca de la biografía de Dostoievski: “Me parece muy interesante porque lo compara con Goethe y dice que ambos fueron escritores misteriosos. A Dostoievski lo pinta como una persona que amaba su patria. Escribía en las noches, se mostraba muy huraño en su vida y muy solitario”. Llueve cuando vuelvo oscuro a casa. Y oteando el horizonte, el Azar me lleva a mi amigo al que las dificultades de cualquier problema no lo derrotan. ¿Cómo no van a pegárseme sus cosas buenas? Rodríguez Vallejo, mexicano, creador, imaginativo, me habla decidido de Noches blancasCrimen y castigoEl idiotaEl jugador, pero eso es otra historia para otro estado de ánimo, otra visión y otra experiencia.

IX. La distancia de seguridad nos hará ser personas completamente distintas. El encierro nos permitió conocer a ese “otro ser” que llevamos dentro. En diez días llegará la “nueva normalidad”. Ahora estamos pegados al mundo como no lo hemos estado jamás, incorporados en él, con una conversación palpitante. Todo este proceso que ocurrió en un solo momento fue de ciencia ficción. La multitud deambula sin tener en cuenta la lluvia, el granizo, la nieve o el frío.

X. Segunda mañana soleada. Apenas hemos tomado el desayuno. Me he puesto a escribir, es domingo y no tiene uno que teletrabajar. Los vencejos dicen “¡Basta de rodeos!”. Los vencejos tienen planes y proyectos que proponerme. El mejor vencejo es aquel que lo único que puede ofrecer es la imaginación, que es inagotable. Estos días de 2020, a la expectativa, en los que nuestra voz fina y cultivada es demasiado débil. Estos días de querer cordialidad y ternura. En ellos nos esforzamos y nos esforzamos, hasta que no queda ni una sola gota de sudor.

Escritor español.
Publicado originalmente en elimparcial.es